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lunes, septiembre 30, 2013

Westgate o el posible fin de una forma de hacer diplomacia

Foto de strupler
El ataque al centro comercial Westgate, en Nairobi, trae olores de la Guerra Fría, la interminable lucha de Bush contra el terror y discursos paternalistas sobre África. Pero en realidad oculta el debate sobre la pobreza y sus consecuencias sociales; locales y globales.

En el momento de escribir estas líneas Westgate ya está evacuado y las labores de las fuerzas de seguridad keniatas consisten, esencialmente, en las tareas de recuento de heridos y fallecidos. 175 y 67 respectivamente. Es el primero de los días de luto oficial declarados por el presidente Kenyatta. El día después de que éste dijera que Al-Shabaab, milicia somalí que se ha hecho acreedora del ataque, no podrá romper los estrechos lazos de la comunidad intercultural de Kenia. Interesante comentario para quien está siendo investigado por la Corte Penal Internacional por promover y liderar los enfrentamientos étnicos que se sucedieron a las elecciones de 2008, y que en las elecciones de 2013 también azuzó a unas comunidades contra otras.

jueves, febrero 28, 2013

Elecciones en Kenia: la política formal contra la real

Con este artículo comienzo mi colaboración con la web El Europeo.


Foto de Demosh
Samuel Kivuitu era el responsable de la Comisión Electoral Keniata en 2007. Pocos días antes de las elecciones presidenciales que se encargaba de coordinar afirmó que éstas se celebrarían en un ambiente de calma y que la transición política se realizaría de manera suave y ordenada. Sin embargo la realidad le tenía reservada una sorpresa tanto a él como a toda la comunidad internacional, a quienes la violencia política desatada tras el conflicto electoral entre Odinga y Kibaki les pilló a contrapié.

Desde diciembre de 2007 hasta febrero de 2008 murieron 1.200 personas y cientos de miles expulsadas de sus hogares en el conflicto resultante de las elecciones presidenciales. Kibaki se autoproclamó ganador por un margen muy estrecho. Odinga respondió acusándole de fraude electoral, y las milicias en las calles obtuvieron la orden de estrechar el cerco sobre su rival.

Fueron varias semanas de conflicto abierto por todo el país que se saldó con una solución de coalición: Kibaki fue nombrado Presidente y se creó la figura de Primer Ministro para Odinga. Paralelamente se inició un proceso de reforma constitucional que pretendía situar a Kenia como un país referente en la política moderna de África Subsahariana.

La Constitución aprobada en 2010 establece una división territorial del país en 47 regiones, con su gobernador particular y su propio parlamento. Además, introduce la novedad de los debates presidenciales obligatorios en periodo electoral, y otras medidas dinamizadoras de la democracia, como las consultas populares o la transparencia en la información.

De esta manera llegamos al periodo electoral en el que Kenia se encuentra inmersa. Por primera vez en la historia ha habido un debate presidencial televisado con hasta ocho candidatos (siete hombres y una mujer) a presidir el país.

Las elecciones, cuya primera ronda presidencial será el 4 de marzo, se celebran en el 50º aniversario de la independencia. La formalidad de la campaña, su occidentalización, ha hecho que multitud de medios de comunicación internacionales se vanaglorien del éxito de reconversión de la democracia keniata. Voces que han sido potenciadas con la participación de Barack Obama en la campaña del que fue país de nacimiento de su padre.

El ensimismamiento de estos medios contrasta con las voces que desde el terreno están realizando diversas organizaciones de la sociedad civil. La política formal, edulcorada por la Constitución de 2010, hace vivir la ficción de que se trata de unas elecciones estandarizadas, donde el debate de las ideas prevalece sobre cualquier otro. Sin embargo, un pequeño seguimiento de la campaña permite demostrarnos que nada ha cambiado en Nairobi.

En 2007, como ahora, la política keniata estaba dominada por el debate identitario de carácter étnico. La etnia ha sido la herramienta social utilizada para facilitar o limitar el acceso a la tierra o a las oportunidades políticas y está en la base de la desigualdad social keniata. Los dos candidatos más fuertes, el Primer Ministro Odinga y el recién llegado a la política, Keniata, vienen de familias políticas fuertes, protagonistas del proceso de independencia. Ambos tienen una fuerte identidad étnica (Luo y Kikuyu respectivamente) que explotan políticamente y que movilizan frente a un ataque político. Keniata, además, está acusado por la Corte Penal Internacional de crímenes durante el conflicto de 2007.

En Kenia, a pesar de la estandarización de la política formal, continua existiendo un debate fuera de los focos que tiene a la identidad como eje fundamental. Los motivos que provocaron el conflicto en 2007 siguen abiertos. En 2012 se relataron hasta 400 muertes por violencia política. El paro juvenil es muy elevado, y los indicadores de pobreza no mejoran. Todo esto, unido al alto nivel de corrupción de las estructuras del Estado, hace que se augure un posible escenario de violencia si la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, programada para abril, se resuelve por un margen muy corto de votos o si se percibe poca transparencia en el proceso electoral. Y sin olvidar que las elecciones en cualquiera de las 47 regiones también puede servir de mecha.

Los jóvenes profesionales keniatas, aquellos que podrían estar trabajando fuera del país en cualquier ciudad global, están furiosos con esos partidos políticos etnificados que continúan un debate que no aporta soluciones a las desigualdades sociales del país. Ven como imprescindible un cambio en las élites políticas del país. Pero el líder anticorrupción John Githongo ya lo advirtió: “El nuevo mundo está naciendo, pero el viejo aún no ha muerto”.

viernes, diciembre 28, 2012

Etiopía, Egipto y las guerras por el Nilo


Foto CC de S J Pinkney
Siempre tan citado que ya se ha convertido en un lugar común. El que años después fuera Secretario General de Naciones Unidas, y por entonces Ministro de Asuntos Exteriores de la República Árabe de Egipto, Boutros Boutros-Ghali afirmó a finales de los 80 que la próxima guerra que se libraría en la región sería una guerra por el agua. Desde entonces las guerras y los conflictos no se han parado y esta máxima adorna las pizarras de los grandes estrategas y pensadores de opinión, a la espera de que la guerra por el agua se produzca y así poder desempolvar la manida frase. No hay nada como esperar a poder llevar razón.
Pero la historia de esta frase va más allá de la premonición perpetrada por un aparentemente avezado político egipcio. No, lo que Boutros-Ghali estaba haciendo no era un análisis en prospectiva, sino una declaración de intenciones por parte del gobierno al que entonces representaba.

La cuenca del Nilo es compartida por nueve países africanos: Egipto, Sudán (del Norte), Etiopía, Kenia, Uganda, Ruanda, República Democrática del Congo (RDC), Tanzania y Burundi. Su gran caudal hace que sea de gran importancia para la supervivencia económica y vital de cientos de miles de personas a lo largo de todo su curso. Sin embargo, no todos pueden utilizar sus aguas.

Un acuerdo firmado entre las diferentes administraciones coloniales británicas de la cuenca del Nilo reconocía a la administración británica de El Cairo la facultad de decidir en exclusiva sobre sus aguas. Y un tratado firmado entre Egipto y Sudán, repartiéndose entre ellos toda el agua que llevara el Nilo. El primero firmado en 1929, el segundo en 1957. Bajo estos dos paraguas legales, Egipto se ha considerado dueño histórico de las aguas del Nilo y ha amenazado militarmente durante décadas la construcción de cualquier obra que afectara al caudal. A su fuerza legal se añadían dos fuerzas más, la diplomática –utilizada para bloquear cualquier intento de financiación internacional de obras hidráulicas Nilo arriba- y la militar –constituyéndose en el ejército dominante de la zona tras los acuerdos con Washington.

Esta situación de conflicto se intentó reconducir hacia la cooperación entre todos los países de la cuenca. Se creó la Iniciativa de la Cuenca del Nilo (Nile Basin Initiative), un mecanismo de negociación entre los nueve estados ribereños para renegociar el uso del caudal y dirimir cualquier conflicto sobre los diferentes proyectos de construcción planificados. La iniciativa se llevaba presentando durante más de una década como el paradigma de la cooperación multilateral sobre cuencas, y sin embargo su fracaso era estrepitoso. Cansados de toparse contra el muro egipcio, que seguía ejerciendo su influencia diplomática y exhibiendo su poderío militar, seis de los nueve países de la cuenca decidieron constituir un mecanismo paralelo, el Acuerdo Marco de Cooperación (Cooperation Framework Agreement), a través del cual se repartirían de una manera equitativa los usos del caudal del Nilo y se debatirían los proyectos que afectaran al caudal de otros estados ribereños. Se trataba de la rebelión de Kenia, Uganda, Ruanda, Tanzania, Burundi y Etiopía, encabezada por esta última y a la que probablemente se añada en un futuro la RDC.

De este modo Etiopía reventaba el statu quo de la cuenca, ofreciéndose a liderar el cambio que los otros países reclamaban. Addis Abeba ha sido capaz de generar un cambio en la hegemonía de esta región a través del modelo económico y político del difunto Meles Zenawi. Un modelo económico que combina la fuerte Inversión Extranjera Directa (IED) de facilidades fiscales a la inversión y un redireccionamiento de ésta hacia los sectores que más le interesan al Estado. Y un modelo político que hace caso omiso de los llamamientos al respeto de los Derechos Humanos, que continua con los desplazamientos forzosos de poblaciones afectadas por obras hidráulicas o ventas de tierra y que, con mayor relevancia internacional tras las elecciones de 2005, acalla la oposición a través de la represión política y el exilio.

Al calor de la “guerra contra el terror”, Etiopía se ha convertido en eje de la política de Washington en el Cuerno de África, interviniendo directamente en Somalia y comprometiendo fuerzas de paz etíopes para el caso de una intervención entre Sudán y Sudán del Sur o para el conflicto de la RDC. Todo esto ha convertido a Etiopía en el país que mayor AOD recibe del África Subsahariana, segundo en todo el mundo, a establecer planes para convertirse en un país de renta media hacia mediados de la próxima década o a poseer un ejército con una mayor capacidad de despliegue.

La fortaleza de Etiopía, tanto militar como diplomática y financiera, le ha permitido anunciar la inminente construcción de una presa en el Nilo Azul. La denominada presa del Renacimiento, situada casi en la frontera con Sudán del Norte, será construida por empresa italiana que ya realizó el proyecto de la presa del río Om –con desplazamiento forzoso y mal compensado de población autóctona. El anuncio de esta construcción se realizó a mediados del año 2011, aprovechando el momento de debilidad política interna de Egipto.
Sin embargo El Cairo, aun mermado, pudo reaccionar ganando tiempo y solicitando la creación de un comité de expertos –una parte egipcios, otra parte etíopes y otra parte independiente- que diriman si la presa del Renacimiento afectaría a los caudales medioambientales y productivos del Nilo a su paso por Egipto. Fuera de toda duda, se calcula que dichos caudales tardarían de 3 a 5 años en recuperarse del impacto de la presa, pero la duda está en qué pasará más allá, cuando la construcción ya sea un hecho y la dependencia de El Cairo de las aguas del Nilo sea un arma controlada por Addis Abeba.

Meles Zenawi, antes de su fallecimiento en agosto de este año, ya advirtió que con informe positivo o negativo de la comisión de expertos –que ha de resolver su discusión en los próximos meses- la presa del Renacimiento se realizará de todas maneras. Etiopía considera el proyecto fundamental para su desarrollo, en tanto en cuanto es una obra encaminada a la generación de energía eléctrica, y no parece que el sucesor de Zenawi, Hailemariam Dessalgn, vaya a hacerse a un lado ante las batallas que le plantee Egipto.

Sea como sea, el proyecto de la presa del Renacimiento constata el hecho del cambio de hegemonía en la región a favor de Etiopía. El apoyo externo, pero también la transición interna tras la muerte de Zenawi –pausada, a pesar de contar con unos índices inflacionarios muy elevados y un elevado descontento de la población- han permitido robarle terreno a Egipto tanto en el terreno militar como en el diplomático. El Cairo, por su parte, realiza esfuerzos diplomáticos para que la Comunidad Internacional interprete la construcción unilateral de la presa como una agresión a los intereses vitales de Egipto y, por tanto, pueda consentir la respuesta militar ante el proyecto. La debilidad de Morsi, la necesidad de encontrar cohesión social en el Egipto de las protestas –qué mejor que buscar un buen enemigo-, y la vinculación de la construcción de la presa con la afectación de los intereses más vitales de cada egipcio –el agua-, pueden terminar probando antes de tiempo la capacidad militar de Etiopía para responder al reto de su hegemonía regional. Sería el tiempo de desempolvar –por fin- la maldita frase de Boutros-Ghali y comenzar a tomarse en serio los cientos de conflictos abiertos por las privatizaciones salvajes del agua a lo largo y ancho de todo el mundo. Sería el tiempo de las guerras por el agua.

lunes, marzo 17, 2008

Contadores africanos

Bienvenidos a la semana en la que menos se trabaja del año. Al menos en España, la vista anda ya por el horizonte de la llamada Semana Santa, en donde los trabajadores de a pié libran los días jueves y viernes en unos lugares, viernes y lunes en otros. Es, por tanto, una semana de dos días y medio. Lunes, Martes y mitad del Miércoles porque el que no corre vuela y quien más y quien menos se escaquea el último día justo detrás del jefe –que se escaqueó aún antes.

Tras ese bonito arte del disimulo laboral –de gran raigambre en España-, viene la consabida huida hacia otras latitudes. Ya sea el mar, la montaña, el pueblo de la familia o el bar de la esquina –que es lo que les pasa a aquellos cuyo pueblo se llama Madrid-, la ruptura con la cotidianeidad de la semana laboral es enorme y aunque los fines de semana son sagrados, en vacaciones mandamos a la mierda hasta las costumbres más zánganas. Ante tal cantidad de tiempo libre, y sobre todo ante tal cantidad de atasco por la carretera, recomendamos -para quien no vaya conduciendo, claro- tres novelas de autores africanos que han salido más o menos recientemente. Esto es, podrán adquirirlas en el centro más cercano para no entretenerse si quiera en buscar la salida más próxima. Como quiera que el que aquí suscribe aún no las ha leído y, en algún caso incluso, aún no las ha comprado, sólo encontrarán una pequeña referencia literaria, que no una reseña de tomo y lomo como las de Destripando Terrones.

Empezaremos por la más antigua: Medio sol amarillo de Chimamanda Ngozi Adiche. Este libro, de más de 500 páginas, se publicó a mediados del año pasado por Random House Mondadori y narra la historia de Nigeria en la década de los 60 del siglo pasado –sí, lo siento pero ya no somos de este siglo. La guerra de Biafra viene estupendamente explicada y sirve a su vez para la presentación de unos personajes al borde de sus sentimientos. Llevados a situaciones de extrema crudeza, los personajes de Adiche nos mostrarán una realidad inmersa en el conflicto que asoló aquella tierra africana pero sin caer en el victimismo o la indolencia. Las relaciones post-coloniales se muestran tan crudas como lo fueron y pone al lector frente al espejo de sus propios miedos. Muy recomendable esta novela que ganó el Premio Orange de 2007 y que podremos adquirir al módico precio de 22,90€ ¡casi ná! Pero no se me asusten, que los otros dos que vienen a continuación son incluso más caros.


Hacia finales de Enero de este año, Alfaguara publicaba la nueva novela de Ngugi wa Thiong´o titulada El brujo del cuervo. Este escritor keniata, exiliado desde hace ya bastantes años, ha representado lo mejor de su generación literaria en África. Utilizando la tradición cuentista africana, Thiong´o nos narra la historia de la ficticia República Libre de Aburiria. Huelga decir que de Libre, la República tiene sólo la retórica, pues el gobierno del país es custodiado por un dictador, paradigma de esos Payasos y Monstruos que describía perfectamente Sánchez-Piñol. Éste tiene controlada la República debido a su inmensa sabiduría. Sin embargo el pueblo no le aguanta y tiene un plan para acabar con él. Thiong´o mezcla los elementos africanos a la perfección y consigue mostrarnos una política cruel, dominante, dura y áspera y una sublevación donde el misticismo y la magia tendrán mucho que ver. Va a ser todo un descubrimiento y esperemos no equivocarnos pues los 27€ del ala -del cuervo, sin duda- que hay que pagar para hacerse con esta novela de 712 páginas no son moco de pavo.


Y finalmente, la última recomendación de hoy. Un autor africano ya conocido por los lectores de este blog: Alain Mabanckou. Su nueva novela, publicada en Alpha Decay como la anterior Vaso Roto, se titula Memorias de puercoespín, se hizo con el Premio Renaudot. Sí, como lo leen, Monsieur Mabanckou fue finalista en el año 2005 con Vaso Roto y ganador de la edición de 2006 con este título que hoy nos ocupa. Vamos, ni que fuera gay y presentara un programa de sobremesa -¡Uy, que lo han quitado! Memorias de puercoespín convierte en novela una fábula africana según la cual cada uno de nosotros tenemos un doble en un animal. Es evidente que el protagonista, llamado Kibandi, tiene en un puercoespín a su doble. Lo que ocurre es que es un puercoespín muy singular, pues va asesinando a la gente con sus espinas por donde quiera que va. Conociendo como conocemos a Mabanckou, las situaciones prometen ser muy divertidas a la vez que intensas. De las tres recomendaciones, este es el único que garantiza el acabarlo y empezarlo en las mismas vacaciones de Semana Santa, pues son tan solo 141 páginas. Eso sí, el precio sigue subido al estante de los tomates: 23€. Nada más y nada menos que a más de euro y medio cada diez páginas.

Pero en fin, ¿qué serían las vacaciones sin esos gastos extra que nadie quiere hacer, todo el mundo hace, y sólo algunos se arrepienten? Además, por 22,90€ viajamos Nigeria –no les cuento lo caro que están los vuelos hasta allí, que no llega Ryanair-, por 27€ nos trasladamos a un universo paralelo, donde el realismo mágico de Thiong´o nos enseñará a entender la política en África, y por 23€ nos cuentan una fabulita fabulosa -¡qué bonita redundancia!- mientras nos enseñan que en África también se hacen novelas policiacas. ¿Qué más pueden pedir?

Buen viaje.

viernes, enero 04, 2008

Memorias de África


Si hay un prototipo literario para hablar de la tierra al sur del Sahara ése no puede ser otro que Memorias de África, de Isak Dinesen. Esto es así porque la novelilla en cuestión –también la película, no sean tercos- narra la típica historia de blancos en un país de negros, o lo que es lo mismo, narra la historia de unos cuantos blancos y pasa olímpicamente de contar si por ahí, cerca de esos seres civilizados, podemos encontrar negros que hagan algo. Alrededor de los blancos no hay más que animales, naturaleza, soledad… en definitiva hay sentimientos de sobrecogimiento, de haber encontrado las raíces, de aventura bien resuelta, de emoción por la vida. De todos los tristes tópicos que, pegados como están al encuentro colonial, reproducen los estereotipos al tiempo que ofrecen la oportunidad al africano de reproducir el mismo estereotipo para goce y disfrute de su dominador. África es ingobernable, quien la gobernará, el buen gobernador que la gobierne buen colonizador será.

En ese mismo libro de Isak Dinesen los negros sí salen. Al final del mismo, la protagonista se encuentra perdida ante los acontecimientos y ante las desgracias. Todos los bellos sentimientos que había albergado allá en su granja se desvanecen absorbidos por un huracán de infortunios, por una desdicha provocada por la naturaleza que ella tanto admiraba. La mala suerte, la cara oscura de la naturaleza –negra tenía que ser esa cara- termina con los sueños de ella al llevarse a su amor y al incendiar esa granja que –¡oh, dios mío!- termina en manos de los negros, de los negros que se hacen llamar kikuyu.

Estamos en Kenia, paraíso del buen gobierno africano, en donde la democracia occidental ha sabido imponerse a todas las luchas raciales para ofrecer un ejemplo al mundo: “Nosotros, en África, también sabemos ser civilizados”. Complicada sentencia ésta, pero sobretodo innecesaria. El hasta ahora pensamiento político correcto nos llevaba a Kenia para, como decía, mostrarnos las posibilidades de un sistema democrático occidental en un país de raza negra. El hecho de que además fuera ex-colonia británica ayudaba a la visión de la buena descolonización del Imperio Británico. No hay nada como una reina madre y un buen puñado de funcionarios del Imperio como para asegurar el éxito en el proceso. Cierto que pudo haber alguna disputa en el momento de la descolonización, pero el buen gobierno en Kenia –entiéndase por buen gobierno aquél que no levanta la voz más de lo necesario para su consumo interno-, la gobernabilidad keniana estaba garantizada.

Con las elecciones del mes pasado, la versión oficial de Kenia ha cambiado. Ahora, las disputas electorales se han llevado la vida de cientos de personas en lo que parece ser un ascenso al poder de los kikuyu de Dinesen. Los medios que allí quedan envían imágenes de las batallas callejeras, nos advierten de que el presidente ha dado orden de disparar a matar contra la oposición, ya no podemos ir de safari porque quizás nosotros seamos los cazados. Hoy, en Kenia, se despierta el nuevo telón informativo y académico del barbarismo. Todo lo que sucede tiene que ver con las luchas de tribus –palabra ésta históricamente denigrante-, con los odios ancestrales e intestinales entre una etnia y la otra, y también entre aquélla y la de más allá, lo cual provoca que la democracia occidental sea una víctima, y no un verdugo, de esta disputa. En definitiva, una ideología la nuestra, la occidental del barbarismo, que nos hace interpretar los sucesos como algo ante lo que no podemos hacer nada. Son hechos ausentes de razón y de motivación salvaje, por lo tanto no podemos negociar con ellos. ¿Qué les ofreceríamos, qué podríamos hacer ante grupo de personas que sólo piensan en matarse los unos a los otros sólo porque sí, sólo porque son del otro grupo y no del suyo? La respuesta está clara, nada. Pero ¿y si ocurriera que lo que nos cuentan no es del todo así? ¿Qué pasaría si ambos grupos estuvieran enfrentados ya cuando la democracia keniata era ejemplar? ¿Si sus reproches son políticos y no intestinales? Miedo me da sólo de pensarlo. Estos negros se parecerían demasiado a nosotros en caso de que estos interrogantes fueran ciertos.

En estos hipotéticos casos, cabría la posibilidad de interpretar la tribu o la etnia como un ente político, como el que era del POUM o de la Falange. Pensándolo así, nos faltaría conocer cómo se integran las etnias-partido en el conjunto del sistema político y cuál es la base del mismo, para poder hacernos una idea más real del problema. Existen dos africanistas, Patrick Chabal y Jean-Pascal Daloz, empeñados desde hace años en demostrar que, con los peligros que surgen de la generalización, en África las sociedades son neopatromoniales. Esto es, sociedades estructuradas en grupos sociales con forma de pirámide. En cada pirámide, los que están más abajo dependen para subsistir de los ingresos que generan los que están más arriba. Son éstos quienes desprenden la cantidad de riqueza necesaria para mantener la vida como si de una pirámide de copas de champaña se tratase, que cuando se colma la primera fila pasa a la segunda, y a la tercera, y así hasta el final. Y lo hacen de esta manera porque, dicen Chabal y Daloz, los que están más arriba tienen esa obligación social con los que están más abajo, porque fueron los de abajo los que pusieron las estructuras sociales necesarias para que ellos llegaran arriba, porque hay redes de solidaridad activa que hacen del rito de compartir algo humanamente imprescindible.

Junto a la imagen de la pirámide en la que se estructuran los diferentes grupos sociales, Chabal y Daloz proponen otra para definir la estructura política estatal: la de la tarta. Esta tarta no es otra cosa que los grandes ingresos desprendidos del Estado, ya sea en forma de inversiones públicas o directamente de corrupción –práctica, por cierto, que puede resultar un handicap para el desarrollo, pero de eso otro día hablamos. Al reparto de la tarta se le llama elecciones democráticas y, como sucede aquí en España, el mismo consiste en que el ganador se la queda entera. Podemos imaginar que, cuando una fuerza política vea que se queda sin tarta que comer, a la pirámide le salen patas y echa a perseguir al contrario, sobretodo si esa tarta es lo poco que hay para repartir.

Alejada ya la tesis del odio irreconciliable entre los bandos en litigio, sólo nos queda preguntarnos como sociedad mundial que ya somos –una sociedad mundial que incluye ciertos valores que todos compartimos como el de no dejar morir a la gente a manos de otro que empuña un rifle- qué hacer. Aún recuerdo que, mientras en Ruanda pasaban por el filo a millones de personas, Al Gore, el nuevo gurú del ideologismo ecologista, inauguraba el Museo del Holocausto en Washington y prometía que el mundo jamás dejaría que una acción como la limpieza de la Segunda Guerra Mundial volviera a repetirse. Desde luego, pensando entre todos que no hay nada que negociar y que es mejor matarlos, se volverá a repetir una y mil veces más.

Con estos elementos quizás podemos entender mejor la situación o, cuanto menos, desconfiar de los análisis periodísticos que se hacen desde la oficina en rico terreno occidental. Por supuesto, las tesis de Chabal y Daloz son muy provocativas y han sido ampliamente contestadas desde los círculos africanistas. Sin embargo, alguien con un mínimo sentido crítico de la realidad no dejará escapar los profundos matices que la visión de estos dos autores proporciona. Con todo, lo más provocativo del trabajo de ellos no es ni más ni menos, que la idea de que la modernidad africana existe, y que ésta se basa no en la gestión del orden social como se basa modernidad occidental, sino en la gestión del desorden político y sus oportunidades. Que sabiéndolas aprovechar no dan tantos quebraderos de cabeza y confunden menos. Sólo comprendiendo podemos aportar respuestas.