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lunes, noviembre 09, 2009

Llevar la contraria

Hoy es 9 de Noviembre de 2009 y, aunque resulta muy tentador para un blog sobre Relaciones Internacionales, no se va a hablar de la caída del Muro de Berlín, ni del fin de la Guerra Fría ni de por qué El País ahora nos dice que el único líder europeo de la época que apoyó la reunificación de Alemania desde el comienzo fue Felipe González.

lunes, marzo 03, 2008

Demasiado Sol, para esta época del año

La seguridad del mundo bipolar se establecía en la posibilidad de conocer quién era peligroso y desde dónde venía. Saberse enemigo de alguien previene frente a los métodos habituales y conlleva un sensible esfuerzo de innovación a realizar por parte de los amenazadores. Georgi Markov debía de pensar lo mismo cuando se decidió a criticar al gobierno comunista de su país, Bulgaria.

Markov empezó siendo un prometedor literato búlgaro. Sus obras iban logrando el beneplácito de la crítica y esto no pasó inadvertido para “Tato”. Éste y no otro era el sobrenombre de Todor Zhivkov, Secretario General del Partido Comunista y Presidente de Bulgaria. Tato tenía una gran red de autores afines al régimen y ese círculo se daba en llamar la Unión de Escritores Búlgaros. Si no se pertenecía a esa unión las posibilidades de dedicarse a la literatura en un país como Bulgaria eran remotas y Markov tuvo suerte de ser aceptado dentro de ella en el frío invierno de 1962. Su novela “Hombres” había cosechado mucho éxito y gracias a ello sus obras teatrales, sus libros y sus artículos resultaban interesantes a los miembros de la nomenclatura.

Sin embargo Georgi Markov comenzó a ver más allá de la vertiente idílica que el compromiso político requerido proporcionaba. A pesar de que Bulgaria disponía de una política comunista un tanto diferente de las directrices soviéticas, Markov no terminaba de dejarse llevar por las contradicciones que ese sistema imponía. Eran tiempos de Guerra Fría servida sin guarnición, la discrepancia estaba automáticamente señalada como disidencia y tener un carnet que te hacía parte del sistema no te aseguraba ni un paso en el camino de la crítica.

Para él, que el régimen comunista se dedicara a financiar inmensas mansiones donde residía el presidente de turno, Todor Zhivkov, mientras el pueblo búlgaro sufría escaseces era una contradicción que no casaba con su patriotismo. Terminando por ser señalado, Markov tomó la dura decisión de escapar de su país durante un tiempo. Acomodado en la casa de su hermano en Italia, Markov esperó un tiempo para comprobar si el régimen aflojaba la soga en torno a su cuello, para ver si podría volver a ser un escritor búlgaro aunque discrepara. Lejos de todo eso, el régimen comunista anuló su pertenencia a la Unión de Escritores Búlgaros, retiró sus obras de los teatros y prohibió sus libros. Si un escritor no puede escribir ¿en qué se convierte?

Aquejado de un profundo sentimiento de añoranza, Markov se decidió a emprender una nueva vida allí donde ésta le ofreciera algo. Como tantos otros, acabó en el Londres de los años 70. Allí se esforzó decididamente por comprender la lengua y logró entrar como periodista en el servicio búlgaro de la BBC de Londres. La oportunidad de poder servir a su Bulgaria y, a la vez, ajustar cuentas con el régimen que le había dado todo para luego quitárselo ya estaba servida. Pero no todo iba a ser tan fácil.

Si la Guerra Fría se caracterizaba por algo era por el profundo rencor hacia la crítica que ambos bandos sentían. Para Zhivkov, las críticas de Markov eran de carácter personal y estaba decidido a silenciarle de una vez por todas. Así, dos fueron las veces en las que la policía política búlgara, la temible Darzhavna Sigurnost, trató de asesinarle en Londres y dos fueron las veces en las que Markov salvó la vida por los pelos. Dicen que siempre hay una tercera vez, y que ésta es la vencida.

Georgi Markov se disponía a acudir a su trabajo en la BBC. Como cada ciudadano del Imperio Británico, Markov hacía cola en una mañana londinense en espera de que el autobús de dos pisos parara a recogerle. Esperando en la parada del puente Waterloo sobre el Támesis, miraba el reloj impacientemente. Era el día en el que Zhivkov cumplía años y estaba seguro de que alguna noticia nueva encontraría al llegar a la redacción. De pronto, sintió un golpe en su muslo derecho. Como sorprendido por la brutalidad del choque casual, Markov se giró y se encontró a un hombre con un paraguas quien, muy educadamente y con un acento un poco extraño le sonrió y le dijo “I´m sorry” (“lo siento”) mientas se encogía de hombros y levantaba las cejas en señal de su fatal impericia.

Al llegar a la redacción, Markov comentó con un compañero el incidente y se lamentó de que el golpe le hubiera dejado una pequeña marca en su pierna derecha. Sin darle mayor importancia siguió trabajando como cualquier día hasta que a la tarde llegó a su casa. Cansado y sudoroso, Markov comprobó que tenía fiebre y que comenzaba a sentirse mareado, a tener nauseas. Su situación empeoró hasta que su mujer se decidió llevarlo al hospital. Allí nadie podía decirle qué es lo que le sucedía. El diagnóstico se hacía esperar mientras su salud empeoraba rápida e irremisiblemente. En mitad del sufrimiento, Markov recordó el asunto del paraguas y la herida en la pierna. Relacionó aquello, como no, con los intentos de asesinatos frustrados por parte del régimen búlgaro y logró que le llevaran a la habitación a un par de agentes de Scotland Yard. Les expuso la teoría de que había sido envenenado y que el extraño acento del individuo con el que había chocado era la prueba irrefutable de ello. Los agentes no le dieron mayor importancia pero, al tercer día de estar ingresado, Markov fallecía estrepitosamente sin que los doctores hubieran localizado al culpable de tan espantoso dolor. En estos casos, el diagnóstico más acertado es el que dan los forenses y fueron ellos los que le dieron la razón a Markov.

En lo profundo de la pequeña herida de su muslo derecho, los forenses encontraron una pequeña esfera hueca con orificios alrededor de ella. La esfera tenía 1,52 milímetros y estaba compuesta de una aleación de platino (90%) e iridio (10%). En su interior se encontraron restos de ricina, una de las sustancias más tóxicas conocidas en el mundo y que se extrae del ricino. Los síntomas que Markov presentó coincidían con la intoxicación por ricina y los motivos de su muerte se aclararon. Aunque no hubiera sido el forense quien descubriera la causa de la enfermedad que aquejó a Markov, nada se hubiera podido hacer para salvarle pues aún no se conoce antídoto ante este veneno y el único tratamiento válido es saber esperar a que el paciente se sobreponga por sí mismo.

Poco tiempo después, otro disidente búlgaro residente en París fue tratado de asesinar de forma parecida lo que terminaba de completar el círculo de sospechosos en torno al servicio secreto búlgaro. Sin embargo, al acabar la Guerra Fría y desclasificarse los archivos de Moscú, se pudo comprobar que la KGB fue la encargada de ayudar a Zhivkov y darle ese regalo de cumpleaños, asesinando al disidente Georgi Markov con ricina y un paraguas en lo que se ha dado en llamar: el asesinato del paraguas.

sábado, enero 13, 2007

El regreso del gigante que nunca se fue

[Publicado originalmente en Derrota Urgente]

No recuerdo bien el argumento central de ese capítulo de Los Simpson, pero recuerdo bien esas escenas donde el embajador de Rusia en el Consejo de Seguridad daba a un botón y el cartel que tenía delante de él y que decía “Rusia” giraba para dar paso a otro que decía “URSS”. La escena siguiente nos situaba en la Plaza Roja de Moscú, donde un desfile de cabalgatas infantiles cambia radicalmente al pararse las cabalgatas y, de ellas, aparecer los tradicionales tanques soviéticos, con sus banderas rojas y sus hoces y martillos amarillos. La tercera, además de ser la más hilarante, es la más gráfica. Unos turistas hacen fotos a la tumba de Lenin cuando, de repente, éste se despierta de su letargo y, cual zombi, rompe su urna de cristal y amenaza a los visitantes.

En los últimos meses estamos viviendo escenas de parecida incredulidad así como de diferente comicidad. Rusia, ese país que sustituyó a la URSS en los imaginarios e instituciones internacionales, parece que ha vuelto a retomar las políticas que le enseñaron a su Presidente en la Academia donde estudiasen los espías de la KGB, si es que estudiaban algo. Políticas de la Guerra Fría que hacen pedir a gritos la vuelta de John Le Carré y de su Casa Rusia, de Mathew Broderik y sus Juegos de Guerra. Pareciera que el Sr. Vladimir Putin también se apuntara a la moda nostálgica de los 80. Y es una lástima que por ello cambie a una política abiertamente conflictiva. Que alguien le regale un mechero de Naranjito a ver si se calma un poco.

Claro, que también podíamos pensar que Rusia siempre fue la URSS. Que, como decía el embajador soviético en Los Simpson, en realidad “nunca nos hemos ido”. Tras la caída de la influencia soviética en Europa del Este, y el desmembramiento de la URSS a través de la CEI, Rusia se vio obligada a asumir un cambio de valores económico-políticos que la condujeran al liberalismo y a la democracia. Como el cacho de tierra que les había tocado en el reparto estaba en quiebra y los gastos fueron muchos, los nuevos dirigentes rusos, encabezados por el cómico Yeltsin –aunque a mí nunca me hizo gracia- se pusieron en manos del FMI, quien estableció las bases de la transición económica y ¡política!

Y menuda transición. No cabe duda de que no se guiaron por el Modelo Suárez y por eso les salió mal a los pobres muchachos. Según su manera de ver las cosas, tras el liberalismo económico vendría la democracia en Rusia, y por eso privatizaron todas las empresas públicas de un día para otro, propiciando la creación de personajes rusos multimillonarios –el más popular es Roman Abramovich- con clara relación con la mafia y que ahora se dedican a invitar a sus fiestas a personajes como Shakira. Y si todo hubiera quedado ahí, ni tan mal. Cualquier país es capaz de vivir con uno o dos Jesús Gil o Aimé Jaqcet, Flavio Briattore y pongan Uds. el ejemplo que quieran. Sin embargo ahí no acabaron las desgracias. Con la mafia convertida en la clase alta económica y sin libertades políticas ninguna, la vieja Rusia se declaró incapaz de pagar el dinero que en un principio le había dejado el FMI y así, en 1997, éste tuvo que volver a prestar grandes cantidades a fondo perdido.

Con Rusia hundida económicamente y lastrada en la política internacional, por aquello de no enfrentarte a tus prestamistas –EEUU es el controlador del FMI y del BM-, la lealtad a la madre patria estaba perdiendo fuerza y los niños ya no querían ser los rusos cuando se jugaba a la Guerra Fría en el patio del colegio –yo es que fui un niño muy raro. Pero llegó la Crisis de Kosovo de 1999 y Yeltsin decidió que el zapato ruso volvería a sonar en la mesa de la ONU. Rompió la unanimidad para castigar a Slobo Milosevic por su política en Kosovo y trató de defenderle. EEUU acudió entonces a la OTAN y el bombardeo –destrucción- de las ciudades serbias fue tal que Yeltsin no pudo más que dar ridículos saltitos en señal de protesta. Terminó por mandar tropas de tierra –algo que la OTAN no se atrevía a hacer- e invadir la capital kosovar Pristina, acabando con la política de Milosevic y proporcionando una salida victoriosa a una OTAN que empezaba a ver cómo el conflicto se enrrocaba sin remedio.

Con Putin la historia siempre ha sido parecida sólo que, a diferencia de Yelstin, Vladimir ya no se molesta en parecer gracioso. Agachando la cabeza en la política internacional ha consentido que EEUU atacara en su patio de atrás buscando a Bin Laden a cambio de tener línea de tiro en Chechenia, la mafia ha logrado mantener el poder económico y las libertades políticas dentro del país se han reducido hasta el punto de que ya ningún medio de información se atreve a criticar al gobierno -¡allí no leen El Mundo ni existe un Jiménez Losantos! Cosas verás Nicolás.

Sin embargo, como mencionaba al principio de la entrada, las cosas parecen estar cambiando. Putin ha terminado imponiendo sus puntos de vista en las reuniones del G8 y ha logrado hacerse con una mayor influencia en la política internacional, aprovechando sin duda el atentado de Beslán ha rehecho su influencia con las repúblicas del Caucaso y ha logrado no ser molestado por esos funcionarios extranjeros que hablan de Derechos Humanos y cosas por el estilo. Y lo más importante, ahora se le mueren los pocos periodistas que estaban en su contra. Así, sin más van y se mueren. Cuando a una no la asesinan al otro lo envenenan con uranio -¿quién es uno de los principales exportadores de uranio del mundo?- en territorio extranjero –para mayor gusto de los nostálgicos de la Guerra Fría: en Londres.

Y como colofón al nuevo advenimiento ruso, la crisis energética de la UE que ha provocado la decisión momentánea de Moscú de no suministrar más petróleo al oleoducto de Bielorrusia por el que se abastecen Polonia, Hungría, Eslovaquia, la República Checa y -¡tantatachan!- Alemania. Para explicar esta situación basta entender que Rusia suministra petróleo a la UE por un oleoducto que atraviesa Bielorrusia y gas por el gasoducto de Ucrania. El petróleo y el gas son vendidos a un precio a estos dos países ex-soviéticos quienes a su vez lo tratan y lo revenden más caro a la UE. Con Ucrania, Putin ya tuvo sus problemas al ganar las elecciones el partido del europeísta y envenenado -¡qué casualidad!- Yushchenko hasta que Ucrania dio el giro hacia la UE, Rusia controlaba su política tal y como hacía con Bielorrusia. Sin embargo la Revolución Naranja de Ucrania situó a este país cerca de la órbita unioneuropea a lo que Moscú contraatacó subiendo los precios del gas. La UE reclamaba no tener que pagar más por el gas y, por lo tanto, Ucrania debía hacerse cargo.

Con Bielorrusia Putin ha sido más severo. La situación política en Minsk es completamente diferente a la de Kiev. En Bielorrusia la presencia del Presidente Lukashenko es constante. Lleva en el cargo desde 1994 y las acusaciones de no respetar los Derechos Humanos y de fraude electoral son continuas. Incluso EEUU le situó como representante del continente europeo en su Eje del Mal. Rusia le vendía el petróleo a un precio ridículamente bajo como manera de financiar la economía bielorrusa y el régimen de Lukashenko. Sin embargo éste ha sido tentado desde Bruselas y el verse ante un aliado tan suculento le ha dado valor para echar un órdago a la grande a Moscú adueñándose del petróleo que pasaba por su oleoducto y no pagar la subida de precios que Putin reclamaba. La jugada hubiera tenido posibilidades de éxito con una Rusia débil como antes, pero la estrategia de fuerza de Putin ha sido mayor que el órdago de Lukashenko Moscú decidió unilateralmente cortar el suministro a Bielorrusia –y por tanto a la UE- de un día para otro, sin consultar y justo cuando la presidencia de Alemania –de ahí lo del “tantatachan” de antes- comenzaba. La protesta de Merkel, quién tenía previsto una visita oficial a Minsk y a Moscú antes de la crisis, ha provocado que Lukashenko rectifique y se pliegue ante la demanda rusa de volver al statu inicial.

La crisis parece solucionada, pero el miedo de los países de la UE no se lo quita nadie. Han estado viviendo dos o tres días de sus propias reservas de petróleo y han visto cómo un conflicto aparentemente ñoño les hacía temblar las piernas. Desde Bruselas se propone ahora diversificar el abastecimiento de petróleo a través de países como Turkmenistán o Kazajstán. Sin embargo los problemas serán los mismos de ahora. La órbita rusa es grande y la fuerza y confianza en sus posibilidades en la política internacional van creciendo por momentos. No será fácil lidiar con una Rusia capaz de decir “No” a pesar de los créditos del FMI. Máxime cuando desde la UE se mira para otro lado cuando Moscú elimina al sector crítico de su sociedad, aunque éste se esconda en la capital del Imperio Británico.

No llegaremos a ver a una Rusia imperturbable ante los acontecimientos que puedan suceder más allá de sus fronteras como en la época de la URSS, hoy su política es más adaptable a los acontecimientos, pelando las batallas que cree capaz de ganar, pero lo que está claro es que el mensaje de Putin es que han regresado o que, en realidad, “nunca nos hemos ido”.