lunes, diciembre 24, 2007
2008
martes, noviembre 27, 2007
Fantasmas Balcánicos (IV)
El pasado domingo 18 de Noviembre hubo elecciones en el centro de Europa. La región de Kosovo se lanzaba a las urnas y los ciudadanos estaban llamados a decidir lo que se había denominado “el futuro de Kosovo”. Sí, ya se sabe que Kosovo no está precisamente en el centro de Europa, pero las elecciones sí se celebraban en el centro del continente, al menos en el centro político. Este concurso público para decidir qué Kosovo se quería era visto muy de cerca por la Unión Europea como institución así como por los países europeos más importantes. Francia, Alemania, Reino Unido, incluso EE.UU. seguían pendientes de ver si el resultado de las elecciones se ajustaba a sus movimientos porque ¿alguien dudaba que Thaçi no iba a ser el vencedor? Aún más cuando desde Serbia se pedía el boicot de las elecciones.Desde hace tiempo se viene observando que lo que ocurre en Kosovo no es otra cosa que la segregación de una provincia de un Estado soberano auspiciada por las potencias políticas, militares y, sobretodo, económicas de Europa. Los Balcanes han supuesto un quebradero de cabeza para el imperialismo europeo desde que éstos se levantaron independientes con la retirada del Imperio Otomano. Una región tan cercana a la Europa Civilizada, frente por frente a Italia en el Adriático y que está al norte de un país como Grecia, ha sido desde comienzos del siglo XX organizada por entidades ajenas a su propia población.
Y es curioso que esto se realice desde el seno de una Europa que, a partir de la Revolución Francesa, ya proclamaba como un derecho indispensable el derecho de autodeterminación de los pueblos y de constitución de una Nación en un Estado. No se nos escapa que los principios filosóficos y políticos de la época que condujo a la toma de la Bastilla conducían, ni más ni menos, a la conceptualización de la Nación de la que los procesos integradores de Alemania e Italia fueron el mejor exponente. Parecería contradictorio que la Europa Moderna infringiera su principal soporte de legitimación y terminara por organizar un vasto territorio con independencia de la voluntad de los pueblos que en él hay. Pero no, han sabido hacerlo sin que a los dirigentes históricos de cada país les haya temblado la voz. Aunque no lo han hecho muy bien.
Se han equivocado en todo momento. Sólo con la dictadura de Tito la región pareció encontrar una calma institucional que en realidad ocultaba la presencia de unas identidades nacionales tras el velo de un supuesto regionalismo nunca desarrollado y siempre lacerado por las tremendas diferencias económicas entre territorios. Hay quien echa de menos la existencia de una República de Yugoslavia, aunque sólo sea por motivos deportivos.
La realidad termina siendo dañina para las poblaciones balcánicas. Hoy existen diferentes identidades nacionales en la zona cuando las poblaciones apenas las reclamaban. Fueron los políticos de turno, interesados en aumentar su reino de taifas hasta el límite, los que terminaron por provocar una estampida nacional en Yugoslavia e infligir a los ciudadanos yugoslavos un estigma de guerra y racismo que ha terminado por enroscarse sobre sí mismo y hacer de unos el hazmereir de otros. Hoy en toda serbia se ríen del acento bosnio, incluso aquellos que encuentran el origen de su misma familia y de su apellido dentro de esta región, y se ríen como ya hacía décadas se reían de todo lo bosniaco. La única diferencia es que ahora, tras esos chistes, tras esas imágenes clásica de un humorista de la época de Tito que se caracterizó por este humor, tras todo lo que parecería normal, se esconde un odio hacia el vecino de al lado, culpabilizado de todos los males, animalizado y perseguido hasta donde haga falta. Si fuiste un musulmán nacido en Belgrado, hoy sólo eres un musulmán residente en Turquía, o en Bosnia, o en Francia. Hay que ver cómo la política puede ensuciar a su población.
La misma política, aunque esta vez europea, lleva a la decisión de distorsionar los acontecimientos de Kosovo y, en lugar de verlos como la última salida de un dictador en busca de legitimación, los observa como la mayor injuria hacia los Derechos Humanos. Defendiendo estos derechos con las bombas, evitando las bajas propias y propiciando un escenario para la victoria moral del dictador, Europa y EE.UU. lograron imponer su visión en la zona. Ésta no era otra que ejemplificación moral a Serbia –derrotada sin armisticio en 1999-, nación a la que se le ofrece la recuperación económica a cambio de colaborar en su desmembramiento. Montenegro se fue en 2006 acabando con el último fantasma yugoslavo, y ahora parece que definitivamente le toca el turno a Kosovo.
La razón para la independencia de Kosovo no es otra que la aparente incompatibilidad de los dos grupos poblacionales que allí residen: los albano-kosovares y los serbio-kosovares. Es en estas dos nomenclaturas o gentilicios que se utiliza aquí donde se puede ver mejor la lógica del conflicto. Por una parte, los albano-kosovares ya no son más albano, lo fueron durante el tiempo en que Albania suponía un apoyo a los intereses de la clase política de la región, cuando las armas y los soportes políticos internacionales procedían de Tirana. Hoy Albania se ha convertido en el estercolero de Europa al que nadie quiere acercarse, y los políticos albano-kosovares ven en la creación de un estado estrictamente kosovar la mejor salida para sus bolsillos y sus prestigios. El único problema para que se levante tal chiringuito proviene del otro gentilicio. Ocurre que hay una minoría serbia en Kosovo, una minoría que, tradicionalmente, ha dominado la política de la zona debido a la fuerte represión impuesta desde Belgrado hacia todo lo que sonaba albanés. Y esa minoría no sólo es serbia, sino que con el tiempo ha terminado por convertirse también en kosovar, lo que implica un sentimiento de pertenencia a esa tierra y, además, una estigmatización fuera de Kosovo, pues en Serbia son considerados kosovares y en Kosovo son considerados serbios.
El independentista albano-kosovar ha terminado por imponerse en las elecciones auspiciado por sus socios internacionales. Serbia, por su parte, queda expuesta a las fuerzas nacionalistas más radicales, al estar atrapada en dos fuegos: el nacionalista, que le impide soltar Kosovo a cambio de la liviana promesa de que estudiarán su incorporación a la UE; y el internacional, que le obliga a callarse ante el expolio kosovar, entregar a criminales de guerra que ni siquiera están en su territorio, tratar de que no se vuelvan a encender los ánimos en la República Serbia de Bosnia -la de Banja-Luka- de la que es indirectamente responsable y mantener callados a los nacionalistas del primer fuego. Un juego, sin duda, de malabarismo político que pocas buenas cosas puede traer. Máxime cuando la inmensa mayoría de la población serbia está cansada de los juegos políticos que le han traído guerra, indefensión y especialmente el estigma de ser los últimos animales de Europa. Una ciudadanía que se encargó de eliminar políticamente al líder alimentado por occidente –Milosevic- y que ha visto cómo sus esfuerzos han sido recompensados por toda una Europa que ha señalado a las gentes serbias de ser los responsables de cada matanza ocurrida en Bosnia o en Kosovo, como si cada ciudadano escondiera un uniforme de las Águilas Negras debajo de la ropa.
martes, noviembre 20, 2007
Aya de Yopougon, de Marguerite Abouet

No es la primera vez que hablo de cómic en alguno de los blogs en los que participo, eso es cierto. Pero como ya advertía en su día aún no soy un lector de cómic avezado, sino más bien en categoría amateur al que todavía le cuesta gastarse los dineros –muchos- en un tebeo de toda la vida. Pero, dicen, que las oportunidades hay que aprovecharlas, y a mí hace hoy justo un año se me planteó la posibilidad de inspeccionar todos los documentos que había en una librería, a mi gusto y con tiempo. Quizás por eso, quizás porque también dicen que el Pisuerga pasa por Valladolid y ayer se falló el primer Premio Nacional de Cómic –que ha recaído en Max- del cual se decir más bien poco, hoy me planto ante Uds. para invitarles a acercarse a un cómic africano.
De primeras así, como que sobrecoge la idea de un cómic africano. Uno piensa que estas son cosas de americanos, europeos y japoneses principalmente, que el reino del arte del tebeo está vetado a las historias de los africanos. Al menos en cuanto a mercado lector se refiere. Sin embargo da gusto ver cómo ese país vecino del nuestro, Francia, recoge las ideas de sus antiguas colonias y las proyecta a unas ciudades como la nuestra en la que no tendríamos idea alguna de no ser por ellos. Eso sí, nada de considerar la lengua francesa que hablan estos africains como algo que otorgue identidad a la patria francesa, no vayan a tener otro caso Senghor y tengan que reeditar los libros de texto de sus Lycées.
En cualquier caso el cómic que tuve entre mis manos no fue otro que el Premio Angouleme
Pero centrémonos. Aya de Yopougon es un cómic muy entretenido, escrito por la costamarfileña Marguerite Abouet e ilustrado por Climent Oubrerie. Todo transcurre en Yopougon, un barrio popular de Abidjan, la capital de Costa de Marfil. La historieta es bastante simple y costumbrista, nos muestra las vidas de tres jóvenes de unos 18 años residentes del barrio en cuestión. Adjoua y Bintou sólo buscan una vida joven fácil. Su mayor preocupación es cómo escaparse de la vigilancia de sus padres e ir a la discoteca a bailar y a entretenerse con esos chicos rebeldes tan defenestrados por la familia. Junto a ellas encontramos a la protagonista de todo, Aya, una chica con ganas de divertirse pero que también mira por su futuro. Para huir de la vida de ama de casa que le espera, ella está empeñada en dejar las fiestas y centrarse en sus estudios. Quiere ser una buena doctora. La historia es dulce y simpática en cada momento. Incluso en los instantes más comprometidos. Abouet nos muestra la ternura de una edad adolescente de despreocupaciones y libertades, donde las pequeñas revoluciones consisten en escaparse una noche y ver al chico que te está prohibido. Donde los errores significan que ya no decides por tu cuenta.
La sociedad que nos dibuja Abouet está plasmada por una tranquilidad social que quizás sorprenda al lector poco africanista, pues bien pudiéramos estar hablando de muchachas residentes en nuestras seguras ciudades del Primer y único Mundo. Esa es la gran virtud de este cómic, que los personajes son reconocibles por cualquiera de nosotros, que las situaciones sociales son posibilidades de todo el mundo. En la preciosa edición española de Norma nos cansaremos de leer que el Aya de Yopougon consigue alejar al lector de una África asolada por los conflictos y demás lugares comunes que hacen chirriar un poco el conjunto del producto que tuvimos entre manos. Discrepamos de la asociación de producto africano a producto de o sobre el conflicto que se hace en todas partes. África está llena de singularidades y, aunque parezca mentira, no todos los países y no todos los lugares están en guerras cruentas –cuantos más calificativos monstruosos pongan tras la palabras África y guerra, mejo les irá- o son lugares idílicos en donde cualquier occidental debería vivir al menos un año. En plan Katharine Hepburn.
Las ilustraciones de Oubrerie son estupendas, muy integradas en la historia, que no aportan detalles innecesarios y plasman la veracidad de las historias. Veracidad que viene corroborara con la constatación de que el barrio del que hablamos, Yopougon, es el barrio donde se crió la autora en la misma época en la que transcurren los hechos. Un motivo más, sin duda, para meterse de lleno en este interesante cómic y aprender de África subsahariana por otros medios menos habituales. Disfrutarán esperando a que salga la segunda parte.
"En los años 70, la vida era dulce en Costa de Marfil. Había trabajo, los hospitales estaban equipados y la escuela era obligatoria. Tuve la posibilidad de conocer esta época despreocupada, donde los jóvenes no tenían que escoger su campo demasiado rápido, y se preocupaban sólo de la vida corriente: los estudios, la familia, los amores... Y es esto lo que quiero contar en Aya, África sin los tópicos de la guerra y del hambre, esta África que subsiste a pesar de todo porque, como se dice en nuestra casa, la vida continúa..." Marguerite Abouet.
miércoles, octubre 31, 2007
103 miradas te contemplan
África siempre ha estado ahí. Abajo. Como un espejo frente al cual crecemos nosotros. Como explicación de que vamos por buen camino. Frente a nosotros, ella. Contra ella, nosotros. Durante la época colonial África se convirtió en contenedor de aquellos que no encajaban en la nueva sociedad moderna que se estaba fraguando en Europa. Aquél que no conseguía encontrar un lugar en la modernidad, o aquél que necesitaba hacer carrera rápidamente, o el otro que, necesitado de expiar sus culpas, corría a la tierra pecaminosa como la única oportunidad de ser salvado. Todos ellos acabaron en África y contribuyeron a enviar desde allí lo necesario para la eficiencia del sistema, para que la modernización europea fuera rentable. África envió recursos materiales para el crecimiento industrial e imágenes de cómo los europeos debían entenderse a sí mismos. Pero también recibió a todos aquellos expulsados de sus hogares europeos. Llegó la descolonización. Llegaron las nuevas formas de hacer política, de hacer negocios y de hacer carrera. África, sumidero del mundo donde todo lo negativo se concentra, debe ser salvada de nuevo y el desarrollo es la respuesta. Sin embargo, incomprensiblemente, la modernización europea no consiguió instalarse en el seno del corazón de las tinieblas. Una modernización quebrada, pensarán muchos. Pero la realidad es diferente.
Desde siempre, los africanos y las africanas han buscado estrategias para la resistencia en el encuentro colonial. Estas estrategias cambiaron durante el tiempo y, por supuesto, continuaron con la descolonización. La política impuesta desde las antiguas potencias coloniales fue reinterpretada por las poblaciones africanas. Se africanizó la modernidad. Un proyecto distinto para una situación distinta. En la modernización europea, aquellos que no encajaban en la sociedad en formación eran expulsados hacia los inmensos contenedores que eran los nuevos mundos –América, Australia y, en especial, África. Gracias a eso la modernidad europea no tuvo que soportar los peligros de una inmensa población desatendida, pudo gestionar su espacio de manera más ágil y, además, contando con los flujos comerciales que esos mismos europeos excluidos esquilmaban a los nuevos mundos.
La modernización africana –a la que Europa contribuye y en la que participa- cuenta hoy con otras características completamente diferentes. La base del sistema político y económico africano es una modernidad clientelar, neo-patrimonial. La base de la legitimidad del sistema está en el abastecimiento económico de las redes clientelares. Si se está dentro de esas redes –aún muy abajo en ellas- la supervivencia de uno mismo y de su familia está asegurada, si se está fuera, todo peligra. Es entonces cuando África necesita reinventar el encuentro colonial, cuando las poblaciones africanas excluidas de espacio en su sistema político necesitan migrar, buscando nuevos horizontes que les permitan buscar un futuro para ellos y para sus descendientes. Pero se encuentra con las puertas y las mentes europeas, cerradas y obstinadas en ver que aquello que viene de África no es más que el fruto de las luchas bárbaras de unos salvajes incapaces de organizarse como sociedad moderna civilizada. Incapaces de comprender a su hermano africano.
Las puertas cerradas provocan las imágenes más estremecedoras que uno puede recordar en años. Gente que salta vallas, que cruza estrechos, que se pierde en los mares de la ingratitud mostrada por quienes les deben más que la vida. Junto a la retina de Tian´anmen, del desplome del muro en Berlín, del Caucescu ahorcado por el pueblo, hoy nos podemos quedar con ese cayuco varado y esa escalera artesana colgando de la alambrada.
Y sin embargo seguimos encontrándonos con África a cada paso que damos. Aún no se terminó ese encuentro colonial que ya en el siglo XIX anteponía la empresa a la persona. Hoy podemos encontrar infinitesimales ejemplos de empresas trasnacionales que cruzan los mares yendo a parar a África con la intención de sacar una mayor tajada. En Asia se escoge a las poblaciones más desfavorecidas, se las emplea en trabajos donde la remuneración es una entelequia. Mientras, en África la población no importa. Se apartan con un manotazo miles y miles de personas de una región con tal de que el mineral, o lo que sea, llegue a donde tiene que llegar en hora. No hay cosas imposibles en África, sólo hay cosas complicadas y menos complicadas.
Últimamente los negocios deben de estar mal, porque ahora ya no sólo se sacan minerales. Ahora también se pueden sacar niños. La noticia de la detención de un avión fletado por una ONG francesa con el que pretendía sacar a 103 niños de Chad con la justificación de que eran huérfanos y la pretensión de darlos en adopción ya en Francia deja a cualquiera sin habla. Y nos deja a todos nosotros, hijos de la modernidad, frente al espejo. A África echamos a los indeseables sociales de nuestro tiempo más pasado. Desde África recogimos a los trabajadores menos cualificados fruto de los cuales tenemos el presente. Ahora les cerramos las puertas a los que siguen queriendo dejarse la vida en el tajo europeo antes que seguir trabajando en sus países y, asombrosamente, exportamos aquello que más nos falta: la infancia. Cuando nuestros índices de natalidad son los más bajos, exportamos los niños y niñas que nos hagan falta, les damos una cultura europea y así podremos reproducir los modelos modernos en el futuro. Serán los niños sustraídos al continente africano los que dominen las economías africanas, convirtiendo todo esto en el más macabro juego nazi de hacer de los condenados sus propios guardianes.
lunes, octubre 01, 2007
El fracaso del retorno del hombre blanco

Existe una cosa en el imaginario social del periodismo que a la que se le llama Comunidad Internacional. Ésta sería un ente o conglomerado de ideas, una voluntad colectiva compartida por estados, organizaciones internacionales y organizaciones de la sociedad civil internacional –otro mito que quizás debiéramos desmentir- que provoca la necesidad de actuar en los asuntos internos de un estado.
Pero ocurre que, abundantemente, este análisis que
En este mismo blog hemos hablado multitud de veces de lo que hoy se denomina
Cuando Kabila es disparado por uno de sus guardaespaldas el país congoleño está siendo nuevamente invadido por tropas ugandesas, ruandesas y de Burundi. Ya lo había sido anteriormente, pero esa vez todas habían asumido el liderazgo del propio Kabila en pos del derrocamiento del enfermo Mobutu. En el nuevo ataque la intención era derrocar el régimen de Kabila sencillamente porque éste había incumplido sus compromisos en el proceso de derrocamiento mobutista. Cuando Kabila llega a hacerse con el dominio de Kinshasa y por ende del Congo, además de renombrar el país –antes se llamaba Zaïre-, se olvida de las alianzas étnicas que habían conducido a su liderazgo. Marginando a unas etnias y utilizando políticamente a otras, Kabila aparta de su círculo decisorio a los aliados de Uganda, Ruanda y Burundi cometiendo el error de considerar poco peligrosas las respuestas de todos ellos. Además comete otro error: trata de renegociar las concesiones sobre recursos que había concedido a diversas empresas extranjeras durante una época, la de la guerra, en la que necesitaba liquidez y de la que jamás pensó que iba a ser tan corta. Planificando los contratos como si la liberación de Mobutu fuera a costar 15 años, y no previendo el derrumbamiento del castillo de naipes en apenas unos meses, Kabila empeño el futuro de su gobierno fuera de las élites étnicas de sus tres aliados y vecinos.
Kabila muere, y a le sucederá su hijo Joseph Kabila. El nuevo dirigente se verá en la necesidad de enfrentarse a un ataque desde el Kivu que, contrariamente a lo esperado, se divide en tres amplias zonas de influencia. Con uno de los frentes debilitado y el otro convertido en tres subgrupos enfrentados a sí mismos, la situación de
Es el momento en que la situación está estancada. La vergüenza de un conflicto iniciado y sostenido por agentes internos e internacionales llega a ese otro mito de la sociedad civil global y termina por propiciar la cara buena e intervencionista de
La solución encontrada para el reparto es básicamente la de un gobierno de unidad nacional en el que habrá un solo Presidente y cuatro Vicepresidentes, en representación en cada una de las facciones en guerra. El mensaje de
Del proceso de democratización en el Congo podemos discernir los errores clásicos de los procesos del sistema internacional en África. En ningún momento de la intervención política se tuvieron en cuenta las causas de justicia, primando por entero la voluntad de no ofender a los combatientes, se deslegitimó la política a favor de violencia. No se permitió saldar las deudas de los crímenes de guerra a través de juicios ni se planteó la posibilidad de que los recursos naturales del Congo sirvieran para beneficio de la población y no de los países ricos.
Hoy día, después de los diálogos, de los envíos de tropas, de las elecciones a dos vueltas, de todas las buenas intenciones que
martes, septiembre 11, 2007
Moolaadé, de Ousmane Sembene
Es raro que el cine africano llegue con asiduidad a las pantallas europeas. En el caso de la película de la que hoy hablamos podríamos decir que tuvo relativo éxito. Aprovechó el tirón comercial que tuvo Hotel Rwanda –película que llevaba incluso la recomendación de Amnistía Internacional- y, obviamente, la polémica de la película también ayudó a que las salas de cine independiente o directamente raro apoyaran la proyección de la película. A pesar de que estuvo bastantes semanas en exposición comercial, me fue imposible sacar tiempo para verla y he tenido que esperar a que la buena mula me ayudara. La trama de la película es de un costumbrismo africano del que no estamos habituados a ver por estos lugares. La acción se sitúa en una aldea africana, da igual el país, da igual la región pues no pretende escenificar una realidad local, sino tratar el asunto en cuestión desde el mismo punto de vista que lo crea: la costumbre. Tenemos una aldea entonces donde existe una casa en la que residen las tres mujeres de un hombre cuya jerarquía consiste en la antigüedad de cada una. La que se casó primero manda sobre las demás, aunque lo hace respetando ciertamente las posiciones de cada una de ellas. A esta casa llegan varias niñas corriendo una mañana. Huyen de un grupo de mujeres entre las que se encuentran sus mismas madres y que pretenden practicarles la ablación. Este rito es considerado por estas mujeres como algo imprescindible para pasar a la edad adulta, para poderse casar y encontrar marido. “Es una tradición” y por tanto hay que cumplirlo. Pero las pequeñas están asustadas, naturalmente, y acuden a esa casa en busca de la protagonista, la segunda de las tres esposas. Ella será quien escuche sus plegarias y decida socorrerlas. Así que atando una cuerda al marco de la puerta de la casa, invoca el Moolaadé, o protección. Con esta costumbre -¿si fuera en occidente diríamos norma?- nadie estará autorizado a entrar en la casa sin permiso ni mucho menos a dañar a la gente que en ella permanece. La protección es tan fuerte que incluso los sabios del pueblo tienen la obligación de respetarla. Sólo puede ser desconvocada por aquella persona que la ha convocado. Se produce entonces una pequeña revolución en el pueblo. Todo el mundo habla de ello y las tramas secundarias de la película se verán afectadas por ésta.
Sirviendo la protección como excusa todo el que se siente a ver esta película podrá tomar nota de cómo se vive en África. Tenemos ante nosotros una película de carácter costumbrista, ese adjetivo para muchos deplorable por muy visto pero que en este caso resulta absolutamente revelador. ¿Se puede vivir en África? Parece ser la pregunta a la que quiere responder el costumbrismo. Sí, claro, en África se vive y se vive además feliz. Aquellos quienes tengan en la mente una vida complicada, sin descansos, sin treguas en la lucha por la supervivencia podrá comprobar que no todo es tan dramático como nos lo han pintado. Que no siempre hay catástrofes al acecho. Que las tinieblas no alcanzan cada rincón de la vida africana.
Claro que esto puede parecer una contradicción. Hablamos de una película que habla abiertamente de la ablación y, al tiempo, de un optimismo vital que provoca, al menos a mí me lo provocó, el pensamiento de qué hacemos en África. ¿Sería posible no hacerla nada, dejarla vivir a su manera sin decirle qué tienen que hacer y cómo? ¿Se acabaría África porque dejáramos, por ejemplo, de cooperar con ellos? ¿Por qué dejáramos de enviar expertos en gestión, en sanidad, en economía? ¿O acaso son los africanos y las africanas tan valientes como para poder vivir prescindiendo de esto? ¿Se atreverían a desaparecer de la tierra? Insensatos.
La película desprende un aroma de vitalidad inmenso. Son muchas las cosas que pasan en esa aldea, buenas y malas, pero ninguna de ellas hacen imposible la felicidad de los protagonistas. Los problemas que tienen son resueltos dentro de sus mismas redes sociales. Si es la mujer quien no quiere deshacer el Moolaadé, los ancianos del pueblo animarán al marido a que la obligue a esto. Aquí obtendrán las compañeras del género tema de donde sacar, sin duda –si es que no lo han hecho ya con el asunto de la ablación. Pero a toda estructura uno, o en este caso una, puede resistir y transformar. Por dura que parezca y por daño que provoque no hay nada contra lo que no se puedan buscar fórmulas. Y lejos de esos criterios occidentales del rompimiento de reglas culturales, de transformación y de occidentalización –no quiero hablar de modernización porque me emociono entonces- el autor de la película nos demuestra cómo se puede hacer a la africana. Es muy fácil, si lo intentas.
Toda una declaración de intenciones la de esta película que tuve el gusto de disfrutar en tan grata compañía, nadie la va a desperdiciar si se atreve con ella. Sin duda cambiarán muchas cosas sobre cómo ver África y, quizás, con la próxima película que Occidente haga sobre África no seremos tan condescendientes.
martes, septiembre 04, 2007
Gestión por objetivos

Mientras tantos llevan a sus quince compañeros en presencia del jefe superior. Durante varios días dispone de sesenta hombres. Otra vez la misma comedia del rescate. ¿Quién quiere hacerme un regalo? El que me dé una cabra podrá volver a su casa”. Aunque el sacrificio es enorme, es mejor aceptarlo que reventarse a trabajar en una plantación. “Yo te doy una cabra”, dice uno. “No quiero tu cabra”, contesta el jefe, que hace tiempo le ha echado el ojo a la mujer del desdichado. Sabe de antemano quiénes van a partir pase lo que pase, es preciso que sean ellos, y si el jefe lo tiene decidido no hay más que hablar. Alguno estaría tentado de abogar por su causa al pasar a la subdivisión, para tratar de quedar libre, pero no puede hacerlo, porque se expone a toda clase de persecuciones del jefe superior, de su jefe de poblado y de todos los mensajeros.
[…]
Los enrolados ya están en la subdivisión. Pasan un reconocimiento médico. El médico, si no tiene escrúpulos, ve llegar a los hombres con un profundo disgusto y se dice: “Que hagan el trabajo los enfermeros”. ¡Los enfermeros están de enhorabuena! Porque así ellos también pueden decir: “Si me das un pollo te declaro inútil”. Otro recibirá la visita de su concubina: “Éste es mi hermano, suéltale, pon en su lugar a un enfermo al que hayas dado de baja”.
[…]
Por último, cuando se ha completado el contingente, pueden ir a las plantaciones, bajo la atenta mirada de los policías. “¿Y nosotros, vamos a hacer el primo? Si me das dos francos esta noche te sustituyo por otro”.
Testimonio de la señora Dugast, Yaundé, Camerún, 1942.
“El estado en África”
Jean François Bayart
lunes, agosto 27, 2007
Una dama llamada Historia y África

viernes, agosto 10, 2007
Jerarquías

"Una especie de manía, amigo mío, se apoderó de este mundo loco e impredecible, la manía del desarrollo. ¡Todo el mundo quería desarrollarse! Todos pensaban en cómo desarrollarse, pero no de una manera natural, acorde con las leyes divinas, eso de que el hombre nace, se desarrolla y muere, sino en cómo desarrollarse de una manera espectacular, dinámica y potente; en hacerlo de forma que todos lo admirasen [...] se percató [de esto] el Emperador, viendo las ventajas y los atractivos de la costosa novedad, y como siempre había mostrado cierta debilidad por todo progreso, más aún, como le gustaba el progreso, en aquella ocasión también se revelaron en él un bondadoso deseo de actuar y una manifiesta ambición de, transcurridos unos años, oír gritar a un pueblo saciado, agradecido y lleno de gracia: <<¡Vítor! Éste sí que nos trajo el desarrollo>>"