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domingo, agosto 09, 2009

Corrupción africana

"La historia de la sociedad poscolonial (neo)patrimonial, muestra que esa estrategia de explotación prebendística es mutuamente ventajosa, con tal de que los beneficiarios realicen una distribución adecuada. Los estados africanos, desde luego, se beneficiarían sin duda de una economía más regulada, pero las principales elites políticas y económicas saben convertir la ausencia de transparencia en el recurso más valioso."

Patrick Chabal & Jean-Pascal Daloz

África Camina

sábado, marzo 21, 2009

Corpus académico

"... los economistas, como colectivo, se comportan de acuerdo con la vieja definición europea de nación: un grupo de personas unidas en una idea equivocada común de su propio pasado y una antipatía compartida hacia sus vecinos (en esta caso campos vecinos como la sociología y la ciencia politica)."
Erik S. Reinert
La globalización de la pobreza.

jueves, febrero 26, 2009

Ciencia de no ficción

Philip K. Dick era un escritor estadounidense de Ciencia Ficción que murió a comienzos de la década de los 80 en Santa Ana, California. En sus novelas, siempre había presente el vínculo inquietante de la irrealidad contada por él y la realidad que observamos en el mundo que nos rodea. En una de sus mejores novelas, El hombre en el castillo, Dick nos cuenta una Historia paralela de la segunda mitad del siglo XX. Situándonos en el fin de la Segunda Guerra Mundial, en donde una Alemania Nazi se ha hecho con la victoria y es la potencia que dirige el mundo, Dick nos enseña un continente africano masacrado por los experimentos científicos de los alemanes y un Mediterráneo sin agua, arrasado y transformado en un mero campo de cultivo de comida para los directores del Imperio.

Desecar un mar como el Mediterráneo para establecer tierras de cultivo como imaginó Dick no sería lógico en el mundo real. ¿Para qué hacerlo cuando tienes un continente un poco más abajo con un gran cartel de “En Venta” colgado del cuello?

A través de un blog que sigo desde hace no mucho pero que encuentro tremendamente interesante por su gran labor de difusión, África en el mundo, me termino de enterar de una noticia de la que había leído poco pero que me parecía tremendamente interesante. Ya hace días que vienen sucediéndose disturbios en Madagascar. Allí, una oposición campesina bien organizada se enfrenta al gobierno de Marc Ravalomanana por permitir que empresas coreanas como Daewoo compren hasta un 40% del territorio cultivable del país para dedicarlo exclusivamente a la agricultura de exportación.

Conocía a Marc Ravalomanana en la World Water Week celebrada en Estocolmo el año pasado, donde me pareció un político insulso, sin apenas conocimiento del estado de su país en materia de saneamiento –hecho que se debatía en aquel panel- y que, pese al gran protagonismo que le dieron los demás ponentes, su figura quedó empequeñecida ante la postura política y moral de otra de las asistentes: Mamphono Khaketla, Ministra de Lesoto. En cualquier caso, ninguno de los que allí estuvimos salimos con la impresión de que Ravalomanana no tuviera interés por el bienestar de la gente de Madagascar. Parecía haber aprendido lecciones de sus compañeros políticos africanos y, ante el difícil reto del saneamiento en su país, tomado iniciativas que podrían muy bien funcionar.

Sin embargo, parece que ante la presión del gran concepto moderno como es la Propiedad Privada, Ravalomanana ha declinado cualquier vocación de servicio público y no ha sabido imponerse ante las transnacionales que van a impedir a Madagascar disfrutar de una soberanía alimentaria que si ya resulta imperdonable en tiempos de vacas gordas, en tiempos de crisis es injustificable.

Y todo esto, me dirán Uds., porque unas empresas ejercen su libre opción de compra sobre unos terrenos en venta y porque, además, ejercen su libre decisión de dedicar sus cultivos al mercado internacional en lugar de a los mercados internos. Todo esto porque, según estiman los gurús de la ciencia económica internacional, se cumplen las predicciones liberales y se ajustan los mercados. En la división internacional del trabajo que se promueve desde diversas instituciones internacionales y que los gobiernos africanos parecen empeñados en aceptar –véase la creación del NEPAD en un ejercicio de extraversión inigualable-, cada país se volvería rico produciendo aquello para lo que esté especialmente preparado.

En el caso del Madagascar post-Daewoo, pareciera que su especialidad sería el cultivo y el comercio de grano transgénico. Algo que seguramente no podría ser especialidad de ningún otro país. Además, Madagascar compraría su maíz transgénico a las empresas transnacionales, ancladas en otro país que se dedicaría al I+D de estos productos.

Bien, claro. Aquí nos encontramos a Madagascar, introduciendo grano transgénico en un mercado internacional ávido del mismo para consumo humano y para biocombustibles. Le pagarían bien, cabría pensar. Sin embargo el precio del grano de Madagascar, como el de todos los productos agrícolas, se decide en las bolsas de Nueva York, Londres o Frankfurt, lugares donde no suele haber grandes fortunas provenientes de Madagascar que potencien la venta a precios altos. Allí, en las bolsas, lo que suele haber son cárteles de inversores que deciden cuánto estarían dispuestos a pagar por la cosecha según intereses puramente especulativos y en absoluto siguiendo los criterios de libre mercado que avalan la conversión de Madagascar en una potencia del grano.

Está bien. El problema entonces sería que la información de los mercados y el acceso a los mismos no es igual acceso a todos. ¿Significa esto que una vez solucionado dicho problema Madagascar puede convertirse tranquilamente en productor de grano transgénico y crecer, crecer y crecer económicamente hasta que alcance el nivel de los países occidentales y el punto de equilibrio del mercado? Para los economistas liberales, sí. Para cualquier persona con un mínimo sentido común, no. Pero, como bien decía mi profesor de Economía Política “esto es ciencia económica, no sentido común”.

Como bien señala Reinert en su libro La globalización de la pobreza, una persona que fabrique ordenadores y otra que cultive arroz, jamás llegarán a poseer sueldos siquiera similares por mucho que los gurús liberales nos quieran hacer creer lo contrario. Madagascar no podría, ni en un millón de años, igualar las ganancias del señor Bill Gates, pues el trabajo de este tipo ha estado rodeado de un importante valor añadido llamado conocimiento o tecnología, mientras que el trabajo a realizar por Madagascar llevaría apenas valor añadido y la tecnología que en él hay presente –la semilla transgénica- sería conceptualizada y comercializada desde fuera del país, es decir, enriqueciendo a otro.

Por el bien del pueblo de Madagascar, esperamos que la revuelta organizada por Vía Campesina triunfe de un modo u otro y consiga cancelarse esas ventas de tierras a las empresas coreanas. Madagascar no ganaría nada con ello, pero sí evitaría perder aún más.

miércoles, abril 23, 2008

Los tiempos, están cambiando

Hubo un tiempo, siempre en pasado, en el que el vocablo tercermundista estremecía las conciencias de los poderosos occidentales. Este término, tercermundista, estaba lleno de rebeldía, de ímpetu por lograr un lugar propio en el mundo y evitar que la Historia creada por Occidente absorbiera a los más pequeños. El orgullo de pertenecer al Tercer Mundo, a esa zona del globo no dominada por las teorías modernas del capitalismo o del comunismo, permitía crear estructuras mentales diferentes, pensarse alternativa a los modos de vida impuestos por el sistema internacional y atreverse a levantarse de la mesa sin permiso del anfitrión.

Aquéllos eran los años 70. Cuando todo eso existía, cuando el Grupo de los 77 lo formaban setenta y siete estados deseosos de interrumpir al destino en mitad de su discurso, en otra parte del globo se cavaba su tumba. Fue a comienzos de los 80 cuando el Banco Mundial facilitó la idea del ajuste estructural, cuando los créditos pedidos en la década anterior empezaron a hacerse insoportables, cuando, en definitiva, África quedó a merced de otros. Una vez más. El fracaso de sus líderes y de sus respectivos proyectos de independencia quedaban era evidente.

La Historia siguió su curso y África permaneció en los márgenes de ella sin que nada pudiera hacer. De ser los protagonistas de la primera revolución mundial, del Nuevo Orden Económico Internacional, los estados africanos terminaron pidiendo la hora al árbitro y desmantelando cualquier sistema disponible. Pulsando ese botón de autodestrucción, los gobiernos africanos no supieron defenderse de los ataques del sistema financiero global encabezados por el Banco Mundial y el FMI y, poco a poco, empezaron a ver cómo su flujo de ayuda al desarrollo era cortado por los donantes, cómo dejaban de ser una prioridad con la caída de la estructura de la Guerra Fría.

Mientras, un estado que había pertenecido a esa élite del tercermundismo, que en 1967 se había proclamado abanderada de dicho movimiento, comenzaba su definitivo salto hacia la formulación de potencia mundial. China, el país anteriormente conocido como comunista, decidió girar su sistema en una dirección que supiera controlar. Sabiendo de la libertad que le da su tremendo y goloso mercado interno, consciente de que las sanciones políticas no serán aplicadas en su caso, China olvidó la transformación política y se centró en la económica. Un fuerte desarrollo económico permitió transformar las consignas de los líderes y, literalmente, convertir que hacerse millonario “fuese lo mejor del mundo”.

China ha aprendido de las relaciones con las potencias del mundo. Ha sabido imponer su estilo propio sistematizado en “no injerencia en asuntos internos a cambio de economía”. ¡Es la economía, estúpidos! Y ahora sigue la senda de sus predecesores y se fija en África como oportunidad para no desfallecer en su propósito.

El aterrizaje de China en África no ha sido todo lo brusco que cabría pensarse. El lugar común que tenemos en mente cuando hablamos de África nos impide ver que la historia de los intercambios chino-africanos ha sido larga. Hace ya mucho tiempo, por ejemplo, en que los trabajadores chinos emigraban a las minas africanas para realizar el trabajo que ni los propios africanos querían hacer. Sustituyendo a los esclavos recién liberados, los trabajadores chinos de sueldo barato y eficacia demostrada vaciaron muchas de las minas africanas por entonces abiertas.

Sin embargo es a partir del último lustro cuando China ve en África su oportunidad para seguir siendo competitiva. Trazando un camino paralelo al de las antiguas potencias coloniales, China se acerca a África para seducirla y lograr así la cesión de sus recursos. A finales del año pasado, por ejemplo, China puso encima de la mesa 5.000 millones de dólares para préstamos y créditos a los estados africanos así como prometió un fondo de otros 5.000 dedicado a la inversión china en el continente y aseguró que cancelaría una gran parte de la deuda que de ella depende. Esto, unido al intercambio comercial entre el continente y China, que ya en 2005 ascendía a 40.000 millones de dólares, hacen de China un fuerte competidor por los recursos africanos.

Pero, como en todo, los chinos tienen su propia manera de hacer negocios. Frente a los inversores estadounidenses y europeos, que llegan al continente cargados de sus millones pero provistos de aún más legislaciones sobre la calidad, peticiones de Derechos Humanos y prejuicios ante la manera de gobernar africana, China llega con la libertad del que desembarca por primera vez. Su propuesta de negocio no incluye ninguna reserva a la corrupción, los Derechos Humanos o la calidad de los productos. La no injerencia en los asuntos internos de los países africanos es uno de los principios que China lleva por bandera. Al gigante asiático no le gusta que se metan en cómo él maneja sus políticas internas, así que decide hacer lo mismo con sus contrapartes africanas cambiando la política de injerencia por una política de asociación e intercambio con el continente.

La luz verde para que los gobiernos interpreten su política como a bien quieran entender hace que África prefiera el dinero chino a los demás. China se sumerge así en sectores estratégicos tales como la telefonía rural, la agricultura y, sobretodo, la industria petrolífera. China no llega a África cargada de buenas intenciones sino de ansiedad por no quedarse atrás cuando su desarrollo económico sea mucho mayor que el actual. Por eso ve en el continente la forma más sencilla de situarse en el mercado de materias primas y llega a países como Guinea Ecuatorial, San Tomé y Príncipe, Congo, Sudán, Libia o Angola con el objetivo bien claro. De hecho, Angola ya es el mayor vendedor de petróleo a China, por encima de Arabia Saudí. Este juego estratégico se repite en Gabón e incluso en Nigeria, país donde su presidente ha llegado a declarar públicamente que es necesario “que China dirija el mundo”.

Aunque la cooperación económica se realiza a todos los niveles, incluido el militar con la venta de armamento o el primer envío de soldados chinos bajo el auspicio de NN.UU. –cascos azules chinos están en Libia-, además del mercado de los hidrocarburos China despliega por el continente africano su enorme capacidad constructora. Propone a los gobiernos africanos préstamos en condiciones muy ventajosas para la construcción de centrales de energía, de edificios emblemáticos y de otras grandes obras, pero su trabajo no para aquí. Además, China se empeña en construirlo todo ella misma, provocando que hoy exista un mínimo de 80.000 obreros chinos trabajando en África. Si China no pide condiciones políticas para cooperar, África no va a imponer tasas de contratación africana en los proyectos, como sí hace Brasil por ejemplo, y todo desemboca en 80.000 chinos construyendo infraestructuras en África mientras el africano observa cómo eso va creciendo a su alrededor.

La inversión China en África, vendida en muchos medios como una nueva oportunidad para el continente, es en realidad la necesidad de todo estado capitalista de salir al exterior para proveerse de todo aquello que su mercado interno no le facilita. La única diferencia, que la permite ser capaz de ocupar los espacios que Europa deja libres, como Francia con Costa de Marfil, es que China no tiene prejuicios morales y no mira a los ojos de aquél con quien negocia. Le da lo mismo qué se haga políticamente si económicamente se producen acuerdos y resultados. Y esto es una herramienta muy peligrosa en manos de unos líderes africanos legitimados por sistemas de neopatrimonialismo y alimentados, fundamentalmente, de aquellos dineros que encuentren en el exterior.

domingo, marzo 25, 2007

Que 50 años no son nada

Europa, dicen, está de celebración. No cabe duda que, en los tiempos que corren, que un Tratado llegue a los 50 años es para celebrarlo. Y más si éste ha sido ampliado por otros muchos que han remodelado el proyecto en sus formas pero no en sus bases.

Hace 50 se firmaba el Roma el Tratado por el que se establecía el Mercado Común europeo. Más allá de la intención de obtener beneficios económicos conjuntos, el proyecto europeo nace con la intención de lograr una paz duradera entre Alemania y Francia. La paz, de este modo, será entendida de la manera más sencilla. Si la Alemania buena, es decir la RFA, y Francia entrelazaban sus beneficios económicos, no se volverían a enfrentar, no se verían como un enemigo, cada paso que diera uno iría acompañado de la confianza del otro. Así se expresaban los ideólogos del proyecto Schuman y Monnet.

Para los defensores del actual proyecto, nada euroescépticos claro, el proyecto no sólo ha funcionado, sino que al desarrollarse en otros ámbitos y en otras regiones, éste ha visto cómo la pacificación se ve extendida, cómo los europeos están más juntos y piensan más en términos Europeos y menos en términos nacionales. Sin embargo, en opinión del que suscribe, esto no ha sido así.

Es evidente que la formación de instituciones europeas, de ventajas para los ciudadanos tales como las ERASMUS, el Euro, el Tratado Schengen y otras, han facilitado ciertos ámbitos de vida pero ¿significa eso que el proyecto se vea justificado? Empezando con la historia de más de 60 años de Paz en Europa o como dicen sus defensores, el periodo más prolongado de paz en el continente –debe de ser que lo de los Balcanes no cuenta- han tenido más que ver con la presencia de EEUU en Europa tras la II Guerra Mundial y el desarrollo de la Guerra Fría que con el proyecto de la Unión Europea.

Por que al salir de la contienda, EEUU se convirtió en el valedor de la paz Europea. El Plan Marshall –inicio de eso que ahora llamamos Cooperación para el Desarrollo- inició una vinculación económica de EEUU con los países del continente. Si éstos se pacificaban y si éstos se tenían los unos a los otros como buenos amigos, EEUU podría fortalecer su economía –los 50 fueron los años de mayor crecimiento económico para los norteamericanos. Además, para fortalecer su defensa frente a la URSS, surgió la OTAN. Esta organización, y no el Tratado de Roma, ha sido la principal culpable de la paz europea. La OTAN establecía distintas bases norteamericanas en territorio europeo, creaba distintos mandos entre los diferentes ejércitos implicados en el tratado y, lo más importante, repartía los arsenales militares por todo el continente.

Sí, créanlo, la OTAN decidía qué tipo de tanques y en cuánta cantidad debía tener Alemania en la zona de Baviera o Francia en su departamento de los Pirineos. Los mandos europeos no eran más que meros gestores de las decisiones norteamericanas. Aún hoy, a pesar de los enfrentamientos políticos entre los miembros de la Alianza Atlántica, el tipo de material militar de los países europeos está determinado por las cinco paredes de Washington. EEUU, a través de la OTAN, estableció un sistema de defensa en pos de un supuesto ataque terrestre soviético. Las distintas administraciones americanas establecieron, por ejemplo, que Viena era indefendible ante la conocida superioridad terrestre soviética. De hecho, el jefe de la base militar en la frontera con Checoslovaquia, norteamericano él, declaró que conocían perfectamente que en caso de ofensiva soviética las tropas del Ejército Rojo no tardarían más de unas horas en hacerse con el control de la capital austriaca. La segunda línea de defensa era la importante, y allí concentraron realmente la defensa del continente en el supuesto de conflicto.

Otra vinculación más entre el proceso de integración europea y la OTAN ha sido la siguiente ampliación de ambas instituciones –hacia el Este- y las negociaciones para entrar –algunas eternas. Empezando por esto último, Turquía siempre se postuló como un candidato a entrar en los acuerdos europeos incluso a pesar de que ninguno de los socios se planteaba en serio la integración con los otomanos. La insistente candidatura turca viene determinada por la presencia de ésta en la OTAN. Es, por decirlo de algún modo, el candidato norteamericano a la UE. Como lo de Turquía se estancó –y se seguirá estancando- la ampliación hacia los países del antiguo bloque soviético fue el siguiente paso a dar. El 1 de Mayo de 2004 diez países del Este entraban en la Unión Europea. Una ampliación que pone en tela de juicio toda la moralidad de los tratados –por ejemplo obligan a que los candidatos, antes de ser socios, tengan solucionados sus problemas étnicos, cuestión ésta que habría que preguntar a los gitanos de Eslovaquia. Si los hechos demuestran que la ampliación no se hizo por motivos económicos, ni se hizo por motivos políticos –los sociales ni siquiera nos los planteamos-, la alternativa que nos queda es, sin lugar a dudas, la militar. No estamos hablando de una hipotética defensa de Europa frente a un ataque ruso, sino de la concordancia de los intereses estratégicos de EEUU con las diferentes ampliaciones de la UE.

El resto, el desarrollo de las directivas económicas y políticas, de los intentos de hacer política social desde Europa, no es más que el aprovechamiento de la coyuntura por parte de los diferentes grupos políticos y económicos dominantes en Europa. La oportunidad de modificar los reglamentos nacionales sobre, por ejemplo, el negocio del agua y hacer que éste sea abierto a cualquier entidad privada. Las directivas que modifican las condiciones laborales al permitir que una empresa que opere en Francia actúe según la normativa laboral letona por tener su sede allí. El proteccionismo de una agricultura económica y socialmente insostenible por parte de las instituciones para mantener silenciados a los agricultores del sur de Europa. Y un largo etcétera de decisiones y oportunidades que hacen de la UE el proyecto social y económico de todos, menos de los ciudadanos europeos.

Porque, en otra frase del ideólogo Monnet, “si me dejaran volver a hacerlo empezaría por la política y no por la economía”. A los 50 años de empezar este proyecto, la única parte asegurada es la militar. Hoy, políticamente, la UE no tiene voz, cuando dice algo el resto de países no europeos saben que será salvable con convencer a uno o dos países importantes –véase el reconocimiento de la Croacia de Tudjman a pesar de no respetar la directiva sobre Derechos Humanos. Y económica y socialmente los europeos están enfrentados. Mientras la élite europea planea reformas económicas y legislativas a la manera neoliberal, las sociedades europeas no se dejan imponer estas reformas. Un enfrentamiento traducido en el rechazo del Tratado de la Constitución Europea por parte de los ciudadanos franceses y holandeses –los españoles se declararon a favor pero por una cuestión de debate, ya que en éste no se planteó una discusión del texto, sino una prórroga del 14M, estoy convencido que de haber conocido las consecuencias también se habría rechazado.

La solución para el proyecto es complicada en su desarrollo pero simple en su concepción. La única manera para hacer de éste un proyecto duradero es exclusivamente otorgar una importancia fundamental en las disposiciones sociales, aumentando y no reduciendo derechos, al hilo de lo que la ciudadanía europea exige, y no concediendo más importancia a las voces empresariales y norteamericanas que se escuchan en Bruselas.