El cine, como último arte en ser incorporado, se ha nutrido de los vínculos culturales de todos los artes. En él se han visto representados todos los lugares comunes de nuestra sociedad de una manera aún más precisa que en la extensa literatura importante que tenemos a nuestra disposición. El encuentro colonial ha quedado bien plasmado y las representaciones de esos otros que son los africanos y las africanas –que serán las otras- han bebido, principalmente, de la literatura. Basada en la novela homónima de Giles Foden la primera película que nos sentamos a ver es El último Rey de Escocia. No vamos a hacer un análisis artístico ni una crítica cinematográfica ni de ésta ni de la otra película que ahora comentaremos. Eso correspondería hacerlo en Destripando Terrones –mi señora madre decía y dice que todo tiene que estar bien ordenado. De lo que vamos a hablar es del viaje del hombre blanco al continente negro visto a través de estas dos películas.
El último Rey de Escocia pretende ser un retrato del dictador que asoló Uganda durante la década de los 70: Idi Amín. Y lo hace, es triste decirlo, introduciendo la variable hombre blanco. Se podría hablar de las muchísimas historias que las gentes africanas han podido vivir durante su dictadura ya que Hotel Rwanda demostró que era posible rodar una película sólo de negros y al tiempo hacer cine de masas. Pero no, tiene que ser el blanco quien nos descubra la vida en África y tienen que ser sus ojos los que nos digan qué estamos viendo. El protagonista es un blanco en África, aquel que se va corriendo a un continente que no es el suyo en busca de la necesaria dosis de aventura. En el siglo XIX se iba en busca de riqueza y prestigio burocrático y hoy en busca de tres historietas que contar y un número indeterminado de polvos. Así son las cosas y, aún siendo tristes, así se cuentan. De manera que el hombre blanco se va a África a intentar hacer que su vida tenga un sentido aventurero. Y a fe que lo va a conseguir.
Como todo en África es posible –o eso dicen, vamos- el hombre blanco termina conociendo a Idi Amín –Forest Whitaker- y cautivándole por no se sabe qué extraños pensamientos. Amín será representado como un hombre guiado por su supersticiones, incapaz de discernir entre un simple dolor de estómago y la llegada de la muerte, atento al encandilamiento de la prensa internacional y capaz de eliminar políticamente –y no sólo políticamente- a sus colaboradores por cómo se levante ese día. Un líder caprichoso que promete la llegada de un verdadero paraíso económico y social pero que en nada está mejorando la salud del país que gobierna. Típico personaje africano del mundo de
De manera que tenemos a un jovencito blanco viviendo en la corte del Rey de Escocia –aka Idi Amín- tan feliz como una perdiz y recibiendo riquezas y agasajos que jamás podría haber encontrado en su país natal. De entre toda la población blanca que conoce, no encuentra a nadie con quien tener confianza y, de entre los negros, sólo el doctor africano es capaz de hablar a su nivel y sin cortapisas. Otra conclusión más, de los negros políticos no te puedes fiar, de los negros sin estudios es mejor pasar, así que sólo nos quedan los negros educados. ¿No me suena esto de algo?
El caso es que el niño blanco está contentísimo de su viaje a África. Disfruta de una vida que jamás habría soñado aquí en Europa y no se preocupa de por qué tiene lo que tiene, simplemente no muerde la mano que le da de comer y listo. Sin embargo vuelve a salir en la historia un Sr. Kurtz. Aquél que demuestra que todos los africanos son unos salvajes –suponemos que las africanas también. Y así fue la cosa hasta el punto en que el chico blanco –y por extensión el espectador- se da cuenta de la realidad. ¡Acabad con los salvajes! Escoja la salida más rápida que le sea posible y olvídese de lo vivido allí. Los africanos son unos salvajes y la vida allí carece de sentido… y de precio. Brillante chorrada.
A la zaga le va Diamante de sangre. Conocida es mi aprensión por Di Caprio y, a decir verdad, cuando me senté en la butaca del cine ya sabía lo que me iba a encontrar. No me decepcionó en absoluto comprobar que los cánones de la película de blancos en África se seguían respetando. ¡Un clásico! Que diríamos. La novedad en este aspecto es que el blanco es también africano. “¿Cómo? ¿Blancos africanos?”. Por supuesto que sí. De Rhodesia, que no Zimbabwe, como bien se encarga él de aclarar. El chico blanco es salvaje, pero sólo porque la vida en África le ha hecho así. Pertenece a esa legión de blancos en África que se saben atrapados en ese continente y que pretenden salir de allí cuanto antes para evitar toda esa locura. El chico negro no es más que un mero utensilio para propiciar la salida y sale en la película porque es África y tiene que salir. Si estuviéramos rodando en el Bronx también saldría, tranquilos. El chico negro es bienintencionado, nunca ha hecho nada malo, pero como en África todo es salvaje, se ve envuelto en problemas de los que -¡cómo no!- el chico blanco le podrá salvar.
Esta vez el espectador no va a ver la película a través del chico blanco, ni siquiera del negro –al que la narración de la película confiere un toque de condescendencia ridícula-, el espectador irá descubriendo cosas de la mano de un tercer personaje: la aguerrida, valiente y algo inocente periodista blanca occidental. Ella también ayuda al negro, pero es para conseguir su reportaje y, quizás, tirarse al blanco -¿qué fue de aquello de evangelizar, civilizar y modernizar?
En fin, que estos dos personajes principales se pasan la película en plan “Cuéntame como es África”; “Que no te lo cuento porque no sabrías aceptarlo con tu mente civilizada”. Siento destripar la película pero sí, el niño blanco será el salvador. A pesar de que se nos pinte al chaval como un hijo de puta de máxima división, resultará que en su corazón salvaje aún hay oportunidad para la consideración hacia los demás. El negro no, el negro tiene toda la pinta de ser un buenazo. Quizás algo tontón, pero ese es todo su pecado: no saber bien de qué va el asunto. A él le joden y ya está. Sin embargo también hacia el final dará un giro y nos mostrará su lado –como no- más salvaje en la única escena que de verdad da miedo de toda la película –y que sin duda ha sido rodada para que de eso, miedo. La historia paralela de los niños soldado obedece a los cánones y es, junto con la supuesta denuncia del tráfico de diamantes, la excusa moral que sirve para justificar la trama. Casi pidiendo perdón al espectador por haber tenido que hacer una película de acción situándola en África. En cualquier caso las escenas de la formación de los niños en niños soldado me parece una ocasión perdida de haber mostrado la realidad en toda su crudeza y no dulcificándola. Vamos, como toda la película.
La versión doblada española ofrece, además, situaciones inexplicables como el hecho de que todos los negros hablen con un tono a medio camino entre "me estan pisando un huevo con un tacón de aguja" y "me voy corriendo que me estoy meando y tengo prisa". Esto provoca que el espectador no iniciado en el conflicto de Sierra Leona -¡que por cierto va de Sierra Leona!- se pierda hechos morbosos pero necesarios como el manga larga o manga corta.