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miércoles, mayo 20, 2009

Esperando el voto de las fieras, de Ahmadou Kourouma

Ahmadou Kouruma fue un escritor costamarfileño que escribía en francés. Hasta su muerte, en Lyon en el año 2003, escribió historias de África trascendiendo a todas las etiquetas que se le podrían haber impuesto. Quizás sólo podría ser calificado como un autor de literatura africanooccidental debido a la región por la que se desplazó en su errante búsqueda de asilo político hasta que se le permitió el regreso a Abiyán. Contó historias propias de esa región que muy probablemente hubieran podido suceder en cualquier otra parte de África según la mente de cualquier occidental, pero que en realidad podrían haber sucedido en cualquier otra parte del mundo tal y como corresponde a las grandes historias de la Literatura –esta con mayúscula.

En Esperando el voto de las fieras, Kourouma habla sobre política. Sobre histórica política principalmente. El argumento es bien sencillo y podría resumirse así: auge, caída y consiguientes devenires de un político africano. Su personaje principal es el líder de la imaginaria República del Golfo, el general Koyaga. Asistimos a la narración de su biografía y a la biografía de sus antepasados. Una emocionante historia de tensiones políticas propias de la época del fin de la descolonización y del transcurso de la Guerra Fría que refleja perfectamente los distintos componentes de la política en África Subsahariana.

Koyaga es la persona más poderosa de esta República del Golfo porque sabe aglutinar los diferentes recursos de poder que están presentes en la política africana. Posee una relación especial con poderosos talismanes religiosos que lo protegen del daño de sus rivales políticos. Tiene el control del ejército. El de las finanzas y las producciones del país. El apoyo de una etnia, a la que se pliega y a la que ofrece protagonismo nacional en sus fiestas tradicionales. Koyaga es, más allá de estos componentes, el paradigma del dictador africano producto de la descolonización y de la Guerra Fría.

Como el mismo Kourouma, Koyaga participará en la guerra de Indochina bajo bandera francesa. Es allí donde sus conocimientos étnicos sobre la guerra le hacen avanzar y que el régimen colonial le introduzca en el círculo más cercano, donde esperará el momento más adecuado para asestarle un golpe mortal al régimen colonial y formar parte de las fuerzas independentistas. Sabrá deshacerse del resto de equipaje independentista y hacerse con el poder absoluto en su Estado y es entonces cuando Koyaga es invitado por todos los grandes líderes –aka dictadores- del continente. Paseando por cada uno de ellos como si fueran círculos dantescos camino del infierno, Koyaga aprenderá el oficio del dictador.

Es esta novela, en definitiva, una microhistoria política del continente africano. El paradigma de la República del Golfo es más que suficiente para entender los caminos paralelos que siguieron muchos países africanos desde los años inmediatamente anteriores a la colonización hasta la mitad de los años 90, tras el final de la Guerra Fría. Cualquiera puede pensar, mientras lee el transcurso de lo narrado, en figuras como Mobutu o Idi Amín. O tantos otros. Aunque la realidad es que la obra está inspirada en la República de Togo y su dictador, Gnassingbé Eyadema.

Y se ha escrito la palabra leer cuando en realidad el lector, aunque parezca contradictorio, no leerá sino escuchará. La manera de Kourouma de contar la historia de este dictador paradigmático e imaginario enlaza directamente con ese primer criterio que se atribuía al comienzo de la entrada a las literaturas africanas: la oralidad. La novela está contada por un griot, un contador de historias que, junto con su impertinente bufón, recorren en el transcurso de seis veladas la vida del dictador Koyaga, que es la historia de la República del Golfo, o la historia del continente africano.

Kourouma trasciende en esta obra los límites de la novela moderna tradicional, llevándonos a sus entregados lectores hacia un asiento dentro de ese fuego purificador donde el griot nos divierte y nos asusta con la historia de Koyaga. Una fabulosa manera de celebrar el día de África –que se cumple hoy- alejada de los constantes catastrofismos.

viernes, febrero 13, 2009

Kourouma en catalán

En el A la vora del foc, un buen blog de libros escrito por unos amigos, ha aparecido una reseña sobre uno de los grandes de la literatura africana, el costamarfileño Ahmadou Kourouma (1927-2003). Da la casualidad que Esperando el voto de las fieras, el libro reseñado, es el mismo que estoy leyendo yo en estos momentos. De manera que enlazo el buen comentario sobre literatura africana -merece la pena el esfuerzo de leerlo en catalán, pero para quien no tenga el ojo acostumbrado le recomendamos traducirlo por Internostrum- y me libero yo entonces de hacer un comentario literario sobre el libro. Gano así un poco de tiempo para pensar en cómo comentarlo en este blog cuando lo termine -que de seguir las obligaciones como las llevo, me parece que será para el año que viene.

martes, noviembre 20, 2007

Aya de Yopougon, de Marguerite Abouet


No es la primera vez que hablo de cómic en alguno de los blogs en los que participo, eso es cierto. Pero como ya advertía en su día aún no soy un lector de cómic avezado, sino más bien en categoría amateur al que todavía le cuesta gastarse los dineros –muchos- en un tebeo de toda la vida. Pero, dicen, que las oportunidades hay que aprovecharlas, y a mí hace hoy justo un año se me planteó la posibilidad de inspeccionar todos los documentos que había en una librería, a mi gusto y con tiempo. Quizás por eso, quizás porque también dicen que el Pisuerga pasa por Valladolid y ayer se falló el primer Premio Nacional de Cómic –que ha recaído en Max- del cual se decir más bien poco, hoy me planto ante Uds. para invitarles a acercarse a un cómic africano.

De primeras así, como que sobrecoge la idea de un cómic africano. Uno piensa que estas son cosas de americanos, europeos y japoneses principalmente, que el reino del arte del tebeo está vetado a las historias de los africanos. Al menos en cuanto a mercado lector se refiere. Sin embargo da gusto ver cómo ese país vecino del nuestro, Francia, recoge las ideas de sus antiguas colonias y las proyecta a unas ciudades como la nuestra en la que no tendríamos idea alguna de no ser por ellos. Eso sí, nada de considerar la lengua francesa que hablan estos africains como algo que otorgue identidad a la patria francesa, no vayan a tener otro caso Senghor y tengan que reeditar los libros de texto de sus Lycées.

En cualquier caso el cómic que tuve entre mis manos no fue otro que el Premio Angouleme 2006 a la primera obra. Siempre suelo decir que estos premios a noveles son los que más interesantes me resultan. Las primeras obras de todo autor, aún faltos de profundidad en muchos casos por la inevitable bisoñez que muchos atesoran, tienen la gran virtud de proponerse una pequeña trasgresión. Todo autor, aún a pesar de que los límites del mercado le domestiquen la primera obra, se propone con ella la de aportar algo nuevo. Ha de ser algo que llame la atención, y no lo de siempre. Cuántos grupos hemos visto que han terminado por ser grupos de un solo disco. O cuántos escritores terminaron por eternizar su segunda novela más que Michael Douglas en Jóvenes prodigiosos –gran película. Muchas veces esto pasa por sencillamente porque el éxito de la primera obra es tal que pone al autor frente a grandes figuras consagradas en su materia. Las charlas informales con ellos, el intercambio de ideas que muchas veces surgen de esas reuniones terminan por aniquilar la creatividad atenazando a la joven promesa, quien se siente como si jamás fuera capaz de lograr parecerse a sus predecesores.

Pero centrémonos. Aya de Yopougon es un cómic muy entretenido, escrito por la costamarfileña Marguerite Abouet e ilustrado por Climent Oubrerie. Todo transcurre en Yopougon, un barrio popular de Abidjan, la capital de Costa de Marfil. La historieta es bastante simple y costumbrista, nos muestra las vidas de tres jóvenes de unos 18 años residentes del barrio en cuestión. Adjoua y Bintou sólo buscan una vida joven fácil. Su mayor preocupación es cómo escaparse de la vigilancia de sus padres e ir a la discoteca a bailar y a entretenerse con esos chicos rebeldes tan defenestrados por la familia. Junto a ellas encontramos a la protagonista de todo, Aya, una chica con ganas de divertirse pero que también mira por su futuro. Para huir de la vida de ama de casa que le espera, ella está empeñada en dejar las fiestas y centrarse en sus estudios. Quiere ser una buena doctora. La historia es dulce y simpática en cada momento. Incluso en los instantes más comprometidos. Abouet nos muestra la ternura de una edad adolescente de despreocupaciones y libertades, donde las pequeñas revoluciones consisten en escaparse una noche y ver al chico que te está prohibido. Donde los errores significan que ya no decides por tu cuenta.

La sociedad que nos dibuja Abouet está plasmada por una tranquilidad social que quizás sorprenda al lector poco africanista, pues bien pudiéramos estar hablando de muchachas residentes en nuestras seguras ciudades del Primer y único Mundo. Esa es la gran virtud de este cómic, que los personajes son reconocibles por cualquiera de nosotros, que las situaciones sociales son posibilidades de todo el mundo. En la preciosa edición española de Norma nos cansaremos de leer que el Aya de Yopougon consigue alejar al lector de una África asolada por los conflictos y demás lugares comunes que hacen chirriar un poco el conjunto del producto que tuvimos entre manos. Discrepamos de la asociación de producto africano a producto de o sobre el conflicto que se hace en todas partes. África está llena de singularidades y, aunque parezca mentira, no todos los países y no todos los lugares están en guerras cruentas –cuantos más calificativos monstruosos pongan tras la palabras África y guerra, mejo les irá- o son lugares idílicos en donde cualquier occidental debería vivir al menos un año. En plan Katharine Hepburn.

Las ilustraciones de Oubrerie son estupendas, muy integradas en la historia, que no aportan detalles innecesarios y plasman la veracidad de las historias. Veracidad que viene corroborara con la constatación de que el barrio del que hablamos, Yopougon, es el barrio donde se crió la autora en la misma época en la que transcurren los hechos. Un motivo más, sin duda, para meterse de lleno en este interesante cómic y aprender de África subsahariana por otros medios menos habituales. Disfrutarán esperando a que salga la segunda parte.

"En los años 70, la vida era dulce en Costa de Marfil. Había trabajo, los hospitales estaban equipados y la escuela era obligatoria. Tuve la posibilidad de conocer esta época despreocupada, donde los jóvenes no tenían que escoger su campo demasiado rápido, y se preocupaban sólo de la vida corriente: los estudios, la familia, los amores... Y es esto lo que quiero contar en Aya, África sin los tópicos de la guerra y del hambre, esta África que subsiste a pesar de todo porque, como se dice en nuestra casa, la vida continúa..." Marguerite Abouet.