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lunes, mayo 07, 2012

Sobre sentencias, conflictos y procesos de paz



Foto de Ragnar1984
La semana pasada el Tribunal Especial para Sierra Leona consideró culpable al ex-Presidente de Liberia, Charles Taylor, de crímenes de guerra. Su condena se conocerá el próximo día 30 de mayo, pero en cualquier caso Taylor se sumará a la extrañamente pequeña lista de Jefes de Estado condenados por crímenes de guerra. La lista la componen Karl Dönitz y él. Slobo no pudo añadirse a la lista porque falleció en la cárcel durante el juicio.

Taylor, además, será seguramente encarcelado en Reino Unido, mientras que otros condenados por el mismo Tribunal cumplen sus condenas en territorio africano. Chema Caballero insinúa en su excelente artículo que este trato de favor es el pago por los servicios prestados para la diplomacia occidental.

La condena de Taylor es una buena noticia porque con ella se da un mensaje claro a todos los criminales de guerra pasados, presentes y futuros: tus crímenes tendrán consecuencia… si pierdes la guerra.

El modelo hegemónico de construcción de paz en el sur viene siempre acompañado de dos herramientas fatales para el restablecimiento de la justicia y la compensación a las víctimas. Se trata de las mesas abiertas de negociación y de la reinserción gratuita de los combatientes. 

Por mesas abiertas de negociación nos referimos al principio de intervención occidental en los países del sur que pretende sentarse a negociar con criminales sin tener en cuenta esa condición. Habitualmente las negociaciones ofrecen una ventana de legitimidad a criminales que sólo descansan su poder en la violencia ejercida contra las personas. Esta legitimidad de interlocución se transforma en legitimidad política cuando las mesas de negociación terminan por repartir ministerios en supuestos gobiernos de concentración nacional que más tarde se encargarán de realizar las primeras elecciones constituyentes y los primeros textos fundacionales del nuevo país postconflicto.

A las mesas no se accede por prestigio personal, sino por cantidad de violencia ejercida. Esto provoca que pequeños líderes/criminales se dispongan a aumentar su nivel de violencia en los albores de un proceso de paz liderado por organismos internacionales. Es decir, se contribuye al ejercicio de la violencia, a su aumento, y se le propone un pacto de legitimidad que incluye la ecuación “cese de la violencia = recompensa política”. Son los réditos por la paz que obtienen los grandes jefes de la violencia.

La otra herramienta que se utiliza, la reinserción de los continentes, aunque en esencia es positiva, su habitual mala utilización provoca la continuidad del conflicto. Se trata de desmovilizar a las tropas o a los ejecutores de la violencia, hasta ahí bien. Habitualmente su desmovilización –su entrega de las armas- viene recompensada con un escaso importe en metálico y un breve cursillo de reinserción en la sociedad. El ex-combatiente, frecuentemente joven que lleva mucho tiempo de su vida involucrado en el conflicto y por tanto carece de formación profesional e incluso de hábitos sociales al uso, termina por quedarse indefenso entre la sociedad y con el recurso fácil al delito debido a que su único conocimiento es el de las armas.

En ocasiones se promueve la creación de tribunales tradicionales de compensación y de reparación. Como las Gacacas (pronunciado “Gachacha”) de Ruanda. Pero en muchos otros casos, y como tan bien apunta Chema Izquierdo en su blog, los criminales conviven con las víctimas en un acuerdo tácito de paz.

Estos tres elementos –el juicio contra Charles Taylor, las mesas abiertas y las reinserciones tan mal hechas- son claras pistas del sistema político internacional que tenemos hoy día. Mientras a los criminales de guerra vencidos de países del sur podemos encausarlos y condenarlos, a los criminales de guerra vencidos de países del norte los colocamos en consejos de administración o como enviados especiales para Oriente Próximo. Por supuesto, si eres un criminal de guerra vencedor los tribunales los verás desde lejos, por televisión, y sólo recibirás apoyos políticos –Kabila lo sabe muy bien. Y si eres un criminal de guerra vencedor del norte, siempre podrás presentarte a la relección.

martes, marzo 20, 2007

De paseo por un cine sobre África

El cine, como último arte en ser incorporado, se ha nutrido de los vínculos culturales de todos los artes. En él se han visto representados todos los lugares comunes de nuestra sociedad de una manera aún más precisa que en la extensa literatura importante que tenemos a nuestra disposición. El encuentro colonial ha quedado bien plasmado y las representaciones de esos otros que son los africanos y las africanas –que serán las otras- han bebido, principalmente, de la literatura.

Basada en la novela homónima de Giles Foden la primera película que nos sentamos a ver es El último Rey de Escocia. No vamos a hacer un análisis artístico ni una crítica cinematográfica ni de ésta ni de la otra película que ahora comentaremos. Eso correspondería hacerlo en Destripando Terrones –mi señora madre decía y dice que todo tiene que estar bien ordenado. De lo que vamos a hablar es del viaje del hombre blanco al continente negro visto a través de estas dos películas.

El último Rey de Escocia pretende ser un retrato del dictador que asoló Uganda durante la década de los 70: Idi Amín. Y lo hace, es triste decirlo, introduciendo la variable hombre blanco. Se podría hablar de las muchísimas historias que las gentes africanas han podido vivir durante su dictadura ya que Hotel Rwanda demostró que era posible rodar una película sólo de negros y al tiempo hacer cine de masas. Pero no, tiene que ser el blanco quien nos descubra la vida en África y tienen que ser sus ojos los que nos digan qué estamos viendo. El protagonista es un blanco en África, aquel que se va corriendo a un continente que no es el suyo en busca de la necesaria dosis de aventura. En el siglo XIX se iba en busca de riqueza y prestigio burocrático y hoy en busca de tres historietas que contar y un número indeterminado de polvos. Así son las cosas y, aún siendo tristes, así se cuentan. De manera que el hombre blanco se va a África a intentar hacer que su vida tenga un sentido aventurero. Y a fe que lo va a conseguir.

Como todo en África es posible –o eso dicen, vamos- el hombre blanco termina conociendo a Idi Amín –Forest Whitaker- y cautivándole por no se sabe qué extraños pensamientos. Amín será representado como un hombre guiado por su supersticiones, incapaz de discernir entre un simple dolor de estómago y la llegada de la muerte, atento al encandilamiento de la prensa internacional y capaz de eliminar políticamente –y no sólo políticamente- a sus colaboradores por cómo se levante ese día. Un líder caprichoso que promete la llegada de un verdadero paraíso económico y social pero que en nada está mejorando la salud del país que gobierna. Típico personaje africano del mundo de la Guerra Fría, hoy nos hemos fijado en Amín, pero podríamos hablar de Mobutu o de cualquier otro.

De manera que tenemos a un jovencito blanco viviendo en la corte del Rey de Escocia –aka Idi Amín- tan feliz como una perdiz y recibiendo riquezas y agasajos que jamás podría haber encontrado en su país natal. De entre toda la población blanca que conoce, no encuentra a nadie con quien tener confianza y, de entre los negros, sólo el doctor africano es capaz de hablar a su nivel y sin cortapisas. Otra conclusión más, de los negros políticos no te puedes fiar, de los negros sin estudios es mejor pasar, así que sólo nos quedan los negros educados. ¿No me suena esto de algo?

El caso es que el niño blanco está contentísimo de su viaje a África. Disfruta de una vida que jamás habría soñado aquí en Europa y no se preocupa de por qué tiene lo que tiene, simplemente no muerde la mano que le da de comer y listo. Sin embargo vuelve a salir en la historia un Sr. Kurtz. Aquél que demuestra que todos los africanos son unos salvajes –suponemos que las africanas también. Y así fue la cosa hasta el punto en que el chico blanco –y por extensión el espectador- se da cuenta de la realidad. ¡Acabad con los salvajes! Escoja la salida más rápida que le sea posible y olvídese de lo vivido allí. Los africanos son unos salvajes y la vida allí carece de sentido… y de precio. Brillante chorrada.

A la zaga le va Diamante de sangre. Conocida es mi aprensión por Di Caprio y, a decir verdad, cuando me senté en la butaca del cine ya sabía lo que me iba a encontrar. No me decepcionó en absoluto comprobar que los cánones de la película de blancos en África se seguían respetando. ¡Un clásico! Que diríamos. La novedad en este aspecto es que el blanco es también africano. “¿Cómo? ¿Blancos africanos?”. Por supuesto que sí. De Rhodesia, que no Zimbabwe, como bien se encarga él de aclarar. El chico blanco es salvaje, pero sólo porque la vida en África le ha hecho así. Pertenece a esa legión de blancos en África que se saben atrapados en ese continente y que pretenden salir de allí cuanto antes para evitar toda esa locura. El chico negro no es más que un mero utensilio para propiciar la salida y sale en la película porque es África y tiene que salir. Si estuviéramos rodando en el Bronx también saldría, tranquilos. El chico negro es bienintencionado, nunca ha hecho nada malo, pero como en África todo es salvaje, se ve envuelto en problemas de los que -¡cómo no!- el chico blanco le podrá salvar.

Esta vez el espectador no va a ver la película a través del chico blanco, ni siquiera del negro –al que la narración de la película confiere un toque de condescendencia ridícula-, el espectador irá descubriendo cosas de la mano de un tercer personaje: la aguerrida, valiente y algo inocente periodista blanca occidental. Ella también ayuda al negro, pero es para conseguir su reportaje y, quizás, tirarse al blanco -¿qué fue de aquello de evangelizar, civilizar y modernizar?

En fin, que estos dos personajes principales se pasan la película en plan “Cuéntame como es África”; “Que no te lo cuento porque no sabrías aceptarlo con tu mente civilizada”. Siento destripar la película pero sí, el niño blanco será el salvador. A pesar de que se nos pinte al chaval como un hijo de puta de máxima división, resultará que en su corazón salvaje aún hay oportunidad para la consideración hacia los demás. El negro no, el negro tiene toda la pinta de ser un buenazo. Quizás algo tontón, pero ese es todo su pecado: no saber bien de qué va el asunto. A él le joden y ya está. Sin embargo también hacia el final dará un giro y nos mostrará su lado –como no- más salvaje en la única escena que de verdad da miedo de toda la película –y que sin duda ha sido rodada para que de eso, miedo. La historia paralela de los niños soldado obedece a los cánones y es, junto con la supuesta denuncia del tráfico de diamantes, la excusa moral que sirve para justificar la trama. Casi pidiendo perdón al espectador por haber tenido que hacer una película de acción situándola en África. En cualquier caso las escenas de la formación de los niños en niños soldado me parece una ocasión perdida de haber mostrado la realidad en toda su crudeza y no dulcificándola. Vamos, como toda la película.

La versión doblada española ofrece, además, situaciones inexplicables como el hecho de que todos los negros hablen con un tono a medio camino entre "me estan pisando un huevo con un tacón de aguja" y "me voy corriendo que me estoy meando y tengo prisa". Esto provoca que el espectador no iniciado en el conflicto de Sierra Leona -¡que por cierto va de Sierra Leona!- se pierda hechos morbosos pero necesarios como el manga larga o manga corta.

De cualquier manera las conclusiones que se sacan al ver Diamante de sangre no son menos decepcionantes que viendo El último Rey de Escocia. Sólo la escena final ya lo dice todo. Siento destriparla sin coartada creíble, pero ahí va: en una sala circular los hombres blancos hablan de la terrible situación que vive África por culpa del tráfico de diamantes. Fuera de ella, el negro ojea una revista donde puede leer las bondades de su amigo blanco. De repente en la sala se hace el silencio, se abre la puerta, alguien hace entrar al chico negro y éste se aproxima al estrado. Parece que va a decir algo, pero en el momento que lógicamente debería decirlo la sala de blancos se pone en pié y comienza a aplaudirle sin parar. No dejándole pronunciar palabra, la película se funde en negro y nos suelta las cuatro o cinco frases para reflexionar. Ya esta, ha acabado. Los blancos hablan para sí mismos y a los africanos, de uno en uno, se les hace pasar para que sean aplaudidos. No importa si algo tienen que decir. Total, no les van a hacer caso.