![]() |
| Foto de strupler |
lunes, septiembre 30, 2013
Westgate o el posible fin de una forma de hacer diplomacia
jueves, febrero 28, 2013
Elecciones en Kenia: la política formal contra la real
![]() |
| Foto de Demosh |
viernes, diciembre 28, 2012
Etiopía, Egipto y las guerras por el Nilo
![]() |
| Foto CC de S J Pinkney |
lunes, marzo 17, 2008
Contadores africanos
Bienvenidos a la semana en la que menos se trabaja del año. Al menos en España, la vista anda ya por el horizonte de la llamada Semana Santa, en donde los trabajadores de a pié libran los días jueves y viernes en unos lugares, viernes y lunes en otros. Es, por tanto, una semana de dos días y medio. Lunes, Martes y mitad del Miércoles porque el que no corre vuela y quien más y quien menos se escaquea el último día justo detrás del jefe –que se escaqueó aún antes.
Tras ese bonito arte del disimulo laboral –de gran raigambre en España-, viene la consabida huida hacia otras latitudes. Ya sea el mar, la montaña, el pueblo de la familia o el bar de la esquina –que es lo que les pasa a aquellos cuyo pueblo se llama Madrid-, la ruptura con la cotidianeidad de la semana laboral es enorme y aunque los fines de semana son sagrados, en vacaciones mandamos a la mierda hasta las costumbres más zánganas. Ante tal cantidad de tiempo libre, y sobre todo ante tal cantidad de atasco por la carretera, recomendamos -para quien no vaya conduciendo, claro- tres novelas de autores africanos que han salido más o menos recientemente. Esto es, podrán adquirirlas en el centro más cercano para no entretenerse si quiera en buscar la salida más próxima. Como quiera que el que aquí suscribe aún no las ha leído y, en algún caso incluso, aún no las ha comprado, sólo encontrarán una pequeña referencia literaria, que no una reseña de tomo y lomo como las de Destripando Terrones.
Empezaremos por la más antigua: Medio sol amarillo de Chimamanda Ngozi Adiche. Este libro, de más de 500 páginas, se publicó a mediados del año pasado por Random House Mondadori y narra la historia de Nigeria en la década de los 60 del siglo pasado –sí, lo siento pero ya no somos de este siglo. La guerra de Biafra viene estupendamente explicada y sirve a su vez para la presentación de unos personajes al borde de sus sentimientos. Llevados a situaciones de extrema crudeza, los personajes de Adiche nos mostrarán una realidad inmersa en el conflicto que asoló aquella tierra africana pero sin caer en el victimismo o la indolencia. Las relaciones post-coloniales se muestran tan crudas como lo fueron y pone al lector frente al espejo de sus propios miedos. Muy recomendable esta novela que ganó el Premio Orange de 2007 y que podremos adquirir al módico precio de 22,90€ ¡casi ná! Pero no se me asusten, que los otros dos que vienen a continuación son incluso más caros.
Hacia finales de Enero de este año, Alfaguara publicaba la nueva novela de Ngugi wa Thiong´o titulada El brujo del cuervo. Este escritor keniata, exiliado desde hace ya bastantes años, ha representado lo mejor de su generación literaria en África. Utilizando la tradición cuentista africana, Thiong´o nos narra la historia de la ficticia República Libre de Aburiria. Huelga decir que de Libre, la República tiene sólo la retórica, pues el gobierno del país es custodiado por un dictador, paradigma de esos Payasos y Monstruos que describía perfectamente Sánchez-Piñol. Éste tiene controlada la República debido a su inmensa sabiduría. Sin embargo el pueblo no le aguanta y tiene un plan para acabar con él. Thiong´o mezcla los elementos africanos a la perfección y consigue mostrarnos una política cruel, dominante, dura y áspera y una sublevación donde el misticismo y la magia tendrán mucho que ver. Va a ser todo un descubrimiento y esperemos no equivocarnos pues los 27€ del ala -del cuervo, sin duda- que hay que pagar para hacerse con esta novela de 712 páginas no son moco de pavo.
Y finalmente, la última recomendación de hoy. Un autor africano ya conocido por los lectores de este blog: Alain Mabanckou. Su nueva novela, publicada en Alpha Decay como la anterior Vaso Roto, se titula Memorias de puercoespín, se hizo con el Premio Renaudot. Sí, como lo leen, Monsieur Mabanckou fue finalista en el año 2005 con Vaso Roto y ganador de la edición de 2006 con este título que hoy nos ocupa. Vamos, ni que fuera gay y presentara un programa de sobremesa -¡Uy, que lo han quitado! Memorias de puercoespín convierte en novela una fábula africana según la cual cada uno de nosotros tenemos un doble en un animal. Es evidente que el protagonista, llamado Kibandi, tiene en un puercoespín a su doble. Lo que ocurre es que es un puercoespín muy singular, pues va asesinando a la gente con sus espinas por donde quiera que va. Conociendo como conocemos a Mabanckou, las situaciones prometen ser muy divertidas a la vez que intensas. De las tres recomendaciones, este es el único que garantiza el acabarlo y empezarlo en las mismas vacaciones de Semana Santa, pues son tan solo 141 páginas. Eso sí, el precio sigue subido al estante de los tomates: 23€. Nada más y nada menos que a más de euro y medio cada diez páginas.
Pero en fin, ¿qué serían las vacaciones sin esos gastos extra que nadie quiere hacer, todo el mundo hace, y sólo algunos se arrepienten? Además, por 22,90€ viajamos Nigeria –no les cuento lo caro que están los vuelos hasta allí, que no llega Ryanair-, por 27€ nos trasladamos a un universo paralelo, donde el realismo mágico de Thiong´o nos enseñará a entender la política en África, y por 23€ nos cuentan una fabulita fabulosa -¡qué bonita redundancia!- mientras nos enseñan que en África también se hacen novelas policiacas. ¿Qué más pueden pedir?
Buen viaje.
viernes, enero 04, 2008
Memorias de África

Si hay un prototipo literario para hablar de la tierra al sur del Sahara ése no puede ser otro que Memorias de África, de Isak Dinesen. Esto es así porque la novelilla en cuestión –también la película, no sean tercos- narra la típica historia de blancos en un país de negros, o lo que es lo mismo, narra la historia de unos cuantos blancos y pasa olímpicamente de contar si por ahí, cerca de esos seres civilizados, podemos encontrar negros que hagan algo. Alrededor de los blancos no hay más que animales, naturaleza, soledad… en definitiva hay sentimientos de sobrecogimiento, de haber encontrado las raíces, de aventura bien resuelta, de emoción por la vida. De todos los tristes tópicos que, pegados como están al encuentro colonial, reproducen los estereotipos al tiempo que ofrecen la oportunidad al africano de reproducir el mismo estereotipo para goce y disfrute de su dominador. África es ingobernable, quien la gobernará, el buen gobernador que la gobierne buen colonizador será.
En ese mismo libro de Isak Dinesen los negros sí salen. Al final del mismo, la protagonista se encuentra perdida ante los acontecimientos y ante las desgracias. Todos los bellos sentimientos que había albergado allá en su granja se desvanecen absorbidos por un huracán de infortunios, por una desdicha provocada por la naturaleza que ella tanto admiraba. La mala suerte, la cara oscura de la naturaleza –negra tenía que ser esa cara- termina con los sueños de ella al llevarse a su amor y al incendiar esa granja que –¡oh, dios mío!- termina en manos de los negros, de los negros que se hacen llamar kikuyu.
Estamos en Kenia, paraíso del buen gobierno africano, en donde la democracia occidental ha sabido imponerse a todas las luchas raciales para ofrecer un ejemplo al mundo: “Nosotros, en África, también sabemos ser civilizados”. Complicada sentencia ésta, pero sobretodo innecesaria. El hasta ahora pensamiento político correcto nos llevaba a Kenia para, como decía, mostrarnos las posibilidades de un sistema democrático occidental en un país de raza negra. El hecho de que además fuera ex-colonia británica ayudaba a la visión de la buena descolonización del Imperio Británico. No hay nada como una reina madre y un buen puñado de funcionarios del Imperio como para asegurar el éxito en el proceso. Cierto que pudo haber alguna disputa en el momento de la descolonización, pero el buen gobierno en Kenia –entiéndase por buen gobierno aquél que no levanta la voz más de lo necesario para su consumo interno-, la gobernabilidad keniana estaba garantizada.
Con las elecciones del mes pasado, la versión oficial de Kenia ha cambiado. Ahora, las disputas electorales se han llevado la vida de cientos de personas en lo que parece ser un ascenso al poder de los kikuyu de Dinesen. Los medios que allí quedan envían imágenes de las batallas callejeras, nos advierten de que el presidente ha dado orden de disparar a matar contra la oposición, ya no podemos ir de safari porque quizás nosotros seamos los cazados. Hoy, en Kenia, se despierta el nuevo telón informativo y académico del barbarismo. Todo lo que sucede tiene que ver con las luchas de tribus –palabra ésta históricamente denigrante-, con los odios ancestrales e intestinales entre una etnia y la otra, y también entre aquélla y la de más allá, lo cual provoca que la democracia occidental sea una víctima, y no un verdugo, de esta disputa. En definitiva, una ideología la nuestra, la occidental del barbarismo, que nos hace interpretar los sucesos como algo ante lo que no podemos hacer nada. Son hechos ausentes de razón y de motivación salvaje, por lo tanto no podemos negociar con ellos. ¿Qué les ofreceríamos, qué podríamos hacer ante grupo de personas que sólo piensan en matarse los unos a los otros sólo porque sí, sólo porque son del otro grupo y no del suyo? La respuesta está clara, nada. Pero ¿y si ocurriera que lo que nos cuentan no es del todo así? ¿Qué pasaría si ambos grupos estuvieran enfrentados ya cuando la democracia keniata era ejemplar? ¿Si sus reproches son políticos y no intestinales? Miedo me da sólo de pensarlo. Estos negros se parecerían demasiado a nosotros en caso de que estos interrogantes fueran ciertos.
En estos hipotéticos casos, cabría la posibilidad de interpretar la tribu o la etnia como un ente político, como el que era del POUM o de la Falange
. Pensándolo así, nos faltaría conocer cómo se integran las etnias-partido en el conjunto del sistema político y cuál es la base del mismo, para poder hacernos una idea más real del problema. Existen dos africanistas, Patrick Chabal y Jean-Pascal Daloz, empeñados desde hace años en demostrar que, con los peligros que surgen de la generalización, en África las sociedades son neopatromoniales. Esto es, sociedades estructuradas en grupos sociales con forma de pirámide. En cada pirámide, los que están más abajo dependen para subsistir de los ingresos que generan los que están más arriba. Son éstos quienes desprenden la cantidad de riqueza necesaria para mantener la vida como si de una pirámide de copas de champaña se tratase, que cuando se colma la primera fila pasa a la segunda, y a la tercera, y así hasta el final. Y lo hacen de esta manera porque, dicen Chabal y Daloz, los que están más arriba tienen esa obligación social con los que están más abajo, porque fueron los de abajo los que pusieron las estructuras sociales necesarias para que ellos llegaran arriba, porque hay redes de solidaridad activa que hacen del rito de compartir algo humanamente imprescindible.
Junto a la imagen de la pirámide en la que se estructuran los diferentes grupos sociales, Chabal y Daloz proponen otra para definir la estructura política estatal: la de la tarta. Esta tarta no es otra cosa que los grandes ingresos desprendidos del Estado, ya sea en forma de inversiones públicas o directamente de corrupción –práctica, por cierto, que puede resultar un handicap para el desarrollo, pero de eso otro día hablamos. Al reparto de la tarta se le llama elecciones democráticas y, como sucede aquí en España, el mismo consiste en que el ganador se la queda entera. Podemos imaginar que, cuando una fuerza política vea que se queda sin tarta que comer, a la pirámide le salen patas y echa a perseguir al contrario, sobretodo si esa tarta es lo poco que hay para repartir.
Alejada ya la tesis del odio irreconciliable entre los bandos en litigio, sólo nos queda preguntarnos como sociedad mundial que ya somos –una sociedad mundial que incluye ciertos valores que todos compartimos como el de no dejar morir a la gente a manos de otro que empuña un rifle- qué hacer. Aún recuerdo que, mientras en Ruanda pasaban por el filo a millones de personas, Al Gore, el nuevo gurú del ideologismo ecologista, inauguraba el Museo del Holocausto en Washington y prometía que el mundo jamás dejaría que una acción como la limpieza de la Segunda Guerra Mundial volviera a repetirse. Desde luego, pensando entre todos que no hay nada que negociar y que es mejor matarlos, se volverá a repetir una y mil veces más.
Con estos elementos quizás podemos entender mejor la situación o, cuanto menos, desconfiar de los análisis periodísticos que se hacen desde la oficina en rico terreno occidental. Por supuesto, las tesis de Chabal y Daloz son muy provocativas y han sido ampliamente contestadas desde los círculos africanistas. Sin embargo, alguien con un mínimo sentido crítico de la realidad no dejará escapar los profundos matices que la visión de estos dos autores proporciona. Con todo, lo más provocativo del trabajo de ellos no es ni más ni menos, que la idea de que la modernidad africana existe, y que ésta se basa no en la gestión del orden social como se basa modernidad occidental, sino en la gestión del desorden político y sus oportunidades. Que sabiéndolas aprovechar no dan tantos quebraderos de cabeza y confunden menos. Sólo comprendiendo podemos aportar respuestas.


