
miércoles, mayo 04, 2011
Prohibido, de Amal Ramsis

martes, abril 26, 2011
Cine africano en Valladolid

viernes, marzo 25, 2011
Winners, de Mercedes Goiz y Luis Bardón

domingo, septiembre 12, 2010
Presentación de "La llamada de África"

lunes, diciembre 21, 2009
In the Loop, de Armando Iannucci
La tendencia actual de la política internacional está claramente marcada por una necesidad o impulso irrefrenable a legislarlo todo. Sí, es cierto que el término legislar no es estrictamente correcto, pero la temática de lo internacional está resultando tan compleja que, si pensamos en el establecimiento de un supuesto gobierno global sus competencias legislativas abarcarían cualquiera de esos asuntos sobre los que líderes y técnicos se reúnen tan concienzuda y públicamente. Los partidos políticos, el agua, la gestión medioambiental, la administración pública… actualmente todo es susceptible de ser racionalizado desde el ámbito internacional.Si continuamos con esta lógica, escribir una serie de entradas sobre Cine y Relaciones Internacionales resultaría extremadamente vacuo precisamente por el excesivo contenido de ésta. La lógica de la clasificación consiste en depositar en contenedores fácilmente reconocibles las cosas o sujetos a ordenar con el objetivo de que sean fácilmente encontrados para su uso. Siguiendo así, muchas habrían de ser las películas que pasaran por las páginas de esta serie, desde las redes de prostitución hasta las mismísimas chaladuras de cuatro informáticos.
Sin embargo, si existe un tema clásico en el mundo de las Relaciones Internacionales, ése es la Guerra. Cientos de hojas se han escrito sobre la misma. Da igual de qué guerra se hable, siempre que se trate de una entre naciones o Estados. Y aun cuanto se ha dicho de todo, siempre hay cosas sorprendentemente interesantes a contar sobre ella. Como esta película.
In the Loop –algo así como “En el bucle”- es una película sobre la guerra. No nos enseñará terribles escenas de soldados mutilados y muertos de miedo justo antes de desembarcar. Pero nos enseñará por qué se desembarca y qué tipos de personajes lo deciden. El cartel la vende como la ¿Teléfono Rojo? Volamos hacia Moscú de nuestros tiempos. Sin embargo se sale del cine más con la sensación de haber visto Yes, Minister en pantalla gigante, con más tacos y hablando de la política del siglo XXI.
Es una película brillante de principio a fin que no deja respirar al espectador en ningún momento. Posee esas dosis de genialidad en la mezcla de humor y política que acaba con cualquier argumento en su contra. Su director, Armando Iannucci, da a la cinta un aire de documental con el estilo de cámara en mano y de persecución del personaje que provoca tensión en el espectador y convierte a dicho estilo en una parte más del elemento narrativo. Los planos se mueven aceleradamente transmitiendo una sensación de importancia y de trascendencia a cada momento.
El proyecto de la película es la continuación de una serie de televisión británica, de la BBC por supuesto. Thick of it comenzó sus emisiones en 2005 y, además de una futura adaptación estadounidense, cosechó grandes críticas. La serie surgió como una respuesta a la antes mencionada Yes, Minister y varios de sus personajes-actores repiten en el largometraje. El protagonista es Malcom Tucker, Director de Comunicaciones del Primer Ministro británico. El hombre que decide qué sale en los medios por parte de cada miembro del gobierno inglés, el vasallo de confianza del Primer Ministro y, en el fondo, quien maneja los hilos de ese mecanismo anteriormente conocido como gobierno británico. Interpretado por un excelente Peter Capaldi –uno de los que repite de la serie-, el Sr. Director de Comunicaciones parece preso del síndrome de Tourette por la cantidad de oprobios que suelta a cada paso. De hecho, repasando mentalmente la película, sólo se intuye que no pronuncia taco alguno en la segunda escena, justo hasta que escucha por la radio a Simon Foster, Ministro de Desarrollo Internacional, apoyando veladamente una guerra que aún no ha sido declarada y sobre la que el gobierno, es decir Tucker, no quiere mostrar una postura clara.
Interpretado por el correcto Tom Hollander, el Ministro es preso de su incapacidad para responder a los medios de comunicación de su país de una manera acertada. Cabría preguntarse qué clase de político es tan incapaz de gestionar respuestas sencillas a preguntas fáciles si no hubiera cientos y cientos de ejemplos documentados en cada país. Las relaciones de Simon Foster con la prensa dinamitan el discurso público del 10 de Dwoning Street y precipitan la sucesión de acontecimientos al otro lado del Atlántico.
El otro escenario que se muestra es el de unos Estados Unidos atrapados entre dos Secretarios de Estado y un General. Por un lado, el Secretario de Estado Linton Barrick, un maníaco asesino con relaciones con el lobby armamentístico que utiliza como sujetapapeles una granada de mano cargada con anilla. Su política, y la de su equipo, consiste en sostener la necesidad de una guerra que aparentemente es militarmente inabarcable y políticamente inasumible. Por el otro bando, el del no a la guerra, se sitúan la Secretaria de Estado Karen Clarke, con su equipo adjunto, y el General George Miller, quien nos devuelve después de Los Soprano al genial James Gandolfini.
Las luchas internas en el Gobierno de Estados Unidos hacen que parezca que exclusivamente ellos se toman en serio la posibilidad de no acudir a la guerra, sin embargo la película va dando muestras de que sólo son posturas que, aunque aparentemente irreconciliables, son maleables, y que los intereses personales de cada uno de los personajes están muy por encima de las decisiones políticas. Más aún si la carrera profesional no estaba más que comenzando a andar.
No se podría hacer una crítica de esta película sin hablar de otro de los actores que repite de la serie. Se trata del cómico británico Chris Addison que, interpretando al técnico de comunicación política Toby Wrigth, recién llegado al Ministerio de Desarrollo Internacional, destrozará cualquier plan para mantener el camino de la guerra alejado de la prensa.
La película muestra una política marcada por los egos de los personajes. Pequeñas afrentas son solucionadas a golpe y porrazo de declaraciones políticas y amenazas de fin de carrera como si en el patio del colegio se estuviera. Todo rodeado de un humor negro y brutal, sostenido por el inconmensurable Peter Capaldi. El juego de hilos que, como en el estupendo cartel promocional, conectan el eje norteamericano-británico permite que la comedia de situación sobre política se disfrute a la vez que despierte sentimientos de vergüenza ajena. Los personajes, políticos y técnicos de las dos administraciones, son claramente esperpentos de lo que se supone en la realidad. Sin embargo en cada uno de ellos podemos encontrar al pequeño dictador –o grande, según el caso- que llevan dentro y que, al fin y al cabo, terminan por manipular los consensos de política internacional inclinando la espada de Damocles hacia uno u otro lado. Es la política de la víscera arrastrada por el interés, que mueve a los supuestos organismos bien intencionados y manipula las conciencias de Occidente. Porque las de sus siervos las dio por perdidas en el momento que sintieron el frío acero del cañón de la Justicia Internacional en el calor de su nuca.
martes, septiembre 11, 2007
Moolaadé, de Ousmane Sembene
Es raro que el cine africano llegue con asiduidad a las pantallas europeas. En el caso de la película de la que hoy hablamos podríamos decir que tuvo relativo éxito. Aprovechó el tirón comercial que tuvo Hotel Rwanda –película que llevaba incluso la recomendación de Amnistía Internacional- y, obviamente, la polémica de la película también ayudó a que las salas de cine independiente o directamente raro apoyaran la proyección de la película. A pesar de que estuvo bastantes semanas en exposición comercial, me fue imposible sacar tiempo para verla y he tenido que esperar a que la buena mula me ayudara. La trama de la película es de un costumbrismo africano del que no estamos habituados a ver por estos lugares. La acción se sitúa en una aldea africana, da igual el país, da igual la región pues no pretende escenificar una realidad local, sino tratar el asunto en cuestión desde el mismo punto de vista que lo crea: la costumbre. Tenemos una aldea entonces donde existe una casa en la que residen las tres mujeres de un hombre cuya jerarquía consiste en la antigüedad de cada una. La que se casó primero manda sobre las demás, aunque lo hace respetando ciertamente las posiciones de cada una de ellas. A esta casa llegan varias niñas corriendo una mañana. Huyen de un grupo de mujeres entre las que se encuentran sus mismas madres y que pretenden practicarles la ablación. Este rito es considerado por estas mujeres como algo imprescindible para pasar a la edad adulta, para poderse casar y encontrar marido. “Es una tradición” y por tanto hay que cumplirlo. Pero las pequeñas están asustadas, naturalmente, y acuden a esa casa en busca de la protagonista, la segunda de las tres esposas. Ella será quien escuche sus plegarias y decida socorrerlas. Así que atando una cuerda al marco de la puerta de la casa, invoca el Moolaadé, o protección. Con esta costumbre -¿si fuera en occidente diríamos norma?- nadie estará autorizado a entrar en la casa sin permiso ni mucho menos a dañar a la gente que en ella permanece. La protección es tan fuerte que incluso los sabios del pueblo tienen la obligación de respetarla. Sólo puede ser desconvocada por aquella persona que la ha convocado. Se produce entonces una pequeña revolución en el pueblo. Todo el mundo habla de ello y las tramas secundarias de la película se verán afectadas por ésta.
Sirviendo la protección como excusa todo el que se siente a ver esta película podrá tomar nota de cómo se vive en África. Tenemos ante nosotros una película de carácter costumbrista, ese adjetivo para muchos deplorable por muy visto pero que en este caso resulta absolutamente revelador. ¿Se puede vivir en África? Parece ser la pregunta a la que quiere responder el costumbrismo. Sí, claro, en África se vive y se vive además feliz. Aquellos quienes tengan en la mente una vida complicada, sin descansos, sin treguas en la lucha por la supervivencia podrá comprobar que no todo es tan dramático como nos lo han pintado. Que no siempre hay catástrofes al acecho. Que las tinieblas no alcanzan cada rincón de la vida africana.
Claro que esto puede parecer una contradicción. Hablamos de una película que habla abiertamente de la ablación y, al tiempo, de un optimismo vital que provoca, al menos a mí me lo provocó, el pensamiento de qué hacemos en África. ¿Sería posible no hacerla nada, dejarla vivir a su manera sin decirle qué tienen que hacer y cómo? ¿Se acabaría África porque dejáramos, por ejemplo, de cooperar con ellos? ¿Por qué dejáramos de enviar expertos en gestión, en sanidad, en economía? ¿O acaso son los africanos y las africanas tan valientes como para poder vivir prescindiendo de esto? ¿Se atreverían a desaparecer de la tierra? Insensatos.
La película desprende un aroma de vitalidad inmenso. Son muchas las cosas que pasan en esa aldea, buenas y malas, pero ninguna de ellas hacen imposible la felicidad de los protagonistas. Los problemas que tienen son resueltos dentro de sus mismas redes sociales. Si es la mujer quien no quiere deshacer el Moolaadé, los ancianos del pueblo animarán al marido a que la obligue a esto. Aquí obtendrán las compañeras del género tema de donde sacar, sin duda –si es que no lo han hecho ya con el asunto de la ablación. Pero a toda estructura uno, o en este caso una, puede resistir y transformar. Por dura que parezca y por daño que provoque no hay nada contra lo que no se puedan buscar fórmulas. Y lejos de esos criterios occidentales del rompimiento de reglas culturales, de transformación y de occidentalización –no quiero hablar de modernización porque me emociono entonces- el autor de la película nos demuestra cómo se puede hacer a la africana. Es muy fácil, si lo intentas.
Toda una declaración de intenciones la de esta película que tuve el gusto de disfrutar en tan grata compañía, nadie la va a desperdiciar si se atreve con ella. Sin duda cambiarán muchas cosas sobre cómo ver África y, quizás, con la próxima película que Occidente haga sobre África no seremos tan condescendientes.
martes, marzo 20, 2007
De paseo por un cine sobre África
El cine, como último arte en ser incorporado, se ha nutrido de los vínculos culturales de todos los artes. En él se han visto representados todos los lugares comunes de nuestra sociedad de una manera aún más precisa que en la extensa literatura importante que tenemos a nuestra disposición. El encuentro colonial ha quedado bien plasmado y las representaciones de esos otros que son los africanos y las africanas –que serán las otras- han bebido, principalmente, de la literatura. Basada en la novela homónima de Giles Foden la primera película que nos sentamos a ver es El último Rey de Escocia. No vamos a hacer un análisis artístico ni una crítica cinematográfica ni de ésta ni de la otra película que ahora comentaremos. Eso correspondería hacerlo en Destripando Terrones –mi señora madre decía y dice que todo tiene que estar bien ordenado. De lo que vamos a hablar es del viaje del hombre blanco al continente negro visto a través de estas dos películas.
El último Rey de Escocia pretende ser un retrato del dictador que asoló Uganda durante la década de los 70: Idi Amín. Y lo hace, es triste decirlo, introduciendo la variable hombre blanco. Se podría hablar de las muchísimas historias que las gentes africanas han podido vivir durante su dictadura ya que Hotel Rwanda demostró que era posible rodar una película sólo de negros y al tiempo hacer cine de masas. Pero no, tiene que ser el blanco quien nos descubra la vida en África y tienen que ser sus ojos los que nos digan qué estamos viendo. El protagonista es un blanco en África, aquel que se va corriendo a un continente que no es el suyo en busca de la necesaria dosis de aventura. En el siglo XIX se iba en busca de riqueza y prestigio burocrático y hoy en busca de tres historietas que contar y un número indeterminado de polvos. Así son las cosas y, aún siendo tristes, así se cuentan. De manera que el hombre blanco se va a África a intentar hacer que su vida tenga un sentido aventurero. Y a fe que lo va a conseguir.
Como todo en África es posible –o eso dicen, vamos- el hombre blanco termina conociendo a Idi Amín –Forest Whitaker- y cautivándole por no se sabe qué extraños pensamientos. Amín será representado como un hombre guiado por su supersticiones, incapaz de discernir entre un simple dolor de estómago y la llegada de la muerte, atento al encandilamiento de la prensa internacional y capaz de eliminar políticamente –y no sólo políticamente- a sus colaboradores por cómo se levante ese día. Un líder caprichoso que promete la llegada de un verdadero paraíso económico y social pero que en nada está mejorando la salud del país que gobierna. Típico personaje africano del mundo de
De manera que tenemos a un jovencito blanco viviendo en la corte del Rey de Escocia –aka Idi Amín- tan feliz como una perdiz y recibiendo riquezas y agasajos que jamás podría haber encontrado en su país natal. De entre toda la población blanca que conoce, no encuentra a nadie con quien tener confianza y, de entre los negros, sólo el doctor africano es capaz de hablar a su nivel y sin cortapisas. Otra conclusión más, de los negros políticos no te puedes fiar, de los negros sin estudios es mejor pasar, así que sólo nos quedan los negros educados. ¿No me suena esto de algo?
El caso es que el niño blanco está contentísimo de su viaje a África. Disfruta de una vida que jamás habría soñado aquí en Europa y no se preocupa de por qué tiene lo que tiene, simplemente no muerde la mano que le da de comer y listo. Sin embargo vuelve a salir en la historia un Sr. Kurtz. Aquél que demuestra que todos los africanos son unos salvajes –suponemos que las africanas también. Y así fue la cosa hasta el punto en que el chico blanco –y por extensión el espectador- se da cuenta de la realidad. ¡Acabad con los salvajes! Escoja la salida más rápida que le sea posible y olvídese de lo vivido allí. Los africanos son unos salvajes y la vida allí carece de sentido… y de precio. Brillante chorrada.
A la zaga le va Diamante de sangre. Conocida es mi aprensión por Di Caprio y, a decir verdad, cuando me senté en la butaca del cine ya sabía lo que me iba a encontrar. No me decepcionó en absoluto comprobar que los cánones de la película de blancos en África se seguían respetando. ¡Un clásico! Que diríamos. La novedad en este aspecto es que el blanco es también africano. “¿Cómo? ¿Blancos africanos?”. Por supuesto que sí. De Rhodesia, que no Zimbabwe, como bien se encarga él de aclarar. El chico blanco es salvaje, pero sólo porque la vida en África le ha hecho así. Pertenece a esa legión de blancos en África que se saben atrapados en ese continente y que pretenden salir de allí cuanto antes para evitar toda esa locura. El chico negro no es más que un mero utensilio para propiciar la salida y sale en la película porque es África y tiene que salir. Si estuviéramos rodando en el Bronx también saldría, tranquilos. El chico negro es bienintencionado, nunca ha hecho nada malo, pero como en África todo es salvaje, se ve envuelto en problemas de los que -¡cómo no!- el chico blanco le podrá salvar.
Esta vez el espectador no va a ver la película a través del chico blanco, ni siquiera del negro –al que la narración de la película confiere un toque de condescendencia ridícula-, el espectador irá descubriendo cosas de la mano de un tercer personaje: la aguerrida, valiente y algo inocente periodista blanca occidental. Ella también ayuda al negro, pero es para conseguir su reportaje y, quizás, tirarse al blanco -¿qué fue de aquello de evangelizar, civilizar y modernizar?
En fin, que estos dos personajes principales se pasan la película en plan “Cuéntame como es África”; “Que no te lo cuento porque no sabrías aceptarlo con tu mente civilizada”. Siento destripar la película pero sí, el niño blanco será el salvador. A pesar de que se nos pinte al chaval como un hijo de puta de máxima división, resultará que en su corazón salvaje aún hay oportunidad para la consideración hacia los demás. El negro no, el negro tiene toda la pinta de ser un buenazo. Quizás algo tontón, pero ese es todo su pecado: no saber bien de qué va el asunto. A él le joden y ya está. Sin embargo también hacia el final dará un giro y nos mostrará su lado –como no- más salvaje en la única escena que de verdad da miedo de toda la película –y que sin duda ha sido rodada para que de eso, miedo. La historia paralela de los niños soldado obedece a los cánones y es, junto con la supuesta denuncia del tráfico de diamantes, la excusa moral que sirve para justificar la trama. Casi pidiendo perdón al espectador por haber tenido que hacer una película de acción situándola en África. En cualquier caso las escenas de la formación de los niños en niños soldado me parece una ocasión perdida de haber mostrado la realidad en toda su crudeza y no dulcificándola. Vamos, como toda la película.
La versión doblada española ofrece, además, situaciones inexplicables como el hecho de que todos los negros hablen con un tono a medio camino entre "me estan pisando un huevo con un tacón de aguja" y "me voy corriendo que me estoy meando y tengo prisa". Esto provoca que el espectador no iniciado en el conflicto de Sierra Leona -¡que por cierto va de Sierra Leona!- se pierda hechos morbosos pero necesarios como el manga larga o manga corta.
jueves, septiembre 21, 2006
... y los sueños, sueños ¿son?

Pero no se engañen, no es un documental sobre naturaleza. Desde el desastre medioambiental que supuso la introducción de ese pez en aguas que no eran las suyas el cineasta Hubert Sauper logra reflejar el modo de vida de unas poblaciones conducidas a la miseria por parte de gobiernos extranjeros y propios. La película remueve conciencias y, lo que es más importante, estómagos. Ver al representante de la Unión Europea decir que están contentos con los avances en la calidad del pescado que se importa al continente y, minutos más tarde, ver las consecuencias de esa industria pesquera en la alimentación de las poblaciones te hace mirar la etiqueta de cualquier pez congelado que uno compre. Se habla de naturaleza, de comercio, de armas, de guerra, de desastres ecológicos, de vidas desperdiciadas por no ser del color o de la nacionalidad que se debería ser. En definitiva, se habla de un lugar donde se cree nació el hombre y se refleja muy bien cómo nuestra especie puede acabar. Es la pesadilla del hombre que creyó en la evolución de las especies, pues la nuestra ha involucionado.
Hace ya algún tiempo, una conocida mía que no sabía a qué quería dedicarse le dio por pensar que la Cooperación al Desarrollo era lo suyo. Pensando desde las buenas intenciones que ella tenía me preguntó cómo saber si el trabajo de cooperante iba a ser la horma de su zapato. Lejos de darla una charla sobre las bondades y las dificultades del trabajo en Desarrollo la invité a ver la película y que después se planteara qué hacer y qué no hacer en su vida. Desconozco si fue esto lo que la invitó a decidir, pero desde luego se decidió por buscar otros horizontes profesionales. Para aspirantes a cooperantes o no, para interesados en la política -nacional, internacional...-, para aquellos que tienen conciencia social y, especialmente, para aquellos cuya conciencia social no se ha desarrollado, para todos ellos mañana viernes será necesario quedar tarde con los amigos y ver antes la película que La 2 propone. Desde luego tendremos tema de que hablar para toda la noche.