AVISO

lunes, febrero 25, 2008

Fantasmas Balcánicos (V)

Hace ya una semana que el Parlamento regional de Kosovo se autoproclamó independiente por cuenta ajena. Ya nunca más volverá a rendir cuentas a Serbia, ni a excusarse por llegar tarde y sin afeitar. Kosovo ya es su propia casa y ahora puede cambiar los armarios de sitio, pintar de color rosa las paredes o enmoquetar el cuarto de baño. Lo que quiera, porque la libertad significa eso, poder hacer lo que quieras sin esperar la aprobación de los demás. ¿No?

Estados Unidos algo ha tendido que ver. Un papel menor, claro. Ningún estadounidense ha salido detrás de Thaçi cuando firmaba el acta de independencia. Ningún miembro de la administración Bush pasaba por allí para prestarle la pluma o darle la hora. Europa -ese ente- no ha tenido nada que decir. Quizás haya apoyado al europeísta Boris Tadic en las elecciones de Serbia para favorecer el proceso de independencia, pero su papel ha sido más el de la abuela simpática que trata de poner a todos los nietos de acuerdo en que no se tienen que pelear. Con una mano suelta 5€ al más pequeño, con la otra desliza 100€ al mayor, pero todos son iguales, son sus nietos. Majetes.

En todo este divorcio el único que sale jodido es Serbia. Ha perdido la custodia de los chavales, la casa y además tiene que pasar pensión. Su madre Rusia le apoya, pero habla más que actúa y la cara de gilipollas ha de ser tremenda. “¿Me podéis devolver a Milosevic? ¿Al resto de criminales de guerra entregados a La Haya? Al menos me podré quedar con la parte que reclamaba de Bosnia ¿no?”, parece preguntar Serbia. Pero no, se ha quedado compuesta y sin novio, que diría mi Señora Madre. Lo dicho, jodido.

Y todo ha ocurrido casi de la noche a la mañana. Serbia tenía elecciones en un clima tenso tras el ascenso en el poder kosovar de Thaçi, todo se encaminaba a que la república iba a seguir los pasos marcados por Europa. Estos eran, victoria de Tadic, por aclamación popular y destacando el jurado sus buenas hechuras como negociador con la Unión Europea –esa institución-, colaboración con los tribunales internacionales que juzgan los crímenes de Bosnia -aún más, pero por supuesto mejor-, abstención serbia de las polémicas que surjan en la política bosnia, en concreto en la República Srpska, una de las dos mitades que componen la República bosniaca, y por supuesto dejar de hablarse con su madre Rusia, aunque se enfade porque no la llamaste por su cumpleaños. Cuando parece que todo esto se va cumpliendo y que además no te enfadas porque en Prístina haya ganado Thaçi, ese que vestía de verde olivo, que perseguía serbios en el norte de Kosovo armado con un fusil albanés y que se pegaba con el pacifista de Rugova, cuando consientes que las fronteras entre dos regiones de tu país las administren fuerzas internacionales, o que en tu territorio existan jueces extranjeros aplicando vete tú a saber qué ley, pues cuando ocurre todo esto, alguien decide mandarlo a la mierda, solucionar el problema porque sí, dejándote con el culo al aire y sin papel.

No hay que engañarse. La posibilidad de un Estado de Kosovo siempre estaba presente en el debate de un futuro para la región. Lo que jamás se imaginaba nadie era una cagada de tal calibre por parte de todos los implicados. El día 17 de febrero salen al estrado las autoridades kosovares a presentar la bandera. ¿Qué debe ser la primera nación que no tiene bandera preparada antes de la declaración de independencia? Es que los kosovares son así, desprendidos e improvisadores. Y cuando le quitan la cortinilla a la bandera, resulta que ni un sociólogo con photoshop lo podría haber hecho peor. Un fondo azul, de naciones unidas a tope, con estrellas doradas como la bandera de la Unión Europea -¿Cómo, que las estrellas de la UE son de herencia cristiana y de inspiración en la Virgen María? Pues lo hemos pintado con rotuladores indeleble y ya no se quita así que…- y un plano en dorado del mapa sacado por Google. Verdadera declaración de intenciones. No hay referencias hacia Albania, ni símbolos musulmanes –que no se llevan y ahora pagan menos que antes- a pesar de ser ambos dos elementos identitarios imprescindibles para la conceptualización de lo kosovar. De himno sonaba el himno de la alegría, pero podía haber sonado el We Are the Champions propio de las celebraciones del Real Madrid.

Alemania y Francia se apresuran a darle la bienvenida a la familia. Lo hacen como esa parte de la familia que acepta en su seno a la pareja tonta del tío raro, sabiendo que por caridad están obligados a ello, pero presintiendo que están cometiendo un error al no decir lo que piensan en voz alta. “Que lo diga Francia”, piensa Alemania. “Que lo diga Alemania” piensa Francia. Y como se miran sin saber quién lo va a decir, llega Estados Unidos y se adelanta, le da un abrazo a la nueva incorporación y con ese estilo tan tosco pero a la vez tan norteamericano se la lleva cogida del brazo a pasearla por todos los corrillos. Y de entre todos, pues coincide con la Madre Rusia, que ni les mira a la cara a la vez que les promete que les sacará los ojos por lo que han hecho a su chiquillo, y con pequeños a los que ni les va ni les viene, como España, que bien saludan o bien deciden no saludar por miedo a que sus retoños se empeñen en seguir el ejemplo del tío tonto y le traigan mañana a la novia a comer a casa.

Habrá que estar atento a lo que suceda en los Balcanes. Las reacciones serbias que salen en la televisión –tales como manifestaciones violentas, incendios de embajadas o quema de banderas- son más que comprensibles desde los sectores nacionalistas serbios, aquéllos que tienen secuestrada la política de Serbia desde hace mucho tiempo, y la papeleta que le queda ahora al que se quiera meter a solucionarlo es de considerables dimensiones. Bosnia, Estado ficticio, con una pequeña república en su interior que se quiere separar para integrarse en Serbia –a ver quién se lo niega después de esto-, Rusia deseosa de asegurarse un buen amigo en Serbia –más por la falta de cariño que por la importancia del mismo-, Albania que ve cómo un territorio que también ansiaba –no olvidemos que Thaçi fue proalbanés- se larga de Serbia pero se larga por su cuenta, la Unión Europea q que ve cómo las negociaciones con Belgrado se van al garete al menos de momento, y por último una República de Serbia, antes República de Serbia y Montenegro, antes Yugoslavia, que se queda sin las tierras en donde se sitúa su fundación –el monasterio de Granischa-, con un Primer Ministro Kostunica que tiende a ir hacia lo ruso y al que se le descubren apoyos dentro de la mafia económica serbia, un Presidente serbio proeuropeo recién elegido, que se ha hecho el sueco con esto de la independencia de Kosovo –se largó de viaje oficial a Rumanía al día siguiente-, un nacionalismo serbio que ve cómo sus predicciones de saqueo y humillación de la nación se hacen realidad y una población en donde, a pesar de las tremendas resistencias que había, termina de calar el mensaje nacionalista. Vamos, si yo me llamara Francisco Fernando no me acercaba durante una buena temporadita a los Balcanes.

jueves, febrero 14, 2008

Partidos políticos


"Lo dramático es que, en Senegal, cuando se juntan tres, forman un partido, y cuando se juntan cinco, estallan las discrepancias."

Sally Ndongo
Sindicalista senegalés

jueves, febrero 07, 2008

Idi Amin Dada, Uganda

Construido a sí mismo. Ese podría ser el mejor calificativo para hablar de Idi Amin Dada, “Mariscal de Campo y Presidente Vitalicio”, “Señor de todas las bestias de la Tierra y Peces del Mar”, “Conquistador del Imperio Británico, de África en general y Uganda en particular” y “Rey de Escocia”. Construido a sí mismo porque todos estos títulos se los otorgó a él mismo sin consultar a nadie. Personaje muy particular, este dictador ugandés.

Había sido formado militarmente por los británicos antes de que éstos abandonaran Uganda en su retirada del continente. Era 1962, comienzos de una década en donde las tierras africanas eran, por fin, africanas, y en donde la necesidad por el desarrollo era la prioridad de los nuevos regímenes. La suerte, unas veces de cara y otras no tanto, sorprendía a los nuevos Estados con líderes políticos capaces de enarbolar los sentimientos de unidad africana, de levantar fervorosas pasiones por la política o de aunar esfuerzos en la constitución de un bloque alternativo al soviético y norteamericano: un bloque tercermundista.

Ocurre, como en todas las cosas, que esa suerte dispar permitía llegar al poder a líderes que, quizás, tenían un sentimiento democrático y desarrollista un tanto extraño. En Uganda se nombró presidente a Milton Obote, de inspiración socialista y educación muy británica. El proyecto de Obote consistía, como no podía ser de otra forma, en un rápido desarrollo por el pueblo y para el pueblo, guiado por un fuerte sentimiento democrático. El pueblo ugandés se las prometía felices, hasta que los proyectos de Obote se encontraron con ciertas discrepancias y malestares sociales. El presidente ugandés no escatimó esfuerzos para lograr acallar esas voces que interrumpían su desarrollo democrático, así que la policía militar se dedicaba a arrestar constantemente a quienes se oponían a éste. Como buen Estado de derecho, Uganda publicaba quién había sido detenido y en qué circunstancias en algo así como un Boletín Oficial del Estado. Poco a poco, los anuncios de las detenciones pasaron de ser una anécdota en el boletín a ser el principal objetivo del mismo. Al final, el mismo gobierno secuestró páginas de los diarios de información general porque las detenciones eran tantas que no entraban en su propio boletín.

Un angustiado Obote, viéndose débil ante la situación de protesta reinante, se acercó al ejército en busca de aliados. Como tantos otros presidentes demócratas con problemas de autoestima, decidió rodearse del personal más inepto que encontrara a su paso. Y por ahí justo apareció el zote del suboficial Idi Amin. Entre tanta incompetencia, Obote tendría que ser encumbrado, respetado y reconocido como justo dominador del ejército ugandés. Sin embargo, como a tanto presidente falto de autoestima, la miseria bajó de las montañas lejanas para agarrarle por los pies. Idi Amin se convirtió en su oficial de la represión y reprimió de tal modo y con tanta ansia que, un día en que Obote estaba de viaje fuera de Uganda, decidió reprimirle también a él y quedarse con el país.

Más que una liberación del poder opresor de Obote, como sentían los ugandeses en aquél momento, fue una cooptación del país, una herencia de ti para mí. Un cacho de tierra que queda a disposición de una persona a la que no se le conoce mérito alguno salvo una fascinante capacidad para procrear. Era 1971, una nueva década y un nuevo estilo. El estilo Amin.

El nuevo jefe del Estado empezó bien. Reconciliándose con la sociedad, Idi Amin Dada amnistió a todos los presos políticos que él había contribuido a encarcelar, hizo las paces con el considerado rey de Uganda, el Kabaka, a quien años antes había intentado asesinar, y volvió a traer la esperanza del desarrollo al pueblo ugandés. Para esto último, Idi Amin tenía una técnica prodigiosa. Montado en su helicóptero, recorría cientos de aldeas ugandesas. El presidente bajaba a la tierra más pobre de Uganda –en el sentido más literal- para conocer de cerca qué problemas acuciaban a su población. Visitando la aldea con el jefe de la misma, observaba que había enfermedad e ipso facto se giraba y ordenaba a su Ministro de Sanidad que construyera un hospital. Si era una escuela lo que hacía falta, el se giraba y ordenaba la creación de la misma al Ministro de Educación. Como regalo, la aldea le obsequiaba con un sinfín de presentes, tantos que a veces constituían más de lo que la misma aldea tenía. Una vez en Kampala, los recursos necesarios para la construcción de ese hospital o de esa escuela prometidos se destinaban a los mercenarios sudaneses que componían el ejército de Idi Amin.

Alguien que lea esto podría estar criticando las virtudes de Idi Amin, pensando que su personalidad era absolutamente funesta. Pero ese alguien no sería justo. A Idi Amin hay que considerarle como lo que realmente era. Un líder africano de su tiempo, capaz de desenvolverse en la política exterior como pez en el agua. A Uganda llegó ayuda militar israelí, pero aún así, Uganda necesitaba dinero contante y sonante de manera que Idi Amin recordó su vieja fe islámica. Convertido a un islamismo feroz, lo que implicaba un antisionismo aún mayor, Idi Amin recogió el apoyo del líder libio Gaddafi –ese que hace unos años era un terrorista y que tras poner dinero en la mesa ahora es un aliado estratégico que hace visitas con sus cuarenta vírgenes-. Por entonces Gaddafi estaba empeñado en convertirse en el agitador mundial en el Tercer Mundo, y el dinero del petróleo libio atraía a multitud de posibles aliados.

La línea de financiación económica que Libia comenzó con el régimen de Amin no sostuvo la economía ugandesa. Todas las industrias del país habían perdido casi un 90% en su productividad y sólo la industria cervecera ugandesa aguantaba tímidamente la crisis económica. Por extraño que parezca, esa crisis no estaba relacionada en absoluto con el mandato de Idi Amin Dada, sino que, como sabiamente descifró el líder, la crisis tenía que ver con el abuso que de la población ugandesa hacían las minorías asiáticas –hindúes y paquistaníes-. La solución estaba clara: expulsar a la población asiática del país y dejar los negocios de éstos en manos de buenos y verdaderos ugandeses. El problema no fue la táctica a seguir, sino que el reparto de los negocios resultó un fracaso tal que los nuevos responsables de los comercios, al no sabe qué precios tenían sus productos, terminaron por pedirle a los clientes que los fijaran ellos mismos. La gran mayoría de negocios bien establecidos terminó por liquidarse en saldos y rebajas no intencionadas y por cerrar una vez que ya no tenían productos.

La economía se le estaba dando mal, pero otro elemento de la política exterior es la diplomacia y ahí Idi Amin Dada sabía hacerse querer. Su antisionismo le hizo declarar en público que la Primera Ministra de Israel Golda Meirmeneaba las bragas cuando camina”. Para congraciarse con los Estados Unidos Idi Amin fue el primero en felicitar por su elección al Presidente Gerald Ford mediante un escueto telegrama que decía “Te quiero”. Solventaba los litigios vecinales con Tanzania mandando otro telegrama, esta vez al líder tanzano Julius Nyerere, al que decía: “Con estas breves palabras quiero asegurarle que lo amo, y que si usted hubiera sido una mujer sin duda alguna la desposaría pese a que su cabeza está llena de cabellos grises. Pero como usted es un hombre, tal oportunidad no existe”. Huelga decir que Nyerere rechazó la propuesta.

Como buen líder político de los 70, Idi Amin conocía de los peligros del neocolonialismo y por todo esto se postuló a sí mismo como una “gran carga para el hombre blanco”. Cuando se celebraba la cumbre de líderes de la Organización para la Unidad Africana, Idi Amin vio claramente la necesidad de demostrar hasta qué punto esa carga sería soportada por el hombre blanco, de manera que entró a la misma sentado en una silla sostenida por porteadores blancos. Sólo hace falta ver una fotografía de la oronda figura de Amin para darse cuenta de que en efecto era una gran carga.

Todo su espectáculo terminó el día en que Nyerere, despechado por la proposición deshonesta de Amin, comprendió mal el amor que éste le profesaba y terminó por repeler la invasión ugandesa de Tanzania hasta el punto de que las tropas tanzanas terminaron por ocupar Kampala, la capital de Uganda. Era 1979, y el “Señor de todas las bestias de la Tierra y Peces del Mar” tenía que exiliarse al único país que le acogió, Arabia Saudí, donde, tras intentar un regreso al poder de Uganda en 1999, murió en el triste año de 2003.

Fuente y mucha más información en:

Sánchez-Piñol, Albert. Payasos y Monstruos. Aguilar, Madrid, 2006.


viernes, enero 18, 2008

El agua no tiene enemigos

La defensa ante un abuso es algo universal. Todos los pueblos de la historia se han sublevado contra la casta, clase o gobierno que ninguneaba sus derechos. Unas veces fue cogiendo el puñal, la azada, la bayoneta. Otras veces levantando la voz en las calles. Otras levantando el puño. Y algunas, las pocas, entonando himnos ajenos a los explotadores para llegar más altos que ellos.

El Jazz fue una de esas lenguas musicales que levantó la moral de los exprimidos. También la música bahiana o el reggae llegaron a las cotas más altas de la rebelión. Todas, o casi todas ellas, tenían un tronco común enclavado en las raíces de la explotación esclavista que, durante siglos, alimentó el vientre de árabes, europeos, criollos y norteamericanos. Socavando a las poblaciones a los hombres más válidos. Dando poderes a una casta dirigente tribal africana que no tenían. Lacerando el futuro del continente. Poco a poco los esclavistas forzaron a esas gentes a salir de sus casas sin apenas nada en sus bolsillos, pero con la cabeza llena de sus ideales, de su libertad y, por lo tanto, de su música. Ésta se mezcló con la sangre de otras latitudes, varió de una manera u otra según la región en la que anidaban los ya esclavos de cuerpo y libres de espíritu.

Y regresó. Hubo un momento en la historia en que esos esclavos dejaron de serlo. En el que esos esclavos pudieron sentarse en los autobuses. Hubo un momento en que la gran nación de esclavos se levantó, alzó el puño y dijo que ya no lo sería más. Las banderas ya no servían para limitar los espíritus, y todo hombre negro y mujer negra veía en su congénere la cara reflejo de su más profundo ser. África se erigía frente a sus dominadores y pensaba que su futuro estaba abierto si se quitaba de encima a los parásitos que vivían de ella. En ese trayecto de regreso, África recibió los cantos de sus antiguos emigrados, un regalo de aquellos que tuvieron que salir de sus casas obligados. El Jazz y el Blues volvían a casa para regalarse a quienes quisieran recogerlos.

En el África Occidental alguien quiso tomarlos, hermanarlos junto con su música tradicional y hacer del encuentro algo que nadie podía imaginar. No era otro que el genial artista nigeriano Fela Kuti, del que este año 2008 se cumplen 70 años de su nacimiento y 11 de su muerte. Mezclando la música de los Yorubas, el Jazz, el funk y todo aquello que viera que le valía, Fela logró crear un estilo propio, el Afrobeat, capaz de convertirse en símbolo de las luchas políticas del África de 1970. Cantaba primero en lengua yoruba pero, cansado de ver cómo los dirigentes africanos del momento no contentaban a sus pueblos sino que se rascaban la espalda unos a otros, Fela giró su lengua hasta el inglés –para que todos los africanos y las africanas le entendieran- y sus letras hacia la lucha. No hacia la protesta. Hacia la lucha por el socialismo y la unidad africana.

Armado con un sinfín de músicos, el Afrobeat de Fela logró llevar el mensaje de los Derechos Humanos a través de todo el continente. La simbología de sus frases y la lucha encarnizada que mantenía con la dictadura del país del que provenía, Nigeria, le provocaron no pocos problemas. Fueron 356 las veces que tuvo que declarar ante la policía. Fueron cuatro las que pisó la cárcel. El ejército nigeriano trató de destruirle por una canción, Zombie, que ridiculizaba a sus soldados.

Fela mantuvo un estrecho contacto con los músicos de su país. Siendo él quien más lejos había llegado, montó la discográfica Kalkuta Republic bajo un régimen de cooperativa. La discográfica suponía un punto de encuentro para los músicos nigerianos así como un cúmulo de discusiones políticas que, traducidas en letras cada vez más reivindicativas, recorrían más tarde el continente de las radios. La dictadura militar no podía tolerar tal concentración de arte y política y terminó por irrumpir en los locales de la discográfica fusil en mano. Fela quedó gravemente herido, aunque se recuperaría. No así su abuela, fallecida tras tirarla un soldado por la ventana.

No habiendo acabado con él físicamente, el gobierno necesitaba una excusa para encarcelarlo. Le detuvieron y alegaron encontrar marihuana en su chaqueta. La única manera de salir de la cárcel era pues pasar el análisis de consumo de drogas. Si resultaba positivo, Fela terminaría siendo juzgado y condenado. Si resultaba negativo, libre. No se sabe bien cómo, pero Fela se las arregló para que las heces sobre las que hicieran el análisis no fueran suyas, sino de otro preso. El resultado salió negativo y Fela nos regaló una divertidísima canción explicando lo ocurrido, llamada Expensive Shit, que ha ido pasando de mano en mano hasta llegar a hacer versiones realmente increíbles.

El personaje músico terminó derivando en el personaje político que en la década de los 80 se fagocitara a sí mismo. Una vez finalizada la dictadura militar de Nigeria se presentó varias veces a las elecciones a Presidente, no pasando nunca la primera de las rondas electorales. Esto no fue óbice para que Fela se casara con 27 mujeres a la vez para celebrar el aniversario del ataque a Kalkuta Republic y que, años más tarde, se divorciara de al menos 20.

Finalmente muerto en 1997, muy probablemente de SIDA, Fela Kuti se convirtió en un mito por la defensa de los Derechos Humanos en África a través de sus canciones. Una de las mejores, por resumir los estilos del Afrobeat por él creado y, a su vez, por responder a su necesidad de lucha por los africanos y las africanas, es Water no get enemy. Una canción, cantada medio en yoruba medio en inglés, como a Fela le gustaba hacer, donde el agua simboliza a un pueblo africano al que no es bueno taponar en su fluir, al que es necesario para vivir y respirar. En definitiva, un pueblo que no es enemigo de nadie, pero que a nadie le interesa tener como enemigo.




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viernes, enero 04, 2008

Memorias de África


Si hay un prototipo literario para hablar de la tierra al sur del Sahara ése no puede ser otro que Memorias de África, de Isak Dinesen. Esto es así porque la novelilla en cuestión –también la película, no sean tercos- narra la típica historia de blancos en un país de negros, o lo que es lo mismo, narra la historia de unos cuantos blancos y pasa olímpicamente de contar si por ahí, cerca de esos seres civilizados, podemos encontrar negros que hagan algo. Alrededor de los blancos no hay más que animales, naturaleza, soledad… en definitiva hay sentimientos de sobrecogimiento, de haber encontrado las raíces, de aventura bien resuelta, de emoción por la vida. De todos los tristes tópicos que, pegados como están al encuentro colonial, reproducen los estereotipos al tiempo que ofrecen la oportunidad al africano de reproducir el mismo estereotipo para goce y disfrute de su dominador. África es ingobernable, quien la gobernará, el buen gobernador que la gobierne buen colonizador será.

En ese mismo libro de Isak Dinesen los negros sí salen. Al final del mismo, la protagonista se encuentra perdida ante los acontecimientos y ante las desgracias. Todos los bellos sentimientos que había albergado allá en su granja se desvanecen absorbidos por un huracán de infortunios, por una desdicha provocada por la naturaleza que ella tanto admiraba. La mala suerte, la cara oscura de la naturaleza –negra tenía que ser esa cara- termina con los sueños de ella al llevarse a su amor y al incendiar esa granja que –¡oh, dios mío!- termina en manos de los negros, de los negros que se hacen llamar kikuyu.

Estamos en Kenia, paraíso del buen gobierno africano, en donde la democracia occidental ha sabido imponerse a todas las luchas raciales para ofrecer un ejemplo al mundo: “Nosotros, en África, también sabemos ser civilizados”. Complicada sentencia ésta, pero sobretodo innecesaria. El hasta ahora pensamiento político correcto nos llevaba a Kenia para, como decía, mostrarnos las posibilidades de un sistema democrático occidental en un país de raza negra. El hecho de que además fuera ex-colonia británica ayudaba a la visión de la buena descolonización del Imperio Británico. No hay nada como una reina madre y un buen puñado de funcionarios del Imperio como para asegurar el éxito en el proceso. Cierto que pudo haber alguna disputa en el momento de la descolonización, pero el buen gobierno en Kenia –entiéndase por buen gobierno aquél que no levanta la voz más de lo necesario para su consumo interno-, la gobernabilidad keniana estaba garantizada.

Con las elecciones del mes pasado, la versión oficial de Kenia ha cambiado. Ahora, las disputas electorales se han llevado la vida de cientos de personas en lo que parece ser un ascenso al poder de los kikuyu de Dinesen. Los medios que allí quedan envían imágenes de las batallas callejeras, nos advierten de que el presidente ha dado orden de disparar a matar contra la oposición, ya no podemos ir de safari porque quizás nosotros seamos los cazados. Hoy, en Kenia, se despierta el nuevo telón informativo y académico del barbarismo. Todo lo que sucede tiene que ver con las luchas de tribus –palabra ésta históricamente denigrante-, con los odios ancestrales e intestinales entre una etnia y la otra, y también entre aquélla y la de más allá, lo cual provoca que la democracia occidental sea una víctima, y no un verdugo, de esta disputa. En definitiva, una ideología la nuestra, la occidental del barbarismo, que nos hace interpretar los sucesos como algo ante lo que no podemos hacer nada. Son hechos ausentes de razón y de motivación salvaje, por lo tanto no podemos negociar con ellos. ¿Qué les ofreceríamos, qué podríamos hacer ante grupo de personas que sólo piensan en matarse los unos a los otros sólo porque sí, sólo porque son del otro grupo y no del suyo? La respuesta está clara, nada. Pero ¿y si ocurriera que lo que nos cuentan no es del todo así? ¿Qué pasaría si ambos grupos estuvieran enfrentados ya cuando la democracia keniata era ejemplar? ¿Si sus reproches son políticos y no intestinales? Miedo me da sólo de pensarlo. Estos negros se parecerían demasiado a nosotros en caso de que estos interrogantes fueran ciertos.

En estos hipotéticos casos, cabría la posibilidad de interpretar la tribu o la etnia como un ente político, como el que era del POUM o de la Falange. Pensándolo así, nos faltaría conocer cómo se integran las etnias-partido en el conjunto del sistema político y cuál es la base del mismo, para poder hacernos una idea más real del problema. Existen dos africanistas, Patrick Chabal y Jean-Pascal Daloz, empeñados desde hace años en demostrar que, con los peligros que surgen de la generalización, en África las sociedades son neopatromoniales. Esto es, sociedades estructuradas en grupos sociales con forma de pirámide. En cada pirámide, los que están más abajo dependen para subsistir de los ingresos que generan los que están más arriba. Son éstos quienes desprenden la cantidad de riqueza necesaria para mantener la vida como si de una pirámide de copas de champaña se tratase, que cuando se colma la primera fila pasa a la segunda, y a la tercera, y así hasta el final. Y lo hacen de esta manera porque, dicen Chabal y Daloz, los que están más arriba tienen esa obligación social con los que están más abajo, porque fueron los de abajo los que pusieron las estructuras sociales necesarias para que ellos llegaran arriba, porque hay redes de solidaridad activa que hacen del rito de compartir algo humanamente imprescindible.

Junto a la imagen de la pirámide en la que se estructuran los diferentes grupos sociales, Chabal y Daloz proponen otra para definir la estructura política estatal: la de la tarta. Esta tarta no es otra cosa que los grandes ingresos desprendidos del Estado, ya sea en forma de inversiones públicas o directamente de corrupción –práctica, por cierto, que puede resultar un handicap para el desarrollo, pero de eso otro día hablamos. Al reparto de la tarta se le llama elecciones democráticas y, como sucede aquí en España, el mismo consiste en que el ganador se la queda entera. Podemos imaginar que, cuando una fuerza política vea que se queda sin tarta que comer, a la pirámide le salen patas y echa a perseguir al contrario, sobretodo si esa tarta es lo poco que hay para repartir.

Alejada ya la tesis del odio irreconciliable entre los bandos en litigio, sólo nos queda preguntarnos como sociedad mundial que ya somos –una sociedad mundial que incluye ciertos valores que todos compartimos como el de no dejar morir a la gente a manos de otro que empuña un rifle- qué hacer. Aún recuerdo que, mientras en Ruanda pasaban por el filo a millones de personas, Al Gore, el nuevo gurú del ideologismo ecologista, inauguraba el Museo del Holocausto en Washington y prometía que el mundo jamás dejaría que una acción como la limpieza de la Segunda Guerra Mundial volviera a repetirse. Desde luego, pensando entre todos que no hay nada que negociar y que es mejor matarlos, se volverá a repetir una y mil veces más.

Con estos elementos quizás podemos entender mejor la situación o, cuanto menos, desconfiar de los análisis periodísticos que se hacen desde la oficina en rico terreno occidental. Por supuesto, las tesis de Chabal y Daloz son muy provocativas y han sido ampliamente contestadas desde los círculos africanistas. Sin embargo, alguien con un mínimo sentido crítico de la realidad no dejará escapar los profundos matices que la visión de estos dos autores proporciona. Con todo, lo más provocativo del trabajo de ellos no es ni más ni menos, que la idea de que la modernidad africana existe, y que ésta se basa no en la gestión del orden social como se basa modernidad occidental, sino en la gestión del desorden político y sus oportunidades. Que sabiéndolas aprovechar no dan tantos quebraderos de cabeza y confunden menos. Sólo comprendiendo podemos aportar respuestas.

martes, noviembre 27, 2007

Fantasmas Balcánicos (IV)

El pasado domingo 18 de Noviembre hubo elecciones en el centro de Europa. La región de Kosovo se lanzaba a las urnas y los ciudadanos estaban llamados a decidir lo que se había denominado “el futuro de Kosovo”. Sí, ya se sabe que Kosovo no está precisamente en el centro de Europa, pero las elecciones sí se celebraban en el centro del continente, al menos en el centro político. Este concurso público para decidir qué Kosovo se quería era visto muy de cerca por la Unión Europea como institución así como por los países europeos más importantes. Francia, Alemania, Reino Unido, incluso EE.UU. seguían pendientes de ver si el resultado de las elecciones se ajustaba a sus movimientos porque ¿alguien dudaba que Thaçi no iba a ser el vencedor? Aún más cuando desde Serbia se pedía el boicot de las elecciones.

Desde hace tiempo se viene observando que lo que ocurre en Kosovo no es otra cosa que la segregación de una provincia de un Estado soberano auspiciada por las potencias políticas, militares y, sobretodo, económicas de Europa. Los Balcanes han supuesto un quebradero de cabeza para el imperialismo europeo desde que éstos se levantaron independientes con la retirada del Imperio Otomano. Una región tan cercana a la Europa Civilizada, frente por frente a Italia en el Adriático y que está al norte de un país como Grecia, ha sido desde comienzos del siglo XX organizada por entidades ajenas a su propia población.

Y es curioso que esto se realice desde el seno de una Europa que, a partir de la Revolución Francesa, ya proclamaba como un derecho indispensable el derecho de autodeterminación de los pueblos y de constitución de una Nación en un Estado. No se nos escapa que los principios filosóficos y políticos de la época que condujo a la toma de la Bastilla conducían, ni más ni menos, a la conceptualización de la Nación de la que los procesos integradores de Alemania e Italia fueron el mejor exponente. Parecería contradictorio que la Europa Moderna infringiera su principal soporte de legitimación y terminara por organizar un vasto territorio con independencia de la voluntad de los pueblos que en él hay. Pero no, han sabido hacerlo sin que a los dirigentes históricos de cada país les haya temblado la voz. Aunque no lo han hecho muy bien.

Se han equivocado en todo momento. Sólo con la dictadura de Tito la región pareció encontrar una calma institucional que en realidad ocultaba la presencia de unas identidades nacionales tras el velo de un supuesto regionalismo nunca desarrollado y siempre lacerado por las tremendas diferencias económicas entre territorios. Hay quien echa de menos la existencia de una República de Yugoslavia, aunque sólo sea por motivos deportivos.

La realidad termina siendo dañina para las poblaciones balcánicas. Hoy existen diferentes identidades nacionales en la zona cuando las poblaciones apenas las reclamaban. Fueron los políticos de turno, interesados en aumentar su reino de taifas hasta el límite, los que terminaron por provocar una estampida nacional en Yugoslavia e infligir a los ciudadanos yugoslavos un estigma de guerra y racismo que ha terminado por enroscarse sobre sí mismo y hacer de unos el hazmereir de otros. Hoy en toda serbia se ríen del acento bosnio, incluso aquellos que encuentran el origen de su misma familia y de su apellido dentro de esta región, y se ríen como ya hacía décadas se reían de todo lo bosniaco. La única diferencia es que ahora, tras esos chistes, tras esas imágenes clásica de un humorista de la época de Tito que se caracterizó por este humor, tras todo lo que parecería normal, se esconde un odio hacia el vecino de al lado, culpabilizado de todos los males, animalizado y perseguido hasta donde haga falta. Si fuiste un musulmán nacido en Belgrado, hoy sólo eres un musulmán residente en Turquía, o en Bosnia, o en Francia. Hay que ver cómo la política puede ensuciar a su población.

La misma política, aunque esta vez europea, lleva a la decisión de distorsionar los acontecimientos de Kosovo y, en lugar de verlos como la última salida de un dictador en busca de legitimación, los observa como la mayor injuria hacia los Derechos Humanos. Defendiendo estos derechos con las bombas, evitando las bajas propias y propiciando un escenario para la victoria moral del dictador, Europa y EE.UU. lograron imponer su visión en la zona. Ésta no era otra que ejemplificación moral a Serbia –derrotada sin armisticio en 1999-, nación a la que se le ofrece la recuperación económica a cambio de colaborar en su desmembramiento. Montenegro se fue en 2006 acabando con el último fantasma yugoslavo, y ahora parece que definitivamente le toca el turno a Kosovo.

La razón para la independencia de Kosovo no es otra que la aparente incompatibilidad de los dos grupos poblacionales que allí residen: los albano-kosovares y los serbio-kosovares. Es en estas dos nomenclaturas o gentilicios que se utiliza aquí donde se puede ver mejor la lógica del conflicto. Por una parte, los albano-kosovares ya no son más albano, lo fueron durante el tiempo en que Albania suponía un apoyo a los intereses de la clase política de la región, cuando las armas y los soportes políticos internacionales procedían de Tirana. Hoy Albania se ha convertido en el estercolero de Europa al que nadie quiere acercarse, y los políticos albano-kosovares ven en la creación de un estado estrictamente kosovar la mejor salida para sus bolsillos y sus prestigios. El único problema para que se levante tal chiringuito proviene del otro gentilicio. Ocurre que hay una minoría serbia en Kosovo, una minoría que, tradicionalmente, ha dominado la política de la zona debido a la fuerte represión impuesta desde Belgrado hacia todo lo que sonaba albanés. Y esa minoría no sólo es serbia, sino que con el tiempo ha terminado por convertirse también en kosovar, lo que implica un sentimiento de pertenencia a esa tierra y, además, una estigmatización fuera de Kosovo, pues en Serbia son considerados kosovares y en Kosovo son considerados serbios.

El independentista albano-kosovar ha terminado por imponerse en las elecciones auspiciado por sus socios internacionales. Serbia, por su parte, queda expuesta a las fuerzas nacionalistas más radicales, al estar atrapada en dos fuegos: el nacionalista, que le impide soltar Kosovo a cambio de la liviana promesa de que estudiarán su incorporación a la UE; y el internacional, que le obliga a callarse ante el expolio kosovar, entregar a criminales de guerra que ni siquiera están en su territorio, tratar de que no se vuelvan a encender los ánimos en la República Serbia de Bosnia -la de Banja-Luka- de la que es indirectamente responsable y mantener callados a los nacionalistas del primer fuego. Un juego, sin duda, de malabarismo político que pocas buenas cosas puede traer. Máxime cuando la inmensa mayoría de la población serbia está cansada de los juegos políticos que le han traído guerra, indefensión y especialmente el estigma de ser los últimos animales de Europa. Una ciudadanía que se encargó de eliminar políticamente al líder alimentado por occidente –Milosevic- y que ha visto cómo sus esfuerzos han sido recompensados por toda una Europa que ha señalado a las gentes serbias de ser los responsables de cada matanza ocurrida en Bosnia o en Kosovo, como si cada ciudadano escondiera un uniforme de las Águilas Negras debajo de la ropa.

martes, noviembre 20, 2007

Aya de Yopougon, de Marguerite Abouet


No es la primera vez que hablo de cómic en alguno de los blogs en los que participo, eso es cierto. Pero como ya advertía en su día aún no soy un lector de cómic avezado, sino más bien en categoría amateur al que todavía le cuesta gastarse los dineros –muchos- en un tebeo de toda la vida. Pero, dicen, que las oportunidades hay que aprovecharlas, y a mí hace hoy justo un año se me planteó la posibilidad de inspeccionar todos los documentos que había en una librería, a mi gusto y con tiempo. Quizás por eso, quizás porque también dicen que el Pisuerga pasa por Valladolid y ayer se falló el primer Premio Nacional de Cómic –que ha recaído en Max- del cual se decir más bien poco, hoy me planto ante Uds. para invitarles a acercarse a un cómic africano.

De primeras así, como que sobrecoge la idea de un cómic africano. Uno piensa que estas son cosas de americanos, europeos y japoneses principalmente, que el reino del arte del tebeo está vetado a las historias de los africanos. Al menos en cuanto a mercado lector se refiere. Sin embargo da gusto ver cómo ese país vecino del nuestro, Francia, recoge las ideas de sus antiguas colonias y las proyecta a unas ciudades como la nuestra en la que no tendríamos idea alguna de no ser por ellos. Eso sí, nada de considerar la lengua francesa que hablan estos africains como algo que otorgue identidad a la patria francesa, no vayan a tener otro caso Senghor y tengan que reeditar los libros de texto de sus Lycées.

En cualquier caso el cómic que tuve entre mis manos no fue otro que el Premio Angouleme 2006 a la primera obra. Siempre suelo decir que estos premios a noveles son los que más interesantes me resultan. Las primeras obras de todo autor, aún faltos de profundidad en muchos casos por la inevitable bisoñez que muchos atesoran, tienen la gran virtud de proponerse una pequeña trasgresión. Todo autor, aún a pesar de que los límites del mercado le domestiquen la primera obra, se propone con ella la de aportar algo nuevo. Ha de ser algo que llame la atención, y no lo de siempre. Cuántos grupos hemos visto que han terminado por ser grupos de un solo disco. O cuántos escritores terminaron por eternizar su segunda novela más que Michael Douglas en Jóvenes prodigiosos –gran película. Muchas veces esto pasa por sencillamente porque el éxito de la primera obra es tal que pone al autor frente a grandes figuras consagradas en su materia. Las charlas informales con ellos, el intercambio de ideas que muchas veces surgen de esas reuniones terminan por aniquilar la creatividad atenazando a la joven promesa, quien se siente como si jamás fuera capaz de lograr parecerse a sus predecesores.

Pero centrémonos. Aya de Yopougon es un cómic muy entretenido, escrito por la costamarfileña Marguerite Abouet e ilustrado por Climent Oubrerie. Todo transcurre en Yopougon, un barrio popular de Abidjan, la capital de Costa de Marfil. La historieta es bastante simple y costumbrista, nos muestra las vidas de tres jóvenes de unos 18 años residentes del barrio en cuestión. Adjoua y Bintou sólo buscan una vida joven fácil. Su mayor preocupación es cómo escaparse de la vigilancia de sus padres e ir a la discoteca a bailar y a entretenerse con esos chicos rebeldes tan defenestrados por la familia. Junto a ellas encontramos a la protagonista de todo, Aya, una chica con ganas de divertirse pero que también mira por su futuro. Para huir de la vida de ama de casa que le espera, ella está empeñada en dejar las fiestas y centrarse en sus estudios. Quiere ser una buena doctora. La historia es dulce y simpática en cada momento. Incluso en los instantes más comprometidos. Abouet nos muestra la ternura de una edad adolescente de despreocupaciones y libertades, donde las pequeñas revoluciones consisten en escaparse una noche y ver al chico que te está prohibido. Donde los errores significan que ya no decides por tu cuenta.

La sociedad que nos dibuja Abouet está plasmada por una tranquilidad social que quizás sorprenda al lector poco africanista, pues bien pudiéramos estar hablando de muchachas residentes en nuestras seguras ciudades del Primer y único Mundo. Esa es la gran virtud de este cómic, que los personajes son reconocibles por cualquiera de nosotros, que las situaciones sociales son posibilidades de todo el mundo. En la preciosa edición española de Norma nos cansaremos de leer que el Aya de Yopougon consigue alejar al lector de una África asolada por los conflictos y demás lugares comunes que hacen chirriar un poco el conjunto del producto que tuvimos entre manos. Discrepamos de la asociación de producto africano a producto de o sobre el conflicto que se hace en todas partes. África está llena de singularidades y, aunque parezca mentira, no todos los países y no todos los lugares están en guerras cruentas –cuantos más calificativos monstruosos pongan tras la palabras África y guerra, mejo les irá- o son lugares idílicos en donde cualquier occidental debería vivir al menos un año. En plan Katharine Hepburn.

Las ilustraciones de Oubrerie son estupendas, muy integradas en la historia, que no aportan detalles innecesarios y plasman la veracidad de las historias. Veracidad que viene corroborara con la constatación de que el barrio del que hablamos, Yopougon, es el barrio donde se crió la autora en la misma época en la que transcurren los hechos. Un motivo más, sin duda, para meterse de lleno en este interesante cómic y aprender de África subsahariana por otros medios menos habituales. Disfrutarán esperando a que salga la segunda parte.

"En los años 70, la vida era dulce en Costa de Marfil. Había trabajo, los hospitales estaban equipados y la escuela era obligatoria. Tuve la posibilidad de conocer esta época despreocupada, donde los jóvenes no tenían que escoger su campo demasiado rápido, y se preocupaban sólo de la vida corriente: los estudios, la familia, los amores... Y es esto lo que quiero contar en Aya, África sin los tópicos de la guerra y del hambre, esta África que subsiste a pesar de todo porque, como se dice en nuestra casa, la vida continúa..." Marguerite Abouet.

miércoles, octubre 31, 2007

103 miradas te contemplan

África siempre ha estado ahí. Abajo. Como un espejo frente al cual crecemos nosotros. Como explicación de que vamos por buen camino. Frente a nosotros, ella. Contra ella, nosotros. Durante la época colonial África se convirtió en contenedor de aquellos que no encajaban en la nueva sociedad moderna que se estaba fraguando en Europa. Aquél que no conseguía encontrar un lugar en la modernidad, o aquél que necesitaba hacer carrera rápidamente, o el otro que, necesitado de expiar sus culpas, corría a la tierra pecaminosa como la única oportunidad de ser salvado. Todos ellos acabaron en África y contribuyeron a enviar desde allí lo necesario para la eficiencia del sistema, para que la modernización europea fuera rentable. África envió recursos materiales para el crecimiento industrial e imágenes de cómo los europeos debían entenderse a sí mismos. Pero también recibió a todos aquellos expulsados de sus hogares europeos.

Llegó la descolonización. Llegaron las nuevas formas de hacer política, de hacer negocios y de hacer carrera. África, sumidero del mundo donde todo lo negativo se concentra, debe ser salvada de nuevo y el desarrollo es la respuesta. Sin embargo, incomprensiblemente, la modernización europea no consiguió instalarse en el seno del corazón de las tinieblas. Una modernización quebrada, pensarán muchos. Pero la realidad es diferente.

Desde siempre, los africanos y las africanas han buscado estrategias para la resistencia en el encuentro colonial. Estas estrategias cambiaron durante el tiempo y, por supuesto, continuaron con la descolonización. La política impuesta desde las antiguas potencias coloniales fue reinterpretada por las poblaciones africanas. Se africanizó la modernidad. Un proyecto distinto para una situación distinta. En la modernización europea, aquellos que no encajaban en la sociedad en formación eran expulsados hacia los inmensos contenedores que eran los nuevos mundos –América, Australia y, en especial, África. Gracias a eso la modernidad europea no tuvo que soportar los peligros de una inmensa población desatendida, pudo gestionar su espacio de manera más ágil y, además, contando con los flujos comerciales que esos mismos europeos excluidos esquilmaban a los nuevos mundos.

La modernización africana –a la que Europa contribuye y en la que participa- cuenta hoy con otras características completamente diferentes. La base del sistema político y económico africano es una modernidad clientelar, neo-patrimonial. La base de la legitimidad del sistema está en el abastecimiento económico de las redes clientelares. Si se está dentro de esas redes –aún muy abajo en ellas- la supervivencia de uno mismo y de su familia está asegurada, si se está fuera, todo peligra. Es entonces cuando África necesita reinventar el encuentro colonial, cuando las poblaciones africanas excluidas de espacio en su sistema político necesitan migrar, buscando nuevos horizontes que les permitan buscar un futuro para ellos y para sus descendientes. Pero se encuentra con las puertas y las mentes europeas, cerradas y obstinadas en ver que aquello que viene de África no es más que el fruto de las luchas bárbaras de unos salvajes incapaces de organizarse como sociedad moderna civilizada. Incapaces de comprender a su hermano africano.

Las puertas cerradas provocan las imágenes más estremecedoras que uno puede recordar en años. Gente que salta vallas, que cruza estrechos, que se pierde en los mares de la ingratitud mostrada por quienes les deben más que la vida. Junto a la retina de Tian´anmen, del desplome del muro en Berlín, del Caucescu ahorcado por el pueblo, hoy nos podemos quedar con ese cayuco varado y esa escalera artesana colgando de la alambrada.

Y sin embargo seguimos encontrándonos con África a cada paso que damos. Aún no se terminó ese encuentro colonial que ya en el siglo XIX anteponía la empresa a la persona. Hoy podemos encontrar infinitesimales ejemplos de empresas trasnacionales que cruzan los mares yendo a parar a África con la intención de sacar una mayor tajada. En Asia se escoge a las poblaciones más desfavorecidas, se las emplea en trabajos donde la remuneración es una entelequia. Mientras, en África la población no importa. Se apartan con un manotazo miles y miles de personas de una región con tal de que el mineral, o lo que sea, llegue a donde tiene que llegar en hora. No hay cosas imposibles en África, sólo hay cosas complicadas y menos complicadas.

Últimamente los negocios deben de estar mal, porque ahora ya no sólo se sacan minerales. Ahora también se pueden sacar niños. La noticia de la detención de un avión fletado por una ONG francesa con el que pretendía sacar a 103 niños de Chad con la justificación de que eran huérfanos y la pretensión de darlos en adopción ya en Francia deja a cualquiera sin habla. Y nos deja a todos nosotros, hijos de la modernidad, frente al espejo. A África echamos a los indeseables sociales de nuestro tiempo más pasado. Desde África recogimos a los trabajadores menos cualificados fruto de los cuales tenemos el presente. Ahora les cerramos las puertas a los que siguen queriendo dejarse la vida en el tajo europeo antes que seguir trabajando en sus países y, asombrosamente, exportamos aquello que más nos falta: la infancia. Cuando nuestros índices de natalidad son los más bajos, exportamos los niños y niñas que nos hagan falta, les damos una cultura europea y así podremos reproducir los modelos modernos en el futuro. Serán los niños sustraídos al continente africano los que dominen las economías africanas, convirtiendo todo esto en el más macabro juego nazi de hacer de los condenados sus propios guardianes.

[La muy interesante fotografía que ilustra esta entrada es de Chris Steele-Perkins]

lunes, octubre 01, 2007

El fracaso del retorno del hombre blanco


Existe una cosa en el imaginario social del periodismo que a la que se le llama Comunidad Internacional. Ésta sería un ente o conglomerado de ideas, una voluntad colectiva compartida por estados, organizaciones internacionales y organizaciones de la sociedad civil internacional –otro mito que quizás debiéramos desmentir- que provoca la necesidad de actuar en los asuntos internos de un estado. La Comunidad Internacional siempre se personaliza en alguien. Siempre hay un alguien internacional que se erige en portavoz de esta voluntad colectiva por lo general no debatida y, también por lo general, traducida en la intención y visión de aquél que se vuelve portavoz. Es, por tanto, el momento en que aquél que desea realizar una acción en lo internacional reúne el apoyo no estructurado y frecuentemente no formalizado del resto del mundo, del planeta y todos sus seres vivos. Es el momento de que alguien venga y les diga a éstos o a aquéllos que no se enteran de lo que tienen que hacer. Que todo el mundo lo ve, los culpa y, por tanto, van a ayudarles a ayudarse a sí mismos. Es lo más parecido a un psicoanálisis que vamos a encontrar en la política internacional. Y ya sabemos todos lo que opinamos de los psicoanálisis.

Pero ocurre que, abundantemente, este análisis que la Comunidad Internacional hace de una situación política determinada es erróneo pues tiende a olvidarse de tomar en consideración todas aquellas actividades que la propia Comunidad, cuando no el mismo portavoz en primicia, realiza para contribuir al empeoramiento del estado de la cuestión. Un caso evidente de todo esto ha sido históricamente el del estado congoleño – el de Kinshasa, no el de Brazzaville- acuciado de múltiples problemas que han impedido un transcurso normal de la política, normalizando la guerra y la política de guerra que ha dominado el espectro social de los congoleños y congoleñas.

En este mismo blog hemos hablado multitud de veces de lo que hoy se denomina la República Democrática del Congo. Pero en estos breves análisis nos habíamos detenido en la figura de Laurent Désiré Kabila y habíamos preferido no lanzarnos a la aventura de analizar la guerra que siguió a su asesinato más que de una manera débil y todo ello debido a no querer correr el riesgo de equivocarnos en el análisis de tanta polvareda. Este blog, escrito desde Madrid, no había sido capaz de analizar la situación en un país donde España tiene enviados tropas bajo bandera de la ONU, donde su embajada ha sido atacada en más de una ocasión y donde durante este tiempo ha existido incluso un incidente de retención de españoles desplazados a Kinshasa por proyectos de adopción internacional. Procedemos entonces a saldar una deuda.

Cuando Kabila es disparado por uno de sus guardaespaldas el país congoleño está siendo nuevamente invadido por tropas ugandesas, ruandesas y de Burundi. Ya lo había sido anteriormente, pero esa vez todas habían asumido el liderazgo del propio Kabila en pos del derrocamiento del enfermo Mobutu. En el nuevo ataque la intención era derrocar el régimen de Kabila sencillamente porque éste había incumplido sus compromisos en el proceso de derrocamiento mobutista. Cuando Kabila llega a hacerse con el dominio de Kinshasa y por ende del Congo, además de renombrar el país –antes se llamaba Zaïre-, se olvida de las alianzas étnicas que habían conducido a su liderazgo. Marginando a unas etnias y utilizando políticamente a otras, Kabila aparta de su círculo decisorio a los aliados de Uganda, Ruanda y Burundi cometiendo el error de considerar poco peligrosas las respuestas de todos ellos. Además comete otro error: trata de renegociar las concesiones sobre recursos que había concedido a diversas empresas extranjeras durante una época, la de la guerra, en la que necesitaba liquidez y de la que jamás pensó que iba a ser tan corta. Planificando los contratos como si la liberación de Mobutu fuera a costar 15 años, y no previendo el derrumbamiento del castillo de naipes en apenas unos meses, Kabila empeño el futuro de su gobierno fuera de las élites étnicas de sus tres aliados y vecinos.

Kabila muere, y a le sucederá su hijo Joseph Kabila. El nuevo dirigente se verá en la necesidad de enfrentarse a un ataque desde el Kivu que, contrariamente a lo esperado, se divide en tres amplias zonas de influencia. Con uno de los frentes debilitado y el otro convertido en tres subgrupos enfrentados a sí mismos, la situación de la República Democrática del Congo queda pues a la espera de la voluntad de diferentes señores de la guerra quienes saben muy bien sacar provecho del conflicto. La Comunidad Internacional, esa voz que siempre acierta, se pasa años y años obteniendo concesiones de explotación de recursos en el país africano. Negocian con los señores de la guerra un suministro de coltan y otros minerales en los que el Congo es verdaderamente rico y los legalizarán cruzando la frontera hacia Burundi, Ruanda o Uganda.

Es el momento en que la situación está estancada. La vergüenza de un conflicto iniciado y sostenido por agentes internos e internacionales llega a ese otro mito de la sociedad civil global y termina por propiciar la cara buena e intervencionista de la Comunidad. Se crea, bajo el auspicio del Consejo de Seguridad de la ONU, el llamado Diálogo Intercongoleño (2001-2003) con la intención de sentar a esos negros y que se pongan de acuerdo para repartirse el pastel de una manera no violenta. Qué sería de África si el hombre blanco no la ayudase.

La solución encontrada para el reparto es básicamente la de un gobierno de unidad nacional en el que habrá un solo Presidente y cuatro Vicepresidentes, en representación en cada una de las facciones en guerra. El mensaje de la Comunidad Internacional es bien claro: legitima a aquéllos que han hecho la guerra en perjuicio de quienes optaron por no armarse. Con el gobierno de unidad se establece un calendario electoral con vistas al año 2006. Hoy hace un año de la segunda vuelta de estas elecciones que nunca llegaron a buen término por considerarse extrañas a los congoleños y congoleñas, impuestas por ese ente superior que es la Comunidad, y que sólo han contribuido para dividir aún más al país pues de sus resultados observamos una división entre las provincias del Este, a favor de Joseph Kabila, y el Oeste a favor de Jean-Pierre Bemba. A parte quedan las dos regiones del Kasai, que no se pronunció por ninguno de estos dos líderes.

Del proceso de democratización en el Congo podemos discernir los errores clásicos de los procesos del sistema internacional en África. En ningún momento de la intervención política se tuvieron en cuenta las causas de justicia, primando por entero la voluntad de no ofender a los combatientes, se deslegitimó la política a favor de violencia. No se permitió saldar las deudas de los crímenes de guerra a través de juicios ni se planteó la posibilidad de que los recursos naturales del Congo sirvieran para beneficio de la población y no de los países ricos.

Hoy día, después de los diálogos, de los envíos de tropas, de las elecciones a dos vueltas, de todas las buenas intenciones que la Comunidad Internacional ha tenido para enseñar a estos negros a ser civilizados resulta que tenemos una República Democrática del Congo en donde son los señores de la guerra, una serie de criminales, los que dominan el territorio y saquean los recursos que venden a buen precio a las empresas multinacionales.