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lunes, febrero 23, 2009

Imagining the Congo, de Kevin C. Dunn (II)

Cuando en 1960, el 30 de Junio, el Rey Balduino concede la independencia al Congo, tres discursos se enfrentarán entre sí. El discurso belga será internamente doble. Por un lado los socialistas verán la necesidad de independizar el Congo para conservar sus intereses en la zona, mientras que los conservadores creen que la inmadurez de los congoleños les hará caer en manos del comunismo internacional. Siempre presente estará la política del “Notre Congo”, que implica una condescendencia hacia los congoleños y un derecho de actuación en lo que se consideraban asuntos internos de lo belgas. Frente este discurso colonial, Lumumba, líder congoleño, ejercerá otro bien distinto entendiendo la soberanía no como un regalo del padre belga, sino como un derecho del pueblo congolés. Lumumba dispondrá de un discurso nacionalista que hablará de explotación belga de los congoleños. Este discurso nacionalista, aceptando las fronteras delimitadas por el colonialismo, se enfrentará a las interpretaciones más regionales de otros líderes congoleños como Tshombe y Kasavuvu.

La tercera visión del conflicto residirá en los EEUU. Los norteamericanos tendrán una triple visión con respecto al congo. Un doble paternalismo, hacia los mismos congoleños, a los que debe ayudar a salir del caos, y hacia las potencias coloniales, que necesitan ser ayudadas. Otra visión de EEUU en la zona será la dicotomía de la Guerra Fría, viendo en el conflicto elementos desestabilizadores del enfrentamiento intersistémico. Por último, y quizás a consecuencia de las otras dos visiones, EEUU percibe a Lumumba como el generador del caos. La demonización de la figura de Lumumba provocará que EEUU considere eliminarlo físicamente.

La muerte de Lumumba llevará a un periodo de lucha por el poder que contribuye a la visión del Congo como caos. Frente a ella se alza en 1965 la figura de Mobutu, militar apoyado por EEUU que se hará con el poder mediante un golpe militar. Mobutu supo aprovechar muy bien las imágenes que desde el exterior se tenían del Congo. Hizo ver a EEUU que la única solución posible para el Congo era él. Mobutu era igual a estabilidad, sin él sólo habría caos. Como EEUU no tenía más que la visión de que un Congo en caos propiciaría su entrada en el bloque soviétic, y eso a pesr que la URSS había utilizado a Lumumba sólo publicitariamente, sin llegarse nunca a plantear, según Dunn, una intervención. La URSS terminó por apoyar a este militar capaz de ver comprometida su voluntad si el dinero era el suficiente.

El discurso de Mobutu fue el primer discurso surgido de la tierra congoleña en introducirse en las redes discursivas occidentales. Esto fue posible por su disposición de medios, antes no conocida por congoleño alguno. Desde su púlpito, Mobutu inició la llamada campaña de “Autenticidad”, borrando toda reseña colonial de la región. Obligando a africanizar los nombres de sus propios ciudadanos, impidiendo los nombres en francés, él mismo se cambió de Joseph Mobutu a Mobutu Sesee Seco, renombrando el río y el país, al que se pasó a denominar Zaire. Esta política tuvo mucho éxito en la naciente ideología del tercermundismo, pues era vista como un barrido con la historia colonial. Sin embargo la política de “Autenticidad” se fue transformando poco a poco en una política de culto a la personalidad de Mobutu, en el mobutismo. Emergiendo como la figura responsable de todo el orden y estableciendo una privatización del Estado zaireño, Mobutu se hizo con el control del Estado. En los discursos encaminados a las potencias occidentales, Mobutu reforzó la imagen que de él tenían los EEUU. Asegurando la estabilidad de Zaire, EEUU le consideraba el mayor aliado en la zona.

La llegada de los 90 propiciará cambios importantes en la zona. El fin de la Guerra Fría hace que EEUU pierda su interés en la zona y provoca que, en el plano internacional, sean los DDHH y no los intereses nacionales de cada país, los encargados de juzgar a los regímenes. Con los acontecimientos del genocidio de Ruanda, EEUU volverá a mostrar a Mobutu como su aliado en la zona, reforzando sus lazos y regresando a la dicotomía Mobutu o el caos. Sin embargo, otra imagen dominará la región desde mediados de los 90. Es la imagen del cáncer. Cáncer que sufría Mobutu y por el que morirá en 1997, cáncer para el Zaire que era considerado Mobutu, que será derrocado por la rebelión de Kabila, y cáncer del mobutismo zaireño para el nuevo régimen de DDHH y desarrollo en la región.

La política de la región en los 90 dejará de moverse exclusivamente por motivaciones internacionales, y pasará a una regionalización de la misma. En ella, las relaciones del régimen de Mobutu con Uganda, Burundi, Ruanda, Sudán, Angola o Zimbabwe, determinarán los apoyos de uno y otro bando. Kabila logrará movilizar a las tropas del este con el apoyo de Ruanda y Uganda, haciéndose con el control del país en poco tiempo. El discurso que Kabila ofrecerá será el de un regreso a las políticas lumumbistas, la demonización de Mobutu y el restablecimiento de la identidad congoleña. Se recuperará la bandera premobutista y se renombrará al país como República Democrática del Congo. Sin embargo, un nuevo elemento del discurso terminará por hacer más complejo el conflicto. Mobutu, antes de caer, llevó a cabo unas reformas de pretendida democratización, adaptando formalmente su régimen a los requisitos de la comunidad internacional. Se creó un Parlamento del que salió una lucha regional en Kivu. Mobutu cometió el error de crear una lucha entre diferentes etnias, y eso provocó el levantamiento de fuerzas identitarias que él no controlaba. Kabila, haciéndose fuerte en estas relaciones de identidad logró el apoyo necesario para hacerse con el poder. Sin embargo, el propio Kabila llevó una política de régimen étnico, lo que provocó su salida y su asesinato por no beneficiar a aquellas etnias apoyadas por Uganda y Ruanda.

El discurso del Nuevo Barbarismo ha vuelto a tomar los acontecimientos del Congo, como siempre se ha hecho a lo largo de la historia, como paradigma de la política africana. Según esta explicación simplista, lo africano no es susceptible de ser democratizado, de ser modernizado y, por tanto, no merece la pena actuar para con ello.

miércoles, febrero 18, 2009

Imagining the Congo, de Kevin C. Dunn (I)

El libro de Kevin Dunn trata sobre las relaciones del Congo con los agentes exteriores según el discurso de la identidad, de hecho su subtítulo es toda una declaración de intenciones: The International Relations of Identity. Desde el principio, Dunn afirma que estudiar la identidad del Congo es estudiar las imágenes que de África se tienen en occidente. En él la imagen colonial recreó todos los mitos sobre África asentándolos como hechos irrefutables, lo cual explica su permanencia hasta estos días. La imagen del Corazón de las tinieblas de Conrad aún no ha desaparecido, creando un complejo bloque de imágenes las cuales primeramente las disfrutaban los colonizadores, más tarde se mostraron en las relaciones entre éstos y los colonizados y, por último, entre los mismos colonizados. En una obra de similar planteamiento al estudio del orientalismo que hace Edward Said, Dunn nos acerca a la historia de una región que, como tal, no existía hasta que los europeos la crearon y que al sufrir una colonización tardía, muestra de manera brutal las derivas del colonialismo y de las políticas posteriores respecto a África. Dunn estructura el libro en 4 grandes capítulos que solapan los 4 momentos más importantes de la historia congoleña, a saber: Colonización, Proceso de Independencia, Gobierno de Mobutu (Zaire) y caída de Mobutu y rebeliones desde el este del país.

El proceso tardío de colonización del Congo implicó la creación misma del espacio físico de la colonia. Antes de llegar los europeos, la región del Congo no mantenía ninguna estructura institucional común. Los europeos, en concreto Leopoldo II y Stanley, fueron los que crearon una identidad espacial, delimitada con fronteras, donde se homogeneizó a todas las poblaciones africanas que en él residían. La “ciudadanía” congoleña, por tanto creada por los belgas, fue concebida como incapaz de ser realizada o desarrollada por las poblaciones africanas. Al africano se le concibo como un ser más animal que humano, materialista y de él surgieron dos imágenes realmente importantes en la historia del Congo. Se le feminizó, es decir, se le adjudicaron los elementos que la identidad europea otorgaba a las mujeres, por tanto eran incapaces de salvarse a sí mismos, debían ser salvados. Por otra parte, eran conceptualizados como un “hijo” lo que establece a los europeos como “padres” que han de guiar a su hijo por el buen camino. Estas dos imágenes van a resultar muy importantes, y podemos rastrear su presencia a lo largo de todos los discursos occidentales, no sólo sobre el Congo, sino sobre toda África.

El Rey Leopoldo II consiguió, a su vez, la creación de una identidad nacional belga en el espejo de la identidad congoleña. Bélgica se concebía a sí misma como una nación poderosa capaz de mantener un imperio en pié. Así mismo, y en el plano más materialista, Leopoldo II vio en la posesión de colonias la manera más rápida de desarrollar la economía belga, sustrayendo materias primas que, como el caucho, tenían una nueva importancia creciente. La intervención colonial belga fue duramente criticada por la campaña del Movimiento para la Reforma del Congo iniciado en Gran Bretaña. Este movimiento demuestra que, a pesar de las feroces críticas que se hizo a Bélgica por sus métodos colonizadores, no se planteaba ninguna crítica a las concepciones sobre los africanos. Leopoldo II se hace con la colonia en un intento de liberar a los africanos del yugo esclavista árabe (imagen femenina). Civilizando a estas poblaciones, las situaciones de esclavitud ya no se volverían a producir. Este discurso belga chocó con las denuncias de dicho Movimiento que, en su campaña del “Caucho Rojo”, denunció la brutalidad de los métodos empleados. Detrás de estas críticas no se escondía más que el rechazo al establecimiento del monopolio comercial belga en la región pues, cuando en la Conferencia de Berlín Leopoldo II logra el apoyo para legitimar su presencia en la zona, lo hace con la particularidad de no ser una colonia estatal, sino una colonia propiedad del rey, asociada a la Asociación Libre del Congo y con la obligación de establecer unos mecanismos que aseguraran la creación de una zona de libre comercio. Cuando la campaña del “Caucho Rojo” estalla, no lo hace para criticar la necesidad de civilizar el Congo, sino para criticar que el libre comercio se encuentra limitado.

lunes, octubre 01, 2007

El fracaso del retorno del hombre blanco


Existe una cosa en el imaginario social del periodismo que a la que se le llama Comunidad Internacional. Ésta sería un ente o conglomerado de ideas, una voluntad colectiva compartida por estados, organizaciones internacionales y organizaciones de la sociedad civil internacional –otro mito que quizás debiéramos desmentir- que provoca la necesidad de actuar en los asuntos internos de un estado. La Comunidad Internacional siempre se personaliza en alguien. Siempre hay un alguien internacional que se erige en portavoz de esta voluntad colectiva por lo general no debatida y, también por lo general, traducida en la intención y visión de aquél que se vuelve portavoz. Es, por tanto, el momento en que aquél que desea realizar una acción en lo internacional reúne el apoyo no estructurado y frecuentemente no formalizado del resto del mundo, del planeta y todos sus seres vivos. Es el momento de que alguien venga y les diga a éstos o a aquéllos que no se enteran de lo que tienen que hacer. Que todo el mundo lo ve, los culpa y, por tanto, van a ayudarles a ayudarse a sí mismos. Es lo más parecido a un psicoanálisis que vamos a encontrar en la política internacional. Y ya sabemos todos lo que opinamos de los psicoanálisis.

Pero ocurre que, abundantemente, este análisis que la Comunidad Internacional hace de una situación política determinada es erróneo pues tiende a olvidarse de tomar en consideración todas aquellas actividades que la propia Comunidad, cuando no el mismo portavoz en primicia, realiza para contribuir al empeoramiento del estado de la cuestión. Un caso evidente de todo esto ha sido históricamente el del estado congoleño – el de Kinshasa, no el de Brazzaville- acuciado de múltiples problemas que han impedido un transcurso normal de la política, normalizando la guerra y la política de guerra que ha dominado el espectro social de los congoleños y congoleñas.

En este mismo blog hemos hablado multitud de veces de lo que hoy se denomina la República Democrática del Congo. Pero en estos breves análisis nos habíamos detenido en la figura de Laurent Désiré Kabila y habíamos preferido no lanzarnos a la aventura de analizar la guerra que siguió a su asesinato más que de una manera débil y todo ello debido a no querer correr el riesgo de equivocarnos en el análisis de tanta polvareda. Este blog, escrito desde Madrid, no había sido capaz de analizar la situación en un país donde España tiene enviados tropas bajo bandera de la ONU, donde su embajada ha sido atacada en más de una ocasión y donde durante este tiempo ha existido incluso un incidente de retención de españoles desplazados a Kinshasa por proyectos de adopción internacional. Procedemos entonces a saldar una deuda.

Cuando Kabila es disparado por uno de sus guardaespaldas el país congoleño está siendo nuevamente invadido por tropas ugandesas, ruandesas y de Burundi. Ya lo había sido anteriormente, pero esa vez todas habían asumido el liderazgo del propio Kabila en pos del derrocamiento del enfermo Mobutu. En el nuevo ataque la intención era derrocar el régimen de Kabila sencillamente porque éste había incumplido sus compromisos en el proceso de derrocamiento mobutista. Cuando Kabila llega a hacerse con el dominio de Kinshasa y por ende del Congo, además de renombrar el país –antes se llamaba Zaïre-, se olvida de las alianzas étnicas que habían conducido a su liderazgo. Marginando a unas etnias y utilizando políticamente a otras, Kabila aparta de su círculo decisorio a los aliados de Uganda, Ruanda y Burundi cometiendo el error de considerar poco peligrosas las respuestas de todos ellos. Además comete otro error: trata de renegociar las concesiones sobre recursos que había concedido a diversas empresas extranjeras durante una época, la de la guerra, en la que necesitaba liquidez y de la que jamás pensó que iba a ser tan corta. Planificando los contratos como si la liberación de Mobutu fuera a costar 15 años, y no previendo el derrumbamiento del castillo de naipes en apenas unos meses, Kabila empeño el futuro de su gobierno fuera de las élites étnicas de sus tres aliados y vecinos.

Kabila muere, y a le sucederá su hijo Joseph Kabila. El nuevo dirigente se verá en la necesidad de enfrentarse a un ataque desde el Kivu que, contrariamente a lo esperado, se divide en tres amplias zonas de influencia. Con uno de los frentes debilitado y el otro convertido en tres subgrupos enfrentados a sí mismos, la situación de la República Democrática del Congo queda pues a la espera de la voluntad de diferentes señores de la guerra quienes saben muy bien sacar provecho del conflicto. La Comunidad Internacional, esa voz que siempre acierta, se pasa años y años obteniendo concesiones de explotación de recursos en el país africano. Negocian con los señores de la guerra un suministro de coltan y otros minerales en los que el Congo es verdaderamente rico y los legalizarán cruzando la frontera hacia Burundi, Ruanda o Uganda.

Es el momento en que la situación está estancada. La vergüenza de un conflicto iniciado y sostenido por agentes internos e internacionales llega a ese otro mito de la sociedad civil global y termina por propiciar la cara buena e intervencionista de la Comunidad. Se crea, bajo el auspicio del Consejo de Seguridad de la ONU, el llamado Diálogo Intercongoleño (2001-2003) con la intención de sentar a esos negros y que se pongan de acuerdo para repartirse el pastel de una manera no violenta. Qué sería de África si el hombre blanco no la ayudase.

La solución encontrada para el reparto es básicamente la de un gobierno de unidad nacional en el que habrá un solo Presidente y cuatro Vicepresidentes, en representación en cada una de las facciones en guerra. El mensaje de la Comunidad Internacional es bien claro: legitima a aquéllos que han hecho la guerra en perjuicio de quienes optaron por no armarse. Con el gobierno de unidad se establece un calendario electoral con vistas al año 2006. Hoy hace un año de la segunda vuelta de estas elecciones que nunca llegaron a buen término por considerarse extrañas a los congoleños y congoleñas, impuestas por ese ente superior que es la Comunidad, y que sólo han contribuido para dividir aún más al país pues de sus resultados observamos una división entre las provincias del Este, a favor de Joseph Kabila, y el Oeste a favor de Jean-Pierre Bemba. A parte quedan las dos regiones del Kasai, que no se pronunció por ninguno de estos dos líderes.

Del proceso de democratización en el Congo podemos discernir los errores clásicos de los procesos del sistema internacional en África. En ningún momento de la intervención política se tuvieron en cuenta las causas de justicia, primando por entero la voluntad de no ofender a los combatientes, se deslegitimó la política a favor de violencia. No se permitió saldar las deudas de los crímenes de guerra a través de juicios ni se planteó la posibilidad de que los recursos naturales del Congo sirvieran para beneficio de la población y no de los países ricos.

Hoy día, después de los diálogos, de los envíos de tropas, de las elecciones a dos vueltas, de todas las buenas intenciones que la Comunidad Internacional ha tenido para enseñar a estos negros a ser civilizados resulta que tenemos una República Democrática del Congo en donde son los señores de la guerra, una serie de criminales, los que dominan el territorio y saquean los recursos que venden a buen precio a las empresas multinacionales.

viernes, junio 22, 2007

Rumble in the Jungle

El mundo era otro, naturalmente. Cada acción, cada gesto que se hiciera en público contribuía a posicionarse ideológicamente en cualquier bando. Porque entonces los bandos se llevaban. Cada uno con su lucha, todos en el campo de batalla que le tocara y sólo la victoria absoluta como meta.

Un joven de Lousiana crecía en ese mundo, tratando de sobrevivir y de buscarse la vida con lo que mejor sabía hacer, pelear. El boxeo apareció en su camino y su genio sólo pudo obligarle a ser el mejor de todos los tiempos. Decidido a conquistar el mundo, Cassius Marcello Clay, que así se llamaba el muchacho, logró derribar una torre que parecía demasiado alta para ser derribada. Sonny Liston besó la lona y nada excepto el Sol estaba más alto que Clay.

Sin embargo, al bajar del ring le obligaron a cambiar de campo de batalla. EEUU estaba metido en una guerra sin sentido, y él era el elegido para demostrar al mundo que todos estaban en la obligación de participar en ella. La misma lucha que demostró Clay encima de un ring le hizo rebelarse contra el sistema y en lugar de luchar en la selva vietnamita decidió luchar en lo social y en lo político. “Nada tengo contra el Viet Cong, ningún Viet Cong me ha llamado negro”.

Para entonces ya había cambiado su nombre de esclavo por su nombre de hombre libre y africano: Muhammad Ali. Había cambiado de religión uniéndose a los Hermanos Musulmanes Negros, la religión que decía ser la suya, la de un hombre africano secuestrado por el blanco en un continente que no era el suyo.

Este hermano en el Islam fue condenado con 5 años de cárcel y una multa económica por negarse a acudir a la llamada a filas. Nada era nuevo para él, si el hombre blanco ya le había secuestrado una vez bien podía volver a hacerlo ahora. Pero lo que más le dolió fue que le retiraran aquello que había conquistado con pleno derecho: el Título de Campeón del Mundo de los Pesos Pesados. Liston había caído en la lona para nada, para que luego los hombres blancos de la corbata decidieran quitárselo.

Su licencia pugilística le había sido retirada por la Federación Norteamericana de Boxeo y, por tanto, se le impedía luchar dentro de los EEUU. No hubo problemas, si quería reconquistar el título lo haría en otro lugar que no fuera EEUU. Apareció Mobutu Sese Seko, dictador zaïreño, y ofreciendo una bolsa a repartir entre los dos púgiles de una cantidad incalculable para la época, el combate se llevó a Kinshasa.

Rumble in the Jungle. El slogan del combate lo decía todo. Ali, que ya peinaba 32 años, se enfrentaría al campeón George Foreman, con sus insultantes 25. La lucha estaba servida. Ali tenía la oportunidad de demostrar que su lucha era legítima, que su honor seguía intacto y que la raza negra seguía de pié, esperando a que el esclavista volviera sobre sus pasos para lograr le revancha.

Los ámbitos político y deportivo se identificaron. Ali era el representante del pueblo africano, del pueblo colonizado. Foreman se defendió: “Soy más negro que Muhammad Ali”. Pero de él ya no se creía nada. Había aparecido en el podio de México 68 con una bandera de los EEUU y esa imagen contrastaba con la de los puños negros de los atletas. Foreman era blanco y Ali era negro. El esclavista frente al esclavo. La dignidad de un pueblo frente a la dominación del mundo.

Para terminar de arreglarlo, Foreman llegó al aeropuerto de Kinshasa con un pastor alemán de la mano. El mismo tipo de perro que el colonizador belga llevaba durante sus represiones. No contento con ello, Foreman se instaló en el hotel más caro de la ciudad, aislado del pueblo africano. Por el contrario, Muhammad Ali salía a entrenarse por las calles de Kinshasa, donde se le unían cientos de congoleños y le acompañaban en su carrera diaria. Vivía en un barrio modesto de Kinshasa, se paraba a hablar con todo aquel que le reclamara. Era el hombre del pueblo, el que les defendería de los ataques coloniales.

Comenzó la pelea. Era el 30 de Octubre de 1974 y todo el planeta estaba observando aquello que ocurría en el corazón de África, en el corazón de las tinieblas. Ali rompió sus esquemas. Ya no “volaba como una mariposa y picaba como una abeja”. Se quedaba quieto en las cuerdas y Foreman sólo tenía que golpearle. Ali apenas se defendía a pesar de los gritos de su entrenador desde la esquina. África estaba siendo golpeada por el hombre blanco otra vez y el público asistente que se dio cuenta de ello se puso a decirle a Ali lo que tenía que hacer: “¡Ali bomaye! ¡Ali bomaye! -¡Ali, mátalo! ¡Alí, mátalo!

Foreman no castigaba a Ali de la manera normal, golpeando la cara, sino que buscaba su cuerpo. El objetivo estaba claro: había que inmovilizarle, dejarle a su servicio, doblegar su voluntad. Ali lo sabía pero no hacía nada para evitarlo. Se daba cuenta de que, poco a poco, los golpes de Foreman llegaban con menos fuerza hasta que al final del séptimo asalto éstos ya carecían del ímpetu que debían. Comenzó el octavo, y Ali pudo culminar su estrategia. El contrincante se había cebado, estaba lleno de su propio desgaste y sólo quedaba descargar contra él su ira. La ira y la venganza de todo un pueblo ultrajado. Ali comenzó a golpear y pronto, más pronto de lo que él mismo se esperaba, el cansado Foreman calló a la lona en una de los knock-out más espectaculares de la Historia del Boxeo.

No sirvieron excusas, el hombre negro había derrotado al hombre blanco tras esperar que éste le vejara y consintiera. La metáfora se había cumplido. Foreman volvía a ser negro, también él podía alegrarse.

viernes, octubre 06, 2006

El conflicto que se vuelve internacional

Retomando la senda de la explicación de los acontecimientos históricos en la República Democrática del Congo y tras explicar en dos entradas anteriores el proceso de descolonización que sufrió el país así como la llegada al poder del dictador Mobutu Sese Seko -quién seguramente protagonizará más entradas en el futuro de este blog- hoy partimos hacia mediados de los años 90, cuando dicho dictador cayó a manos de una revolución empezada -quién se lo iba a decir- en un pequeño Estado vecino: Ruanda.

Los acontecimientos ocurridos en Ruanda, donde una parte de la población, Hutus, se dedicó a perpretar la desaparición física de la otra parte, Tutsis y Hutus que no participaban del movimiento, tendrán repercusiones funestas para la subsistencia del régimen de un Mobutu afectado de cancer.

Por una serie de cuestiones que no vienen al caso, los perpetradores del Genocidio de Ruanda logran escapar como refugiados políticos a la frontera con Zaïre. Allí, desde los campos de refugiados, se establecerán distintas estrategias para desestabilizar al gobierno ruandés. Sin embargo pronto estas actividades darán un giro de 180 grados. La lucha se situará frente al gobierno del Zaïre, quien por su parte rechaza y combate a los refugiados. Estos militares Hutus se unirán a la disidencia zaïreña liderada por Laurent Kabila formando un grupo que, con el apoyo final de los otros tres países de los Grandes Lagos fronterizos con Zaïre -Uganda, Burundi y Tanzania- iniciarán una revuelta que irá tomando posiciones desde el Noreste del país hasta la capital Kinshasa, al Suroeste.

Los rebeldes de Kabila lograrán conquistar la capital en poco tiempo avanzando de una manera relativamente rápida. Cuando ésta se encuentra sitiada, la familia de Mobutu Sese Seko ya ha logrado desmantelar la mayoría de sus centros de poder. Por entonces el gobierno -formado en su mayoría por estos familiares- sólo ejerce el control sobre las casas de sus miembros y Mobutu huye refugiado por el Reino de Marruecos. El resto del país, si no está controlado por los rebeldes, lo está por la población armada. Kabila termina llegando al poder en Septiembre de 1997 tras 11 meses de rebelión y logra configurarse como el líder del nuevo Zaïre, un país que rechazará la política acaparadora de recursos financieros que tuvo el dictador Sese Seko y que se presenta al mundo como una nueva esperanza para la población africana.

Kabila tomará una serie de medidas institucionales como el cambiar de nuevo el nombre del país. De Zaïre, volverá a ser Congo. República Democrática del Congo, como se la conoce hoy en día. "Democrática", sí, en clara alusión a los nuevos criterios que los donantes internacionales establecen para participar de la Cooperación Internacional y no de su filosofía política. Cambiará la bandera, de esa verde con un sol amarillo que antes explicábamos, se volverá al fondo azul celeste y las 7 estrellas doradas, la colonial. Estos dos hechos escenifican muy bien cuál es la política de Kabila. Llegar a ser un país susceptible del respeto por parte de los grandes socios internacionales, obtener recursos de la Cooperación Internacional, recrear el feudo que antes tenía Mobutu, pero con otro estilo.

Sin embargo Kabila está comprometido con las facciones Hutus de la rebelión a dar a esta etnia un poder y una presencia en los poderes públicos que resulte mayoritaria frente a otras, mientras que, poblacionalmente, los Hutus son una minoría muy localizada en la región fronteriza con Rwanda y Burundi, el Kivu, allá donde estalló la rebelión. La mayoritaria presencia de hutus en el poder congoleño levantará muchos malestares en otro tipo de etnias y Kabila decidirá jugar a la política etnificada olvidándose de otros principios.

Politizando las etnias, Kabila abandonará su apoyo a los hutus y terminará marginándoles en beneficio de otras. Con lo que él no contaba era con el nuevo renovado apoyo de Tanzania, Burundi y Uganda a los líderes hutus. Volviéndose a levantar en la región del Kivu, como varios años antes habían protagonizado junto a Kabila, la nueva rebelión comenzó a extenderse por todo el país. De nuevo de Noreste a Suroeste. La diferencia con la rebelión de Kabila es que esta vez las facciones no están unidas en torno a un líder, sino que existen varios de ellos apoyados por uno u otro país. Tanzania, Uganda y Burundi tendrán sus propios elegidos quienes, además, obtendrán cuantiosos beneficios de la explotación de recursos naturales existentes en las zonas por ellos controladas y terminarán por asentar los frentes de batalla, sacando mayor partido a la guerra en sí misma que a la posibilidad de lograr el poder. Se extienden los señores de la guerra por todo el país que se alían y traicionan entre ellos y entre compañías multinacionales extranjeras que ven en la situación un filón para obtener los minerales necesarios para fabricar sus productos -móviles suecos en su gran mayoría.

Kabila, por su parte, terminará por morir a causa de los disparos de uno de sus guardaespaldas el 16 de Junio de 2002, dejando un país regido por los señores de la guerra y a su hijo, Laurent Kabila Jr., al mando del gobierno de la República Democrática del Congo.

viernes, septiembre 08, 2006

Autenticité

Ver una foto de él es ver la representación colectiva que occidente tiene de un dirigente africano. Gorro de leopardo a juego con su chaqueta. Gafas de pasta de tamaño grande. Ceño fruncido y bastón de mando en una mano.

Mobutu Sese Seko fue un símbolo que gobernó el Congo empezados los 60 hasta finales de los 90. Se encargará de atrapar a Lumumba en la trampa de Katanga a pesar de que él mismo le había ascendido durante la crisis de la independencia. Vendiéndolo a los americanos, Mobutu empezará a parecer ante los ojos de Washington como el único capaz de gobernar el corazón de las tinieblas. Él era el único aliado de confianza en una zona donde la URSS ya estaba apoyando en la desestabilización –en Mozambique y Angola había guerrillas de sesgo comunista que luchaban contra los portugueses.

Cuando da el golpe de estado que le lleva a asumir el poder, Mobutu tiene la confianza de la administración norteamericana para imponer la ley y el orden en el Congo, pero le falta un carisma entre la población africana como el que tenía Lumumba. En 1966 empieza lo que llamó la política de autenticité. La premisa será la de acabar con cualquier retazo de la presencia colonial en el país. Para realizar esto se cambiarán los nombres de las ciudades –hasta ahora con nombres como Leopoldoville, Stanlyville, etc.- por nombres africanos –Kinshasa, Lubumbashi, Kananga, Goma, …-, se cambió el nombre del río y, por ende, del mismo país al que daba nombre. Ahora ya no hablaremos de Congo, sino de Zaïre. Incluso, Mobutu obligará a cambiar de nombre a todos sus ciudadanos. Imponiendo como norma que quien no cambiara su nombre colonial por otro africano perdería la ciudadanía y por tanto sus derechos, él mismo ejemplarizará con su cambio de nombre. Joseph Mobutu pasará a ser conocido desde entonces como Mobutu Sese Seko, o literalmente “Potentísimo Guerrero”.

Esta política de pérdida del sesgo colonial captó muchos elogios en el plano internacional tercermundista –no hay que olvidar que el tercermundismo estaba entonces imponiéndose como ideología alternativa a la política de bloques- hasta el punto de que se pasará por alto su sabida alineación con el bloque norteamericano y se le verá como uno de los grandes líderes de los no alineados. Mobutu gana el prestigio necesario para ser aceptado por los líderes africanos y del resto del mundo y decidirá potenciar aún más esta imagen cambiando la bandera de su país. Si hasta entonces la bandera de Congo había sido la bandera creada por los belgas, fondo azul celeste con siete estrellas doradas en referencia a las siete provincias que tenía el país, ahora se adoptará otra de un claro significado africanista. Por entonces la idea de que África debía unirse políticamente estaba muy presente y los discursos como los de Nkrumah llamando a las naciones africanas a unirse frente a los poderes neocoloniales se mostraban al mundo como un símbolo de rebeldía de las tierras oprimidas. El color de este símbolo fue el verde, y así se estableció que fuera la bandera de Zaïre. De fondo verde y con un círculo amarillo simbolizando el Sol de África, dentro del cual una mano –negra, por supuesto- sostenía la antorcha roja de la victoria.


Sin embargo le sigue faltando la fuerza interior que complemente su poderío militar. Para conseguirlo se adueñará del mito Lumumba y comenzará una discursiva de empatía con el extinto líder africano al que él mismo había ayudado a asesinar. Gracias a esto es capaz de atraerse o anular a la oposición política quedando sueltos los políticos más pragmáticos que para nada tenían en mente una revolución frente a occidente. Para estos Mobutu desarrollará lo que a la postre será su gran plan de construcción de Zaïre: la política patrimonialita. Privatizará todos los sectores del Estado poniéndolos en manos de familiares y gente afín a su causa.

Todo esto hizo de Mobutu el hombre capaz de construir la Nación zaïreña. De situar a su país en el centro de la escena tercermundista. De suponer el bastión de EEUU en la zona, capaz de crear grupos como el FNLA en Angola que se opusieran los comunistas. De sustentar y entrenar las rebeliones pro-occidentales que surgieron en África y de crear la dicotomía “o yo o el caos” ante los ojos de las distintas administraciones norteamericanas.

miércoles, agosto 23, 2006

Katanga, 1960

Cuando en la década de los 50 un profesor belga propuso en un artículo un plan para la independencia del Congo Belga en poco más de 30 años todo el mundo se escandalizó. Los belgas se escandalizaron porque entendían que en 30 años no daba tiempo a educar a los cuadros necesarios –entiéndase afines- para el autogobierno. Los congoleños se escandalizaron porque la independencia debía y tenía que ser ya.

Así sucedió. En 1960 un nuevo país veía la luz. El Congo, liderado por un político nacionalista pero claramente partidario del bloque occidental en plena lucha de la Guerra Fría. Patricio Lumumba había conseguido destacar entre la amalgama de líderes congoleños. Había logrado el liderazgo tras su ímpetu en visitar cada región del país. Su estrategia de un Congo para los congoleños triunfó frente a líderes menos carismáticos que ofrecían discursos de proximidad a los belgas o de completa entrega a uno de los bloques que regían el orden internacional. Además, al recorrer infinidad de localidades –aún por muy pequeñas que éstas fuesen- Lumumba se hizo el candidato más conocido del vasto país africano.

La vida tranquila de un Congo independiente duró poco pues la región más rica de todo el país, Katanga, declaró su secesión apoyada por militares belgas. La joya de la corona del colonialismo belga había de ser conservada. Fue entonces cuando la política del Congo dio un brusco giro hacia lo que se dio en llamar una gran anarquía. La ONU realizó un polémico envío de tropas de interposición –polémico porque las mandó por primera y última vez en la historia la Asamblea General, órgano que no está habilitado para ello-, Bélgica hacía desplegarse a su cuerpo de paracaidistas y el mismo Secretario General de Naciones Unidas del momento, el sueco Dag Hammarskjöld, se encargó de mediar entre las partes. Dicho Secretario moriría en este país cuando un misil tierra-aire, que nunca se supo quién disparó, derribó su avión en mitad de la selva.

Lumumba acudió a Nueva York con el doble fin de entrevistarse con la Administración norteamericana y con los diplomáticos de Naciones Unidas. Su objetivo era simple: hacerles ver que estaba posicionado del lado occidental en la contienda fría, y que su único pecado frente a Bélgica había sido reclamar los recursos naturales del Congo para los propios congoleños. En ninguna de las dos sedes fue escuchado y pesaron más las voces de los colonialistas belgas que veían a Lumumba como un enemigo de corte radical. Lumumba fue etiquetado como líder pro-soviético y se le cerraron las puertas de cualquier embajada occidental. Debido a esto, Lumumba acudió a la URSS para tratar de salvar a su país. Los dirigentes soviéticos no dudaron en confirmarles su apoyo –el Congo tenía y tiene una posición estratégica muy importante por sus recursos y por sus fronteras. Sin embargo cuando llegó la hora de la verdad los soviéticos se desentendieron de lo que le pudiera pasar tanto al país como al líder congoleño.

Cuando Lumumba regresa de Nueva York, Bélgica termina por perder el control de la situación y deja de ser el referente internacional, la voz autorizada como potencia colonial para definir e interpretar la situación. Será sustituida por EE.UU., quién decide intervenir al estilo de la Guerra Fría y será desde entonces el director de los acontecimientos. Emisarios de la CIA envalentonarán al principal opositor de Lumumba en el gobierno para que decida su arresto, que se transformará en arresto domiciliario ante la presión popular. Más tarde, los mismos norteamericanos sacarán al líder congoleño de su casa con la intención de entregarlo en Katanga a sus enemigos. Sin embargo Patricio Lumumba no terminará de llegar a su destino. Es asesinado por el camino por sus captores dejando tras de sí un legado político de enorme movilización frente a los poderes coloniales y una élite política congoleña descabezada y dividida.

La muerte de Lumumba supuso el fin del buen comienzo que pudo haber tenido el Congo, el inicio de una Guerra Civil tolerada y apoyada por EE.UU. y que dará paso a uno de los más longevos y terribles regímenes que ha poblado África. Pero eso será otra historia.

sábado, julio 08, 2006

Cuando Jesús fue negro, y africano

Son estos días de resaca en España por la visita del jefe de la Iglesia Católica los más indicados para hablar de cuando Jesucristo fue negro. Corría el año 1921 cuando en plena colonia belga del Congo surgió la figura de Simón Kimbangu. Nacido a finales del siglo XIX, Simón vio cómo se le aparecía Dios en fecha de 18 de Marzo y cómo Éste le pidió que transmitiera su palabra por doquier, lo que en el Congo significa la sabana y la selva.

La doctrina que predicaba Kimbangu era la de la resistencia ante el opresor blanco. Afirmaba que Dios era negro y que los colonos blancos lo habían robado, por lo que serían condenados en la otra vida. Kimbangu profesaba un cristianismo negro que logró propagar rápidamente ante lo cual la administración colonial belga decidió arrestarle y condenarle a muerte. Indudablemente este hecho aumentó su popularidad y ayudó a que la presión obligara a los belgas a reducir la pena a cadena perpetua.

El discurso kimbanguista, de fuerte contenido mesiánico, se transformó así en un referente de la lucha anticolonial africana. En África, en el momento del resistir africano frente al poder colonial, no existieron referentes históricos a los que aferrarse. Debido a la tradición oral de la historia africana y a la represión de los colonizadores, los africanos perdieron muchos de sus referentes culturales y políticos, quedando así huérfanos de las clásicas referencias al pasado que toda revolución tiene en algún momento con el objetivo de convocar a más población a la lucha.

Cuenta Ryszard Kapuscinski en su libro La Guerra del Fútbol y otros reportajes que Simón Kimbangu llegó a tener su propia Iglesia en mitad de la selva y que el día que la inauguró, acudió a ella con un bote de pintura y un pincel. Poco a poco, Kimbangu fue pintando las imágenes de todos los santos y todas las vírgenes que allí había, transformando su tez blanca en una figura negra y convirtiéndoles, a aquellos a los que imitar e idolatrar, en hombres y mujeres de África como los que rezaban en esos bancos. La Iglesia Kimbanguista aún hoy está presente en la realidad africana aunque, por supuesto, no es reconocida por el inmaculado y santo Vaticano.