AVISO

martes, abril 03, 2007

La gestión del agua en Ghana: ¿un asunto típicamente africano?

Tras la descolonización el gobierno ghanés fundó, al estilo de todos los nuevos gobiernos de la descolonización, una empresa pública de aguas llamada Ghana Water and Severage Corporation o GWSC. Esta organización estaba tremendamente burocratizada, lo que impedía la una gestión eficiente de los recursos. El Banco Mundial, a iniciativa del gobierno ghanés, propuso un plan de descentralización que se llevó a cabo desde los años 1970 hasta 1985. La descentralización no resultó adecuada y provocó que el servicio quedara en manos del gobierno militar, alejándolo aún más del ámbito ciudadano.

Durante el gobierno militar los Programas de Ajuste Estructural serán aplicados. La GSWC será reestructurara y terminará por asociarse, en el marco de dichos programas, con la compañía británica Thames. Para poder pagar a la compañía británica los servicios de gestión, Ghana tuvo que solicitar un crédito al Banco Mundial, y terminó por abonar a la empresa 13 millones y medio de dólares. El programa de gestión se puso en práctica hasta 1997, en que fracasó en su objetivo principal de suministrar agua potable a los ciudadanos.

En 1993 el gobierno, presionado por el Banco Mundial, decide poner en marcha el programa de privatización del agua. Con este programa las poblaciones rurales terminarán por verse desabastecidas al quedar establecida una tarifa imposible de pagar por ellos. En 1996, GWSC se pone en venta y está a punto de ser comprada por Azurix, filial entonces de Enron, pero se destapa un caso de corrupción en la negociación que implicaba a un ministro y el escándalo rompe la venta.

El siguiente paso será la creación de una Comisión de Recursos Hídricos, la cual se encargará de conceder derechos y permisos para la gestión del agua. En 1999 se crea la Ghana Water Company Limited GWCL, de responsabilidad limitada y que se hace cargo efectivo de 69 sistemas de suministro los cuales serán puestos a la venta por un periodo de 10 y 25 años.

Buscando una mayor financiación de la compañía, el Banco Mundial y el gobierno ghanés proponen la privatización de la GWCL. Sin embargo el mercado no es capaz de cubrir la oferta necesaria. Así las condiciones se van rebajando hasta que el Banco Mundial ofrece un contrato de arrendamiento por 5 años, donde los riesgos serán asumidos por las entidades públicas y los beneficios serán dirigidos a la empresa privada. La empresa podrá retirar el 100% de sus beneficios sin ninguna obligación de reinvertir en el sistema. Por lo tanto, independientemente de lo que ocurra el gobierno se endeudaría más y el sector privado recogería los beneficios. De esta manera la presión para recaudar el dinero necesario para la ampliación y mejora del sistema, si no sale de la compañía privada, es evidente que saldrá de los aumentos de las tarifas. Para que los ciudadanos acepten esta subida, el Banco Mundial está negociando con algunos jefes tribales ofreciéndoles préstamos de 30 millones de dólares. Estos jefes no poseen ningún mecanismo de rendición de cuentas y, por tanto, no deben dar explicaciones ante los ciudadanos, que verán aumentar su factura del agua hasta puntos donde no pueden aguantar.

La privatización de la GWCL ha sido catastrófica. Los cortes en el suministro son constantes y los verdaderos beneficiados de esto son los vendedores privados de agua que, transportándola de manera insalubre en camiones, la venden a un 600% más cara. Esto ha provocado un rebrote de una enfermedad como el gusano de Guinea que se creía ya extinguida.

jueves, marzo 29, 2007

Fantasmas Balcanicos (II)

La Unión Europea había demostrado su ineficacia a la hora de actuar como bloque en un conflicto militar grave dentro del continente. EEUU, como tantas otras veces, había tenido que acudir, esta vez en su forma diplomática, para poner fin a un enfrentamiento que ya hacía tiempo había sobrepasado los límites de lo permisible en tiempos de guerra. En su actuación diplomática, y como ya explicamos en la primera parte de esta serie, EEUU había tomado a Milosevic como su principal confidente. Los Acuerdos de Dayton por los que se ponía fin a la confrontación abierta y dividía Bosnia en dos repúblicas étnicas supuestamente destinadas a unificarse pero que en la práctica eran un protectorado a la Unión Europea ponía a Milosevic como autoridad moral y política en la zona. Era quien había logrado hallar la solución a un conflicto que él mismo había iniciado, hecho éste que ya nadie recordaba.

La Administración Clinton ya había olvidado la zona tras haber concluido con un supuesto éxito de su política diplomática. Habían ido a Europa a poner orden y a defender los Derechos Humanos, una palabra que comenzaba a tener mucha importancia en las Relaciones Internacionales tras el fin de la Guerra Fría. Sin embargo la política interior estadounidense hacía aguas por un asunto tan estúpido como el affair Lewinsky. Nerviosos por todo el revuelo que estaban provocando las mentiras de Bill Clinton, los miembros de su equipo idearon una campaña de bombardeo de Iraq alegando que Saddam Hussein había violado las zonas desmilitarizadas tras la 2ª Guerra del Golfo. Los bombardeos trataron de actuar como cortina de humo –véase película homónima- pero terminaron por no funcionar. Fue en ese momento donde la política represiva de Milosevic volvió a la mente de algún burócrata estadounidense.

Slobo llevaba años hostigando a la mayoría albanokosovar de la región de Kosovo. Ésta era una provincia perteneciente a la República de Serbia. Autónoma hasta que llegó Milosevic a la presidencia de la República Federal de Yugoslavia, Kosovo es además el mito fundacional de la nación serbia pues fue allí donde las tropas eslavas perdieron una batalla decisiva frente a los otomanos pero que consiguió sentar las bases de una identificación nacional. Cuando el discurso de Milosevic terminó por volverse del socialcomunismo yugoslavo hacia el nacionalismo serbio, Kosovo y su relación de fuerzas poblacionales cobraron una importancia extrema en el mismo. La demografía de ésta región a mitad de camino entre Serbia y Albania es mayoritariamente albanokosovar. Los albanokosovares son de religión musulmana y políticamente independentistas en su mayoría si bien existen grandes grupos que abogan por la inclusión de la región en el Estado Albanés tan querido por Harry. Dentro de Kosovo también vive una población serbia minoritaria que, frente a lo que podría creerse, es altamente marginada y odiada por la población serbia de fuera de Kosovo.

Milosevic estaba provocando la huida de los albanokosovares y el establecimiento de la población serbia marginada dentro de la región de Kosovo. Se trataba de poblar de serbios una zona económicamente deprimida y de echar de allí a los habitantes centenarios. Exactamente lo mismo que croatas y serbios habían realizado en las guerras de Bosnia. Y siguiendo con el modelo, Milosevic no movilizó a su ejército federal ni a fuerzas policiales serbias sino que estableció una red de financiación de fuerzas paramilitares y de extrema derecha. Liderados por Arkan, jefe de las Águilas Negras, como se hacían llamar, quemaban las casas de los albanokosovares y asesinaban a los hombres en edad militar.

Desde la población kosovar la opción política que se terminó imponiendo fue la liderada por Ibrahim Rugova. Dentro de la cultura política kosovar existe una tradición de no violencia y la creación de redes solidarias que provoca que aquél que haya sido víctima de una desgracia sea recogido por la sociedad y ayudado a volver a comenzar de nuevo. Rugova y la no violencia lideraba la política kosovar frente a los que abogaban por la creación de guerrillas que se enfrentaran a las Águilas Negras. Y fue en este contexto donde la Administración Clinton decidió volver a enarbolar la bandera de los Derechos Humanos y la diplomacia, aunque esta vez la jugada iba a ser otra.

Madeleine Albright, Secretaria de Estado de esa Administración, era la encargada de la ofensiva diplomática y quien logró arrastrar a países europeos como Francia y Alemania a la implicación con el problema kosovar. Las conversaciones de Rambouillet entre kosovares, serbios, estadounidenses rusos y europeos parecía que iban a desarrollarse en un clima de entendimiento. Serbia, que era la implicada negativamente en el conflicto a quien se le estaba obligando a cambiar su política interior, terminó mostrando su buena predisposición a cambio de que no se planteara la independencia de Kosovo. El acuerdo estaba cercano a la firma gracias también en parte a la postura Rusa de apoyo a Milosevic. Esta vez EEUU ya no protegía a su otrora aliado serbio y parecía dar cobijo a la mayoría kosovar. Sin embargo Rugova fue traicionado por Albright. EEUU necesitaba el estallido del conflicto –acuérdense de Lewinsky- tras el fracaso de la cortina de humo y llevaba meses intentando sacar adelante una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU que legitimase el ataque a Serbia. La Rusia de Yeltsin volvía a sentirse fuerte y propuso su veto a todos los intentos por limitar la soberanía serbia en Kosovo –entiéndase aquí soberanía como derecho a la limpieza étnica.

Yeltsin se pasó de listo y dejó a Rusia con el culo al aire. Él pensaba que EEUU nunca se atrevería a atacar sin el consentimiento de Moscú, sin embargo Washington sabía que el mundo en 1999 no era el de la Guerra Fría y que una Rusia endeudada hasta el extremo con el FMI no era la URSS ocupando Checoslovaquia. Fue por todo esto por lo que Albright presentó en última instancia un texto donde el derecho de autodeterminación de Kosovo quedaba claramente reflejado. Rugova no quería firmarlo, alegando sabiamente que aquello sería algo negativo para su pueblo pues la situación en que se pudiera plantear aún no había llegado. Sin embargo Albright le obligó poco menos que a firmarlo prometiéndole ayuda para su consecución y, como dice ella en sus propias memorias, asegurándole que cuando los serbios se negaran a firmar, EEUU les defendería militarmente y sin reparos.

Fue así como el 24 de Marzo de 1999, EEUU llamó a la OTAN al ataque de las poblaciones serbias. Los puentes de Novi Sad y Belgrado sobre el Danubio y el Sava fueron destruidos y las reservas de combustible de las ciudades ardían tras el fuego de la aviación de la OTAN.

domingo, marzo 25, 2007

Que 50 años no son nada

Europa, dicen, está de celebración. No cabe duda que, en los tiempos que corren, que un Tratado llegue a los 50 años es para celebrarlo. Y más si éste ha sido ampliado por otros muchos que han remodelado el proyecto en sus formas pero no en sus bases.

Hace 50 se firmaba el Roma el Tratado por el que se establecía el Mercado Común europeo. Más allá de la intención de obtener beneficios económicos conjuntos, el proyecto europeo nace con la intención de lograr una paz duradera entre Alemania y Francia. La paz, de este modo, será entendida de la manera más sencilla. Si la Alemania buena, es decir la RFA, y Francia entrelazaban sus beneficios económicos, no se volverían a enfrentar, no se verían como un enemigo, cada paso que diera uno iría acompañado de la confianza del otro. Así se expresaban los ideólogos del proyecto Schuman y Monnet.

Para los defensores del actual proyecto, nada euroescépticos claro, el proyecto no sólo ha funcionado, sino que al desarrollarse en otros ámbitos y en otras regiones, éste ha visto cómo la pacificación se ve extendida, cómo los europeos están más juntos y piensan más en términos Europeos y menos en términos nacionales. Sin embargo, en opinión del que suscribe, esto no ha sido así.

Es evidente que la formación de instituciones europeas, de ventajas para los ciudadanos tales como las ERASMUS, el Euro, el Tratado Schengen y otras, han facilitado ciertos ámbitos de vida pero ¿significa eso que el proyecto se vea justificado? Empezando con la historia de más de 60 años de Paz en Europa o como dicen sus defensores, el periodo más prolongado de paz en el continente –debe de ser que lo de los Balcanes no cuenta- han tenido más que ver con la presencia de EEUU en Europa tras la II Guerra Mundial y el desarrollo de la Guerra Fría que con el proyecto de la Unión Europea.

Por que al salir de la contienda, EEUU se convirtió en el valedor de la paz Europea. El Plan Marshall –inicio de eso que ahora llamamos Cooperación para el Desarrollo- inició una vinculación económica de EEUU con los países del continente. Si éstos se pacificaban y si éstos se tenían los unos a los otros como buenos amigos, EEUU podría fortalecer su economía –los 50 fueron los años de mayor crecimiento económico para los norteamericanos. Además, para fortalecer su defensa frente a la URSS, surgió la OTAN. Esta organización, y no el Tratado de Roma, ha sido la principal culpable de la paz europea. La OTAN establecía distintas bases norteamericanas en territorio europeo, creaba distintos mandos entre los diferentes ejércitos implicados en el tratado y, lo más importante, repartía los arsenales militares por todo el continente.

Sí, créanlo, la OTAN decidía qué tipo de tanques y en cuánta cantidad debía tener Alemania en la zona de Baviera o Francia en su departamento de los Pirineos. Los mandos europeos no eran más que meros gestores de las decisiones norteamericanas. Aún hoy, a pesar de los enfrentamientos políticos entre los miembros de la Alianza Atlántica, el tipo de material militar de los países europeos está determinado por las cinco paredes de Washington. EEUU, a través de la OTAN, estableció un sistema de defensa en pos de un supuesto ataque terrestre soviético. Las distintas administraciones americanas establecieron, por ejemplo, que Viena era indefendible ante la conocida superioridad terrestre soviética. De hecho, el jefe de la base militar en la frontera con Checoslovaquia, norteamericano él, declaró que conocían perfectamente que en caso de ofensiva soviética las tropas del Ejército Rojo no tardarían más de unas horas en hacerse con el control de la capital austriaca. La segunda línea de defensa era la importante, y allí concentraron realmente la defensa del continente en el supuesto de conflicto.

Otra vinculación más entre el proceso de integración europea y la OTAN ha sido la siguiente ampliación de ambas instituciones –hacia el Este- y las negociaciones para entrar –algunas eternas. Empezando por esto último, Turquía siempre se postuló como un candidato a entrar en los acuerdos europeos incluso a pesar de que ninguno de los socios se planteaba en serio la integración con los otomanos. La insistente candidatura turca viene determinada por la presencia de ésta en la OTAN. Es, por decirlo de algún modo, el candidato norteamericano a la UE. Como lo de Turquía se estancó –y se seguirá estancando- la ampliación hacia los países del antiguo bloque soviético fue el siguiente paso a dar. El 1 de Mayo de 2004 diez países del Este entraban en la Unión Europea. Una ampliación que pone en tela de juicio toda la moralidad de los tratados –por ejemplo obligan a que los candidatos, antes de ser socios, tengan solucionados sus problemas étnicos, cuestión ésta que habría que preguntar a los gitanos de Eslovaquia. Si los hechos demuestran que la ampliación no se hizo por motivos económicos, ni se hizo por motivos políticos –los sociales ni siquiera nos los planteamos-, la alternativa que nos queda es, sin lugar a dudas, la militar. No estamos hablando de una hipotética defensa de Europa frente a un ataque ruso, sino de la concordancia de los intereses estratégicos de EEUU con las diferentes ampliaciones de la UE.

El resto, el desarrollo de las directivas económicas y políticas, de los intentos de hacer política social desde Europa, no es más que el aprovechamiento de la coyuntura por parte de los diferentes grupos políticos y económicos dominantes en Europa. La oportunidad de modificar los reglamentos nacionales sobre, por ejemplo, el negocio del agua y hacer que éste sea abierto a cualquier entidad privada. Las directivas que modifican las condiciones laborales al permitir que una empresa que opere en Francia actúe según la normativa laboral letona por tener su sede allí. El proteccionismo de una agricultura económica y socialmente insostenible por parte de las instituciones para mantener silenciados a los agricultores del sur de Europa. Y un largo etcétera de decisiones y oportunidades que hacen de la UE el proyecto social y económico de todos, menos de los ciudadanos europeos.

Porque, en otra frase del ideólogo Monnet, “si me dejaran volver a hacerlo empezaría por la política y no por la economía”. A los 50 años de empezar este proyecto, la única parte asegurada es la militar. Hoy, políticamente, la UE no tiene voz, cuando dice algo el resto de países no europeos saben que será salvable con convencer a uno o dos países importantes –véase el reconocimiento de la Croacia de Tudjman a pesar de no respetar la directiva sobre Derechos Humanos. Y económica y socialmente los europeos están enfrentados. Mientras la élite europea planea reformas económicas y legislativas a la manera neoliberal, las sociedades europeas no se dejan imponer estas reformas. Un enfrentamiento traducido en el rechazo del Tratado de la Constitución Europea por parte de los ciudadanos franceses y holandeses –los españoles se declararon a favor pero por una cuestión de debate, ya que en éste no se planteó una discusión del texto, sino una prórroga del 14M, estoy convencido que de haber conocido las consecuencias también se habría rechazado.

La solución para el proyecto es complicada en su desarrollo pero simple en su concepción. La única manera para hacer de éste un proyecto duradero es exclusivamente otorgar una importancia fundamental en las disposiciones sociales, aumentando y no reduciendo derechos, al hilo de lo que la ciudadanía europea exige, y no concediendo más importancia a las voces empresariales y norteamericanas que se escuchan en Bruselas.






martes, marzo 20, 2007

De paseo por un cine sobre África

El cine, como último arte en ser incorporado, se ha nutrido de los vínculos culturales de todos los artes. En él se han visto representados todos los lugares comunes de nuestra sociedad de una manera aún más precisa que en la extensa literatura importante que tenemos a nuestra disposición. El encuentro colonial ha quedado bien plasmado y las representaciones de esos otros que son los africanos y las africanas –que serán las otras- han bebido, principalmente, de la literatura.

Basada en la novela homónima de Giles Foden la primera película que nos sentamos a ver es El último Rey de Escocia. No vamos a hacer un análisis artístico ni una crítica cinematográfica ni de ésta ni de la otra película que ahora comentaremos. Eso correspondería hacerlo en Destripando Terrones –mi señora madre decía y dice que todo tiene que estar bien ordenado. De lo que vamos a hablar es del viaje del hombre blanco al continente negro visto a través de estas dos películas.

El último Rey de Escocia pretende ser un retrato del dictador que asoló Uganda durante la década de los 70: Idi Amín. Y lo hace, es triste decirlo, introduciendo la variable hombre blanco. Se podría hablar de las muchísimas historias que las gentes africanas han podido vivir durante su dictadura ya que Hotel Rwanda demostró que era posible rodar una película sólo de negros y al tiempo hacer cine de masas. Pero no, tiene que ser el blanco quien nos descubra la vida en África y tienen que ser sus ojos los que nos digan qué estamos viendo. El protagonista es un blanco en África, aquel que se va corriendo a un continente que no es el suyo en busca de la necesaria dosis de aventura. En el siglo XIX se iba en busca de riqueza y prestigio burocrático y hoy en busca de tres historietas que contar y un número indeterminado de polvos. Así son las cosas y, aún siendo tristes, así se cuentan. De manera que el hombre blanco se va a África a intentar hacer que su vida tenga un sentido aventurero. Y a fe que lo va a conseguir.

Como todo en África es posible –o eso dicen, vamos- el hombre blanco termina conociendo a Idi Amín –Forest Whitaker- y cautivándole por no se sabe qué extraños pensamientos. Amín será representado como un hombre guiado por su supersticiones, incapaz de discernir entre un simple dolor de estómago y la llegada de la muerte, atento al encandilamiento de la prensa internacional y capaz de eliminar políticamente –y no sólo políticamente- a sus colaboradores por cómo se levante ese día. Un líder caprichoso que promete la llegada de un verdadero paraíso económico y social pero que en nada está mejorando la salud del país que gobierna. Típico personaje africano del mundo de la Guerra Fría, hoy nos hemos fijado en Amín, pero podríamos hablar de Mobutu o de cualquier otro.

De manera que tenemos a un jovencito blanco viviendo en la corte del Rey de Escocia –aka Idi Amín- tan feliz como una perdiz y recibiendo riquezas y agasajos que jamás podría haber encontrado en su país natal. De entre toda la población blanca que conoce, no encuentra a nadie con quien tener confianza y, de entre los negros, sólo el doctor africano es capaz de hablar a su nivel y sin cortapisas. Otra conclusión más, de los negros políticos no te puedes fiar, de los negros sin estudios es mejor pasar, así que sólo nos quedan los negros educados. ¿No me suena esto de algo?

El caso es que el niño blanco está contentísimo de su viaje a África. Disfruta de una vida que jamás habría soñado aquí en Europa y no se preocupa de por qué tiene lo que tiene, simplemente no muerde la mano que le da de comer y listo. Sin embargo vuelve a salir en la historia un Sr. Kurtz. Aquél que demuestra que todos los africanos son unos salvajes –suponemos que las africanas también. Y así fue la cosa hasta el punto en que el chico blanco –y por extensión el espectador- se da cuenta de la realidad. ¡Acabad con los salvajes! Escoja la salida más rápida que le sea posible y olvídese de lo vivido allí. Los africanos son unos salvajes y la vida allí carece de sentido… y de precio. Brillante chorrada.

A la zaga le va Diamante de sangre. Conocida es mi aprensión por Di Caprio y, a decir verdad, cuando me senté en la butaca del cine ya sabía lo que me iba a encontrar. No me decepcionó en absoluto comprobar que los cánones de la película de blancos en África se seguían respetando. ¡Un clásico! Que diríamos. La novedad en este aspecto es que el blanco es también africano. “¿Cómo? ¿Blancos africanos?”. Por supuesto que sí. De Rhodesia, que no Zimbabwe, como bien se encarga él de aclarar. El chico blanco es salvaje, pero sólo porque la vida en África le ha hecho así. Pertenece a esa legión de blancos en África que se saben atrapados en ese continente y que pretenden salir de allí cuanto antes para evitar toda esa locura. El chico negro no es más que un mero utensilio para propiciar la salida y sale en la película porque es África y tiene que salir. Si estuviéramos rodando en el Bronx también saldría, tranquilos. El chico negro es bienintencionado, nunca ha hecho nada malo, pero como en África todo es salvaje, se ve envuelto en problemas de los que -¡cómo no!- el chico blanco le podrá salvar.

Esta vez el espectador no va a ver la película a través del chico blanco, ni siquiera del negro –al que la narración de la película confiere un toque de condescendencia ridícula-, el espectador irá descubriendo cosas de la mano de un tercer personaje: la aguerrida, valiente y algo inocente periodista blanca occidental. Ella también ayuda al negro, pero es para conseguir su reportaje y, quizás, tirarse al blanco -¿qué fue de aquello de evangelizar, civilizar y modernizar?

En fin, que estos dos personajes principales se pasan la película en plan “Cuéntame como es África”; “Que no te lo cuento porque no sabrías aceptarlo con tu mente civilizada”. Siento destripar la película pero sí, el niño blanco será el salvador. A pesar de que se nos pinte al chaval como un hijo de puta de máxima división, resultará que en su corazón salvaje aún hay oportunidad para la consideración hacia los demás. El negro no, el negro tiene toda la pinta de ser un buenazo. Quizás algo tontón, pero ese es todo su pecado: no saber bien de qué va el asunto. A él le joden y ya está. Sin embargo también hacia el final dará un giro y nos mostrará su lado –como no- más salvaje en la única escena que de verdad da miedo de toda la película –y que sin duda ha sido rodada para que de eso, miedo. La historia paralela de los niños soldado obedece a los cánones y es, junto con la supuesta denuncia del tráfico de diamantes, la excusa moral que sirve para justificar la trama. Casi pidiendo perdón al espectador por haber tenido que hacer una película de acción situándola en África. En cualquier caso las escenas de la formación de los niños en niños soldado me parece una ocasión perdida de haber mostrado la realidad en toda su crudeza y no dulcificándola. Vamos, como toda la película.

La versión doblada española ofrece, además, situaciones inexplicables como el hecho de que todos los negros hablen con un tono a medio camino entre "me estan pisando un huevo con un tacón de aguja" y "me voy corriendo que me estoy meando y tengo prisa". Esto provoca que el espectador no iniciado en el conflicto de Sierra Leona -¡que por cierto va de Sierra Leona!- se pierda hechos morbosos pero necesarios como el manga larga o manga corta.

De cualquier manera las conclusiones que se sacan al ver Diamante de sangre no son menos decepcionantes que viendo El último Rey de Escocia. Sólo la escena final ya lo dice todo. Siento destriparla sin coartada creíble, pero ahí va: en una sala circular los hombres blancos hablan de la terrible situación que vive África por culpa del tráfico de diamantes. Fuera de ella, el negro ojea una revista donde puede leer las bondades de su amigo blanco. De repente en la sala se hace el silencio, se abre la puerta, alguien hace entrar al chico negro y éste se aproxima al estrado. Parece que va a decir algo, pero en el momento que lógicamente debería decirlo la sala de blancos se pone en pié y comienza a aplaudirle sin parar. No dejándole pronunciar palabra, la película se funde en negro y nos suelta las cuatro o cinco frases para reflexionar. Ya esta, ha acabado. Los blancos hablan para sí mismos y a los africanos, de uno en uno, se les hace pasar para que sean aplaudidos. No importa si algo tienen que decir. Total, no les van a hacer caso.

miércoles, febrero 28, 2007

El imaginario colectivo

El arte es un reflejo de cada tiempo. O, puestos a ser más concretos, el arte es un reflejo de los gustos de cada tiempo. ¿Más concretos? El arte que destaca es un reflejo de los gustos y preferencias de aquellos colectivos sociales más favorecidos económicamente. Los pintores de otras épocas reflejaban el gusto de los Reyes y cortesanos de la época, no el gusto de los pueblos. Al menos el arte más valorado en su tiempo. Hoy podemos decir que Egon Schiele -de quien tienen un cuadro a la izquierda- lograba sacar la personalidad de todo aquel al que pintaba, independientemente de si el cuadro gustaba o no en su época –que por lo general no gustaba. Pero la realidad es que son las élites de cada lugar las que determinan qué arte es digno de ser reconocido y qué arte no.

El siglo XXI es el siglo de lo digital, de lo visual, y en él la fotografía cumple una labor muy importante. Ya no podemos saber si la fotografía que visionamos es una captura instantánea o si ha sido retocada por el photoshop –haciendo de la fotografía un arte más cercano a la pintura de lo que jamás podríamos haber soñado. La instantaneidad de la fotografía permitió en sus inicios llegar a conocer visualmente ciertos aspectos sociales que nunca antes habían sido conocidos por nadie excepto por los que los vivían. Susan Sontag –tan genial, tan añorada- dejó constancia por escrito en su libro titulado Ante el dolor de los demás [Alfaguara, 2003] las dudas y las necesidades emocionales de aquellos que veían en una fotografía el dolor que sufrían otras personas. La fotografía permitía transmitir emociones de una intensidad aún más alta que la pintura. No hacía falta entenderla y, por tanto, su credibilidad era total. Sontag relata las manipulaciones de los primeros reporteros de guerra estadounidenses, en la Guerra Civil norteamericana, retocando cadáveres, amputando miembros inertes a soldados muertos con el pretexto de lograr una foto de portada aún más impactante que la anterior. Una fotografía de estudio para reflejar y aprehender la realidad.

La fotografía es hoy, por tanto, uno de los grandes medios desde los que reflejar la visión de la realidad. Los intrépidos fotógrafos recorren sus países o el mundo entero con sus maquinitas y reflejan aquella visión que tienen de lo que ven. Pero una fotografía no tiene derecho de réplica y quizá por eso sufre constantemente de clichés y percepciones que, por estar en el imaginario colectivo, también es de suponer que estén en el imaginario del que fotografía. Cuando hace unas semanas Ottinger nos saludaba desde su blog y nos ponía delante de la cara la Fotografía del año, no pude sino sentir curiosidad por ver quiénes eran los premiados y por qué trabajos.

Una visita a la web de los premios –no reproduzco las fotos por no reproducir los clichés- nos lleva rápidamente a la mente la idea de que los fotógrafos buscan algo emocionante, algo distinto a lo que se pueda ver en este mundo civilizado de hoy. Buscan, por tanto, fotografiar a los salvajes, a aquellos que no tienen una vida moderna y ordenada como la nuestra. Quienes carecen de voz y voto en esta Globalización de una sola dirección, son retratados para el prestigio del que fotografía y sorpresa del mirón occidental. Y claro, uno de los lugares por excelencia para fotografiar es África.

Técnicamente, las fotografías sobre los africanos y africanas son, o en blanco y negro buscando resaltar esa sensación de obsolescencia, de pobreza y de falta de esperanza, o en colores muy vivos, como tratando de decir “de aquí procedemos nosotros”. O mejor, “de aquí procedíamos nosotros antes de inventar lo civilizado”. Porque como mensaje siempre quedan los rastros del salvajismo de Conrad. Lo insólito y lo especial de la fotografía es que no son nosotros. Es que hacen cosas que aquí no seríamos capaces de comprender. Es que tienen pensamientos inasumibles por todo hombre de bien. Y lo fotogénicos que quedan, madre mía.

Como he dicho antes, las fotografías no tienen más que una sola dirección. El fotografiado no se puede defender así que, como el soldado mutilado del que hablaba Sontag, no puede decir “¡Esperen, es que eso no es así!”

Fantasmas Balcánicos (I)

Condenar a un Estado es algo imposible en las Relaciones Internacionales. Las estructuras del Derecho Internacional están construidas de tal manera que permiten un juicio a las acciones de un legítimo –y no legítimo- gobierno pero en caso de resultar un veredicto contrario a los intereses de éste entonces todo depende de la última palabra del condenado. Es impensable este tipo de juicios en el ámbito nacional. Imagínense el juicio del 11M señalando a los culpables de los atentados y que éstos salieran en libertad porque, a última hora, ellos mismos sigan diciendo que son inocentes. En el ámbito internacional esto es posible gracias a un concepto que ha guiado las relaciones entre unos Estados y otros desde el siglo XVII: la Soberanía. Como un Estado es soberano sobre sí mismo, nadie se puede meter en lo que él hace. Es cierto que existen normas escritas sobre Guerra o sobre el cumplimiento de los Tratados a los que lleguen los Estados, pero la regla de la Soberanía sigue estando por encima de todo. Aunque esto, ya lo veremos dentro de unos días, está cambiando y la Soberanía

es ya algo que depende de las Organizaciones Internacionales. Al menos para los Estados menos fuertes dentro del Sistema Internacional.

Ayer se leyó la sentencia del Tribunal de La Haya en la que la demanda de los bosnios contra Serbia y Montenegro –entonces República Federal de Yugoslavia- por planificación y ejecución de genocidio contra la población musulmana. El tribunal no ha podido condenar a un Estado que, en efecto, era el responsable último de la organización de la masacre. El tribunal se escuda en que no fueron tropas serbias las implicadas en la devastación de Bosnia Herzegovina. Y en esto no les falta razón. La estrategia de Slobodan Milosevic, cabeza visible de Yugoslavia, fue tal que, durante todas las confrontaciones, logró no declarar la guerra a nadie. Si nos basamos en los análisis tradicionales y clásicos sobre las guerras, Yugoslavia nunca estuvo en guerra contra Bosnia o Croacia.

Milosevic había logrado hacerse con la presidencia de la República Federal de Yugoslavia cuando ésta estaba compuesta por lo que hoy es Eslovenia, Croacia, Bosnia-Herzegovina, Serbia, Montenegro y Macedonia. El sistema de votos en el comité Federal era bastante sencillo. Un voto por cada República federada –Montenegro aún no era independiente y por lo tanto se integraba en Serbia- y otros dos por dos regiones autónomas: la Vojvodina y Kosovo. Milosevic suprimió la autonomía de Vojvodina y Kosovo asumiendo para Serbia el control de estos dos votos y dominando así el plano Federal. Haciéndose con el control de las estructuras Federales Milosevic abandonó la doctrina socialista para dar un giro serbonacionalista a toda la política federal.

El vuelco nacionalista de Milosevic provocó una reacción por parte de las facciones nacionalistas de las demás repúblicas. Los primeros en demostrarse dispuestos a romper la baraja que Tito había mantenido tanto tiempo unida fueron los eslovenos. La independencia de Eslovenia fue un hecho tras una guerra que duró una noche entre las milicias populares eslovenas y las tropas federales con el resultado de menos de una decena de muertos. Eslovenia se iba de la Federación aludiendo que era la república más próspera económicamente y que su crecimiento se veía lastrado por regiones pobres como Kosovo. Fin al principio de Solidaridad -¿les suena de algo?

Con la tarta del reparto abierta, los nacionalistas croatas y serbios se pusieron manos a la obra para asegurarse la mayor parte de la misma. La tarta, como no, era una plurinacional Bosnia-Herzegovina. En ella residían serbios, croatas y musulmanes –que se suponen que son los verdaderos bosnios en este cálculo macabro que hicieron Milosevic y Tudjman- en un proyecto multicultural que había logrado asentar una población extremadamente enfrentada hacía escasamente 60 años.

La estrategia de estos dos macabros líderes consistió en la creación de milicias nacionalistas encargadas de eliminar físicamente a la población enemiga de los territorios que se disputaban. El miedo también formaba parte de esta dirección y por eso hoy las televisiones de medio mundo tienen imágenes de ejecuciones masivas. Al llegar las tropas serbias o croatas a un pueblo bosnio, la población ya sabía que los hombres y niños en edad militar serían eliminados, que las mujeres serían violadas y que los supervivientes serían expulsados de lo que quedara de pueblo. Política de tierra quemada.

La diferencia entre Tudjman y Milosevic consistió en que Tudjman no ocultaba su implicación en este exterminio de población bosnia porque se sentía apoyado internacionalmente. El principal soporte que tenía era la recién unificada Alemania, presidida por Khol, quien había reconocido internacionalmente a Croacia cuando en todo el planeta no había nadie que se atreviera a legitimar a este filonazi y cuando la misma Unión Europea había condicionado su reconocimiento a cualquier nuevo Estado al cumplimiento de los Derechos Humanos. Milosevic, sin embargo, tenía que mostrarse a sí mismo como un autentico líder occidental y para ello sus relaciones con las masacres y sus ejecutores debían de ser tenues, más bien dirigidas hacia el interior de su país, hacia un mínimo de población nacionalista que, de violenta y radical, terminaba por atemorizar al resto de población serbia.

La Comunidad Internacional –es decir, los EEUU de Bill Clinton- se implicó en la solución de un conflicto que dividía a la Europa de Maastricht. La ONU envió a sus famosos Cascos Azules con la misión de mantener la paz entre las milicias croatas y serbias que se disputaban distintas regiones de Bosnia donde la población croata o serbia tenía una presencia importante. Estos soldados no podían disparar y se dieron casos, como Sebrenica, en los que directamente las tropas de la ONU –holandesas de nacionalidad- se retiraron amablemente de sus posiciones para que las milicias serbias eliminaran a toda la población musulmana.

Con la implicación estadounidense en el conflicto, rápidamente se buscaron interlocutores entre los distintos bandos. Aquel que sobresalió ante todos fue Slobodan Milosevic. El principal ingeniero de esta masacre, aquel que hizo girar la política socialista de la República Federal de Yugoslavia hacia un nacionalismo serbio que dio la mecha de salida para la desintegración de la misma federación, el mismo que proporcionaba armas a los halcones milicianos y que finiquitó el proyecto multicultural del Estado Bosnio, se convirtió en el verdadero valedor de la paz en los Balcanes para los EEUU. Los acuerdos de Dayton provocaron la división de Bosnia-Herzegovina en dos repúblicas dependientes, con dos presidentes, con dos capitales –Sarajevo y Banja Luka- pero con la perenne necesidad –aun hoy más de 10 años después de los acuerdos- de la tutela internacional.

miércoles, enero 24, 2007

El enviado de Dios

La primera vez que vi un libro suyo fue en el escaparate de la Librería Visor. Caminaba hacia la parada de autobús en dirección a mi casa absorto en mis pensamientos, sin prisa, y decidí pararme en el escaparate de la vieja librería. De entre todas las relucientes novedades me fijé en la suya. Era la edición más fea de todas las que había. Con un gris que delataba que el libro no era novedad, sino reedición, y que ésta no era nada cuidada, la fotografía del centro donde unos niños africanos protegidos por cascos blancos empuñaban un ak-47 me animaba a adquirirlo compulsivamente. Sin embargo lo que me decidió de una vez por todas fue el título: Un día más con vida. Algo tenía que pasar en ese día ¿no?

Fue más tarde, cuando lo tenía ya en mis manos y el autobús echaba a rodar, cuando me fijé que el libro no era una novela, que tampoco era un ensayo, sino que pretendía ser un relato periodístico de los últimos días de la presencia portuguesa en Angola en 1975, narrados por un periodista polaco de extraño nombre. Y más tarde aún cuando me di cuenta de que en realidad estaba ante un libro que era mucho más que eso. Ante un libro que, como toda la obra de Ryszard Kapuscinski, es un libro de viajes, de aventura, de ensayo político, de reivindicación de las personas, de historia política, que era un grito en forma de alegato por la vida de todos aquellos seres anónimos que participan de los acontecimientos sin que nadie les haga el menor caso.

Un día más con vida lo leí cuatro meses después de haberlo comprado, cuando me disponía a enfrentarme a un viaje en tren desde Madrid hasta Pau, en Francia, que se prometía interminable. Lo leí del tirón. A mitad del trayecto había terminado de leer y me había quedado con un sabor en la boca tan intenso que no paré de hablar del libro a cada paso que daba por la ciudad francesa. Fue mi primer contacto con una realidad africana que en España tenemos abandonada en los círculos académicos, políticos y sociales. Y puedo decir, orgulloso, que el gran escritor polaco Ryszard Kapuscinski tiene toda la culpa de mi interés por el continente africano. Tras este primer libro sobre África, siguieron otros del mismo autor. El Emperador , La Guerra del Fútbol -impresionante biografía a golpe de reportaje-, y otros que no tardaré en correr a comprar, en esas ediciones grises y feas de Anagrama pero que destacan en mitad de mi librería por encima de otros libros menores.

Desde que leo a Kapuscinski no he parado de recomendarlo. Con la misma compulsión con que compré mi primer libro les he recomendado a mis conocidos que lo lean, lo regalen o, simplemente, lo compren para casos de emergencia en donde necesiten saber que, en el mundo, nunca se está solo. O mejor, nunca se estaba solo, pues desde el pasado Martes 22 de Enero de 2007, Ricardo ya no está con nosotros.

Uno puede leer los libros de Kapuscinski del tirón, como se hace con los buenos libros de relatos y sin pararse a pensar en cada situación por él descrita. Pero también puede detenerse en cada rincón del libro y retroceder a aquello que pudo suceder antes en aquel lugar en el que Kapuscinski conoció a tal o cual personaje. Puede detener el tiempo y contemplar la tragedia que el autor vivía en tiempo presente, y preguntarle por qué decidió subirse a aquel avión, meterse en aquel bosque o dormir en aquella tienda. Todos ellos actos de inasumible irracionalidad.

Porque es la irracionalidad la dueña de sus acciones y la que da novedad a sus libros de viajes. Kapuscinski ofrece una visión de África atípica. Por norma general, los autores de relatos sobre los africanos y africanas muestran a éstos como carentes de racionalidad, seres inmersos en un mundo no moderno y cuyas vidas carecen del orden natural de las cosas que sí desprenden los viajeros blancos. Páginas y páginas de historias en África donde los protagonistas son todos blancos, donde los negros son sólo actores secundarios. Sin embargo, si uno lee cualquier libro de Kapuscinski podrá aprender a escribir algo que tenga a uno mismo como punto de referencia de la historia pero que cuyos protagonistas sean todas y cada una de las personas con las que se cruza por sus caminos. Un libro de relatos de África donde el hombre blanco sea el irracional y, el hombre africano aquél que no sale de su asombro al ver las estupideces que hace ese blanco de la fría Europa.

Esto que es tan difícil lo logró desde el compromiso ético que siempre le acompañaba como periodista. "No se puede escribir de alguien con quien no has compartido como mínimo algún momento de su vida", decía. Recorrió la mitad del mundo de mano de la agencia polaca de noticias y repartió su particular visión de los acontecimientos que dominaban la periferia de la Guerra Fría, es decir, allí donde ésta sólo era Guerra. Y todo por culpa de un espíritu que se resumía en una de sus frases en La Guerra del Fútbol "¡Cómo iba a quedarme en Nigeria si allí no pasaba nada y era en el Congo donde todo estaba sucediendo!"

Sobre todas las cosas, los libros de Kapuscinski enganchan. Uno no puede dejar de leer cómo el azar le salva de una ejecución segura en un Congo en guerra, al que ha llegado tras recorrer en coche la distancia que hay entre Nigeria y Kinshasha. Cómo se negocia en Angola con los soldados del check point improvisado en mitad de una carretera sin saber de qué bando son y, por tanto, si los has de tratar como camaradas o compañeros. Y no puede dejar de sentir el dolor de una picadura de escorpión en la cabeza en mitad de la selva, donde nadie puede hacer ya nada por tí y sólo te queda tratar de dormir esperando que el veneno inyectado no fuera suficiente y a la mañana amanezcas como un día cualquiera.

Le han llamado maestro de periodistas por todo esto. Por desvelar que los Cínicos no sirven para este oficio. "El enviado de Dios", que decía de él John Le Carré. Fue admirado por otro de los grandes periodistas de nuestro tiempo, García Márquez, del que más adelante se hizo amigo íntimo y tenía una relación especial con España, a la que acudía siempre que podía con un perfecto castellano.

El martes volvió a salir de viaje dejando atrás su tan odiada mesa de despacho. Como al cielo seguro que no ha ido, poco hay que contar, esperaremos su próxima crónica para saber si el infierno era aquello que nos habían dicho.


domingo, enero 14, 2007

Bismarck estaría orgulloso

Somalia es uno de esos países que sólo se conocen por el Telediario. Tan pronto sale de él como vuelve a entrar y ningún canal temático de viajes hace reportajes sobre sus maravillosas costas en el Índico o la peculiar gastronomía de la región montañosa del país. Si de este país tuviéramos que decir algo, sólo saldría de nuestras bocas una palabra: Guerra.

Fue en las costas somalíes, esas del Índico, donde las fuerzas estadounidenses desplegaron la mayor campaña de intervencionismo humanitario armado de la Historia. Bajo la bandera de la ONU, pero con libertad de acción, los soldados norteamericanos fueron masacrados teniendo que abandonar el país a toda prisa y dejando a unos Señores de la Guerra profundamente bien armados y fuertes. La derrota norteamericana parecía traer consigo el establecimiento de un régimen neopatrimonial tan al uso en África Subsahariana, sin embargo lo que se reprodujo fue otro modelo africano: la división de los líderes a través del apoyo de diferentes países vecinos.

Etiopía y Eritrea apoyaron a unos u otros y el resto de Señores de la Guerra se limitaron a controlar las economías de sus territorios como podían y a hacer y deshacer alianzas entre ellos asegurándose la supervivencia y el autoabastecimiento. De esta manera, Somalia entró en una dinámica desde 1995 en la que el acuerdo político se hizo cada vez más imposible y la inexistencia de un Estado al uso impedía a los actores externos propiciar una solución al no estar ellos mismos capacitados para operar con un no-Estado. Tampoco se atrevían a operar con dos regiones de Somalia, Somaliland –autodeclarada independiente- y Puntland –autodeclarada región autónoma-, que, funcionando como Estados comunes carecían de reconocimiento internacional. Una situación enquistada, donde por supuesto la creación del Gobierno Provisional no ayudó a un acercamiento de posturas pues cada reunión de este Gobierno o del Parlamento Provisional –siempre en territorio no somalí- se ha saldado con desacuerdos e incluso peleas entre los propios diputados.

Con todo esto, la realidad ha sido que desde la misma Somalia se ha rechazado la situación creada por unos Señores de la Guerra profundamente divididos e incapaces de imponerse unos a otros. Desde los comerciantes somalíes se apoyó económicamente a al grupo que parecía tener las menores divisiones internas de toda Somalia. Y resultó ser el grupo de los Tribunales Islamistas. Éstos tomaron la capital, Mogadiscio, hace unos meses, devolviendo a Somalia a las imágenes de los telediarios occidentales. La fuerza real de estos Tribunales para hacerse con la victoria en esta guerra enquistada fue sobredimensionada por parte de los medios, sin embargo lo que sí se tenía claro desde Washington era que existía la posibilidad de provocar un efecto llamada en las poblaciones islámicas desencantadas y que éstas terminaran acudiendo a Somalia pretendiendo continuar la lucha que se lleva a cabo en Iraq, Afganistán y otras partes del mundo.

Además, la posibilidad de que esta fuerza creciera alertaba de un más que probable aumento de la capacidad organizativa del terrorismo internacional. No hay que olvidar que se cree que fue en territorio somalí desde donde se planearon y ejecutaron los atentados a las embajadas norteamericanas de Kenia y Tanzania.

Así pues, Etiopía acaba por intervenir en la conquista de Mogadiscio por parte de las fuerzas islamistas. Obviamente alentada por EEUU, quien también ha terminado por reconocer su implicación en, al menos, uno de los bombardeos que ha habido estos últimos días. Y no sólo eso. Se han reconocido soldados estadounidenses que, en terreno somalí, guían las operaciones aéreas de los etíopes. Esta es, por tanto, una operación que desde el Pentágono se toman muy en serio y quizá por eso no se han mostrado reticentes a la hora de admitir que su objetivo es el asesinato selectivo –o ejecución sin juicio, que es lo mismo- de Fazul Abdulla Mohammed, supuesto responsable de Al-Qaeda en la zona y supuesto experto en explosivos responsable de los atentados en Kenia y Tanzania de los que antes hablábamos. Por el momento los civiles muertos por el único ataque oficial de la aviación estadounidense son ya 50 entre los que aún no se sabe si está Fazul o no. Desde los títeres del Gobierno Provisional Somalí –que sólo se ponen de acuerdo a la hora de rendir pleitesía ante su Señor- se asegura que los ataques han logrado el objetivo establecido. “No más Fazul” leo en El País que ha dicho uno de sus miembros. Sin embargo el Pentágono no se atreve a confirmar la noticia, no se sabe si por miedo a una posible represalia o para justificar que continúe su ofensiva –más bien para esto último.

Cabe preguntarse qué está buscando EEUU en África tras tantos años de abandono. Si bien es cierto que, como en la mayor parte del planeta, en los países africanos también se tiende a demonizar a los norteamericanos cuando algo malo les ocurre y la culpa siempre es de Bush –o del que toque-, la realidad es que son las antiguas potencias coloniales –en especial Francia y el Reino Unido- las que realmente causan males directos en la política africana post Guerra Fría. EEUU no era más que una comparsa de los europeos en la región Subsahariana hasta que, en la reformulación de su política exterior tras el 11S, algún lumbrera de Washington decidió que los males del terrorismo internacional venían de la existencia de Estados Débiles o Frágiles –del racismo de esta teoría hablaremos en otro momento- y que la mayoría de éstos estaban al sur del Sahara. Anteriormente explicamos aquí la política antiterrorista de EEUU en la zona, por eso no vamos más que a comentar la novedad que esa política tiene tras el anuncio –precisamente ahora que bombardean Somalia- de la creación de un Mando Regional exclusivo para África llamado AFRICOM.

Aunque aún no tiene base física definida –se habla de Yibuti tras la negativa de Argelia- el AFRICOM se encargará de controlar los intereses norteamericanos exclusivamente en el continente africano –a excepción de Egipto, que seguirá dentro de la zona de Oriente Medio. Todos estos mandos regionales, dependientes del Pentágono, tienen un general del cuatro estrellas al frente y están constituidos para ser una fuerza de acción militar rápida en la zona en caso de ser necesaria, así como capacidad para responder ante situaciones de emergencia humanitaria –para continuar con la misión de vestir de cordero a cualquier ejército. Sin embargo el AFRICOM se va a diferenciar del resto en que junto a su director militar va a tener un director civil y una presencia de personal civil muy superior a lo acostumbrado, además de una función poco común en estos Mandos, la de reforzar las estructuras estatales.

Haciendo conjeturas que probablemente den en la diana cuando se confirme la estructura civil del AFRICOM, la razón que ha podido motivar la creación de este mando regional de tan escaso carácter militar, puede venir derivada de la fuerte competencia de China en el continente. No ha pasado mucho tiempo desde que el Gobierno Chino se ha sentado muy en serio a negociar con los responsables africanos la explotación de las materias primas del continente y desde que se afirmara –de manera escandalosamente absurda- que China le concedía a África una segunda oportunidad de Desarrollo –cuando es África la que está desarrollando a China.

Muy probablemente EEUU seguirá manteniendo su política de ocultación de fondos para la seguridad –su seguridad- tras el velo de la Cooperación para el Desarrollo y, además, como novedad volverá a introducir los criterios geoestratégicos de la Guerra Fría, pensando en asegurarse su abastecimiento de recursos alternativo al del Golfo Pérsico y en clara competencia con la China de la OMC.

¡Bienvenidos al reparto de África! ¡Bienvenidos al Congreso de Berlín!

sábado, enero 13, 2007

El regreso del gigante que nunca se fue

[Publicado originalmente en Derrota Urgente]

No recuerdo bien el argumento central de ese capítulo de Los Simpson, pero recuerdo bien esas escenas donde el embajador de Rusia en el Consejo de Seguridad daba a un botón y el cartel que tenía delante de él y que decía “Rusia” giraba para dar paso a otro que decía “URSS”. La escena siguiente nos situaba en la Plaza Roja de Moscú, donde un desfile de cabalgatas infantiles cambia radicalmente al pararse las cabalgatas y, de ellas, aparecer los tradicionales tanques soviéticos, con sus banderas rojas y sus hoces y martillos amarillos. La tercera, además de ser la más hilarante, es la más gráfica. Unos turistas hacen fotos a la tumba de Lenin cuando, de repente, éste se despierta de su letargo y, cual zombi, rompe su urna de cristal y amenaza a los visitantes.

En los últimos meses estamos viviendo escenas de parecida incredulidad así como de diferente comicidad. Rusia, ese país que sustituyó a la URSS en los imaginarios e instituciones internacionales, parece que ha vuelto a retomar las políticas que le enseñaron a su Presidente en la Academia donde estudiasen los espías de la KGB, si es que estudiaban algo. Políticas de la Guerra Fría que hacen pedir a gritos la vuelta de John Le Carré y de su Casa Rusia, de Mathew Broderik y sus Juegos de Guerra. Pareciera que el Sr. Vladimir Putin también se apuntara a la moda nostálgica de los 80. Y es una lástima que por ello cambie a una política abiertamente conflictiva. Que alguien le regale un mechero de Naranjito a ver si se calma un poco.

Claro, que también podíamos pensar que Rusia siempre fue la URSS. Que, como decía el embajador soviético en Los Simpson, en realidad “nunca nos hemos ido”. Tras la caída de la influencia soviética en Europa del Este, y el desmembramiento de la URSS a través de la CEI, Rusia se vio obligada a asumir un cambio de valores económico-políticos que la condujeran al liberalismo y a la democracia. Como el cacho de tierra que les había tocado en el reparto estaba en quiebra y los gastos fueron muchos, los nuevos dirigentes rusos, encabezados por el cómico Yeltsin –aunque a mí nunca me hizo gracia- se pusieron en manos del FMI, quien estableció las bases de la transición económica y ¡política!

Y menuda transición. No cabe duda de que no se guiaron por el Modelo Suárez y por eso les salió mal a los pobres muchachos. Según su manera de ver las cosas, tras el liberalismo económico vendría la democracia en Rusia, y por eso privatizaron todas las empresas públicas de un día para otro, propiciando la creación de personajes rusos multimillonarios –el más popular es Roman Abramovich- con clara relación con la mafia y que ahora se dedican a invitar a sus fiestas a personajes como Shakira. Y si todo hubiera quedado ahí, ni tan mal. Cualquier país es capaz de vivir con uno o dos Jesús Gil o Aimé Jaqcet, Flavio Briattore y pongan Uds. el ejemplo que quieran. Sin embargo ahí no acabaron las desgracias. Con la mafia convertida en la clase alta económica y sin libertades políticas ninguna, la vieja Rusia se declaró incapaz de pagar el dinero que en un principio le había dejado el FMI y así, en 1997, éste tuvo que volver a prestar grandes cantidades a fondo perdido.

Con Rusia hundida económicamente y lastrada en la política internacional, por aquello de no enfrentarte a tus prestamistas –EEUU es el controlador del FMI y del BM-, la lealtad a la madre patria estaba perdiendo fuerza y los niños ya no querían ser los rusos cuando se jugaba a la Guerra Fría en el patio del colegio –yo es que fui un niño muy raro. Pero llegó la Crisis de Kosovo de 1999 y Yeltsin decidió que el zapato ruso volvería a sonar en la mesa de la ONU. Rompió la unanimidad para castigar a Slobo Milosevic por su política en Kosovo y trató de defenderle. EEUU acudió entonces a la OTAN y el bombardeo –destrucción- de las ciudades serbias fue tal que Yeltsin no pudo más que dar ridículos saltitos en señal de protesta. Terminó por mandar tropas de tierra –algo que la OTAN no se atrevía a hacer- e invadir la capital kosovar Pristina, acabando con la política de Milosevic y proporcionando una salida victoriosa a una OTAN que empezaba a ver cómo el conflicto se enrrocaba sin remedio.

Con Putin la historia siempre ha sido parecida sólo que, a diferencia de Yelstin, Vladimir ya no se molesta en parecer gracioso. Agachando la cabeza en la política internacional ha consentido que EEUU atacara en su patio de atrás buscando a Bin Laden a cambio de tener línea de tiro en Chechenia, la mafia ha logrado mantener el poder económico y las libertades políticas dentro del país se han reducido hasta el punto de que ya ningún medio de información se atreve a criticar al gobierno -¡allí no leen El Mundo ni existe un Jiménez Losantos! Cosas verás Nicolás.

Sin embargo, como mencionaba al principio de la entrada, las cosas parecen estar cambiando. Putin ha terminado imponiendo sus puntos de vista en las reuniones del G8 y ha logrado hacerse con una mayor influencia en la política internacional, aprovechando sin duda el atentado de Beslán ha rehecho su influencia con las repúblicas del Caucaso y ha logrado no ser molestado por esos funcionarios extranjeros que hablan de Derechos Humanos y cosas por el estilo. Y lo más importante, ahora se le mueren los pocos periodistas que estaban en su contra. Así, sin más van y se mueren. Cuando a una no la asesinan al otro lo envenenan con uranio -¿quién es uno de los principales exportadores de uranio del mundo?- en territorio extranjero –para mayor gusto de los nostálgicos de la Guerra Fría: en Londres.

Y como colofón al nuevo advenimiento ruso, la crisis energética de la UE que ha provocado la decisión momentánea de Moscú de no suministrar más petróleo al oleoducto de Bielorrusia por el que se abastecen Polonia, Hungría, Eslovaquia, la República Checa y -¡tantatachan!- Alemania. Para explicar esta situación basta entender que Rusia suministra petróleo a la UE por un oleoducto que atraviesa Bielorrusia y gas por el gasoducto de Ucrania. El petróleo y el gas son vendidos a un precio a estos dos países ex-soviéticos quienes a su vez lo tratan y lo revenden más caro a la UE. Con Ucrania, Putin ya tuvo sus problemas al ganar las elecciones el partido del europeísta y envenenado -¡qué casualidad!- Yushchenko hasta que Ucrania dio el giro hacia la UE, Rusia controlaba su política tal y como hacía con Bielorrusia. Sin embargo la Revolución Naranja de Ucrania situó a este país cerca de la órbita unioneuropea a lo que Moscú contraatacó subiendo los precios del gas. La UE reclamaba no tener que pagar más por el gas y, por lo tanto, Ucrania debía hacerse cargo.

Con Bielorrusia Putin ha sido más severo. La situación política en Minsk es completamente diferente a la de Kiev. En Bielorrusia la presencia del Presidente Lukashenko es constante. Lleva en el cargo desde 1994 y las acusaciones de no respetar los Derechos Humanos y de fraude electoral son continuas. Incluso EEUU le situó como representante del continente europeo en su Eje del Mal. Rusia le vendía el petróleo a un precio ridículamente bajo como manera de financiar la economía bielorrusa y el régimen de Lukashenko. Sin embargo éste ha sido tentado desde Bruselas y el verse ante un aliado tan suculento le ha dado valor para echar un órdago a la grande a Moscú adueñándose del petróleo que pasaba por su oleoducto y no pagar la subida de precios que Putin reclamaba. La jugada hubiera tenido posibilidades de éxito con una Rusia débil como antes, pero la estrategia de fuerza de Putin ha sido mayor que el órdago de Lukashenko Moscú decidió unilateralmente cortar el suministro a Bielorrusia –y por tanto a la UE- de un día para otro, sin consultar y justo cuando la presidencia de Alemania –de ahí lo del “tantatachan” de antes- comenzaba. La protesta de Merkel, quién tenía previsto una visita oficial a Minsk y a Moscú antes de la crisis, ha provocado que Lukashenko rectifique y se pliegue ante la demanda rusa de volver al statu inicial.

La crisis parece solucionada, pero el miedo de los países de la UE no se lo quita nadie. Han estado viviendo dos o tres días de sus propias reservas de petróleo y han visto cómo un conflicto aparentemente ñoño les hacía temblar las piernas. Desde Bruselas se propone ahora diversificar el abastecimiento de petróleo a través de países como Turkmenistán o Kazajstán. Sin embargo los problemas serán los mismos de ahora. La órbita rusa es grande y la fuerza y confianza en sus posibilidades en la política internacional van creciendo por momentos. No será fácil lidiar con una Rusia capaz de decir “No” a pesar de los créditos del FMI. Máxime cuando desde la UE se mira para otro lado cuando Moscú elimina al sector crítico de su sociedad, aunque éste se esconda en la capital del Imperio Británico.

No llegaremos a ver a una Rusia imperturbable ante los acontecimientos que puedan suceder más allá de sus fronteras como en la época de la URSS, hoy su política es más adaptable a los acontecimientos, pelando las batallas que cree capaz de ganar, pero lo que está claro es que el mensaje de Putin es que han regresado o que, en realidad, “nunca nos hemos ido”.

jueves, diciembre 07, 2006

¿Cómo pedir disculpas y -sobretodo- para qué?

La Iglesia Católica ha vuelto a dar ejemplo otra vez –como tantas. Sin embargo la diferencia es que hoy el ejemplo ha sido seguido por el país patrio del Anglicismo, aquellos británicos que renegaron de la autoridad papal con el reinado de Enrique VIII. Y es que la semana pasada, en un foro sobre la historia del Imperio Británico, Tony Blair, Primer Ministro británico, pidió disculpas –no sabemos si oficiales- por las barbaridades que el Imperio cometió en su proceso de colonización.

Barbaridades, así las llamó, que fueron también responsabilidad de otros países europeos. Francia, España, Bélgica y Portugal –con los intentos breves de Alemania y de Italia- colonizaron África. Y a ellos se les unió Holanda en sus posicionamientos en Asia. Todos estos países, responsables de aquellas barbaridades de las que habla Blair durante la colonización –recordemos aquí también la esclavitud y su negocio en EEUU- y de otras aún más graves durante la poscolonización.

Las disculpas por atrocidades cometidas siglos atrás son positivas –mejor, eso sí, si las disculpas se hacen desde instituciones nacionales como el Parlamento, que de manera informal en unas jornadas. Pero éstas no limpian al Estado del pecado de haberlas cometido. La Iglesia, con Juan Pablo II a la cabeza, pidió disculpas en el año 2000 por las atrocidades cometidas por la institución antes del Concilio Vaticano II. La idea era entrar en el nuevo milenio puros de errores -¿para poder cometer otros nuevos?, me pregunto. Sin embargo, el pontífice olvidó pedir disculpas a aquellos que él mismo había humillado, pedir disculpas por aliarse con la Administración Reagan e intervenir en política como si las dos espadas del medievo, la temporal y la espiritual, aún estuvieran en su poder. Olvidó tantas y tantas cosas, que hizo de las disculpas del Milenio algo banal, sin importancia y ridículo. Porque ya todos sabemos que la Tierra se mueve alrededor del Sol y no a la inversa ¿verdad? Así que disculparse por algo que, salvo los rencorosos con la Historia, todo el mundo tenía olvidado o le otorgaba escasa importancia no tiene mérito. Lo valeroso hubiera sido asumir los errores del presente. Pedir perdón por abusar de niños, por excluir a todo aquél párroco que piense de manera diferente, por excluir a la mujer del gobierno de la Iglesia, por seguir haciendo dinero mientras la pobreza que ha de sanar con su caridad sigue aumentando… y por tantas y tantas cosas.

En el caso de las disculpas británicas ocurre algo parecido. Pedir disculpas por aquello que se hizo siglos atrás no sirve de nada si las actitudes de hoy siguen siendo las mismas. Piden disculpas por azotar con el látigo al negro africano del siglo XIX, pero no rectifican en su posición sobre un Comercio Mundial que obliga al negro del siglo XXI a jugarse la vida tratando de llegar a nuestras costas. Sin ir más lejos, fue el mismo Tony Blair –aka El Redimido- el que propuso en la Cumbre de Sevilla de la UE del año 2002 un nuevo sistema de refugio político. El problema que tenía Mr. Blair era que muchos inmigrantes llegaban camuflados de refugiados políticos. Llegaban hasta las oficinas de la función pública británica y pedían refugio político. Algunos osaban decir que, debido a que estaban perseguidos en su país de origen y tuvieron que salir corriendo de sus casas, no llevaban consigo su pasaporte o los recortes de periódico que acreditasen su amenaza –que debe haber una sección de amenazas en sus periódicos como aquí las hay de venta de pisos, coches de segunda mano o servicios de señoritas. Los había incluso que no llevaban a sus amenazadores consigo para justificar su petición de asilo –bastards!- con lo que entre que se estudiaba y se denegaba su petición de refugio, se terminaban perdiendo por el territorio británico y nunca más salían de allí. De esta manera, pensó Mr. Blair, lo que había que hacer era llevar a todo aquel que pidiera refugio a un campo de relocalización –o campo de concentración en su versión clásica- que estuviera situado en algún Estado Tapón que prestara los terrenos a la UE –se habló de la nueva Libia del Gaddafi 2.0 o Gaddafi-Bueno. Allí, el refugiado esperaría a que o bien se le concediera su petición o bien se le abriera la puerta, en Libia, y se le dijera que no y que se fuera andando para su casa. Derechito y sin entretenerse por el camino ¿eh?

Pues así están las conciencias estatales hoy día, señoras y señores. Como bien dice la frase de Frantz Fannon que adorna los pies de este blog “No hay misión negra, no hay responsabilidad blanca”, es decir, lo que ocurrió en el pasado, se queda ahí pues hoy ninguno somos responsables de que nuestros tatarabuelos pensaran que las razas no blancas eran inferiores o que su religión o vida moderna era superior a cualquier otro modo de vivir. De lo que sí es responsable el Estado de hoy día, el Estado Occidental que salió de la II Guerra Mundial y que, con pequeñas variaciones, es el que hoy alumbra nuestras calles, es de los errores cometidos durante la poscolonización, de las invasiones europeas de África ocurridas en distintas operaciones militares camufladas de Humanitarias, de los acuerdos TRIPS que impiden a los Estados africanos comprar medicamentos genéricos en la lucha contra el VIH/SIDA, de la connivencia con gobiernos opresores y que castigan a su población a cambio de petróleo, diamantes o demás minerales, y de tantas y tantas otras cosas que hemos visto y que veremos en este blog.

Es por esto por lo que Mr. Blair y otros líderes deberían pedir disculpas y cambiar así sus políticas, no por lo que pasó hace más de 200 años y por lo que hoy poco podemos hacer, salvo abrir museos.