AVISO

lunes, diciembre 21, 2009

In the Loop, de Armando Iannucci

La tendencia actual de la política internacional está claramente marcada por una necesidad o impulso irrefrenable a legislarlo todo. Sí, es cierto que el término legislar no es estrictamente correcto, pero la temática de lo internacional está resultando tan compleja que, si pensamos en el establecimiento de un supuesto gobierno global sus competencias legislativas abarcarían cualquiera de esos asuntos sobre los que líderes y técnicos se reúnen tan concienzuda y públicamente. Los partidos políticos, el agua, la gestión medioambiental, la administración pública… actualmente todo es susceptible de ser racionalizado desde el ámbito internacional.

Si continuamos con esta lógica, escribir una serie de entradas sobre Cine y Relaciones Internacionales resultaría extremadamente vacuo precisamente por el excesivo contenido de ésta. La lógica de la clasificación consiste en depositar en contenedores fácilmente reconocibles las cosas o sujetos a ordenar con el objetivo de que sean fácilmente encontrados para su uso. Siguiendo así, muchas habrían de ser las películas que pasaran por las páginas de esta serie, desde las redes de prostitución hasta las mismísimas chaladuras de cuatro informáticos.

Sin embargo, si existe un tema clásico en el mundo de las Relaciones Internacionales, ése es la Guerra. Cientos de hojas se han escrito sobre la misma. Da igual de qué guerra se hable, siempre que se trate de una entre naciones o Estados. Y aun cuanto se ha dicho de todo, siempre hay cosas sorprendentemente interesantes a contar sobre ella. Como esta película.

In the Loop –algo así como “En el bucle”- es una película sobre la guerra. No nos enseñará terribles escenas de soldados mutilados y muertos de miedo justo antes de desembarcar. Pero nos enseñará por qué se desembarca y qué tipos de personajes lo deciden. El cartel la vende como la ¿Teléfono Rojo? Volamos hacia Moscú de nuestros tiempos. Sin embargo se sale del cine más con la sensación de haber visto Yes, Minister en pantalla gigante, con más tacos y hablando de la política del siglo XXI.

Es una película brillante de principio a fin que no deja respirar al espectador en ningún momento. Posee esas dosis de genialidad en la mezcla de humor y política que acaba con cualquier argumento en su contra. Su director, Armando Iannucci, da a la cinta un aire de documental con el estilo de cámara en mano y de persecución del personaje que provoca tensión en el espectador y convierte a dicho estilo en una parte más del elemento narrativo. Los planos se mueven aceleradamente transmitiendo una sensación de importancia y de trascendencia a cada momento.

El proyecto de la película es la continuación de una serie de televisión británica, de la BBC por supuesto. Thick of it comenzó sus emisiones en 2005 y, además de una futura adaptación estadounidense, cosechó grandes críticas. La serie surgió como una respuesta a la antes mencionada Yes, Minister y varios de sus personajes-actores repiten en el largometraje. El protagonista es Malcom Tucker, Director de Comunicaciones del Primer Ministro británico. El hombre que decide qué sale en los medios por parte de cada miembro del gobierno inglés, el vasallo de confianza del Primer Ministro y, en el fondo, quien maneja los hilos de ese mecanismo anteriormente conocido como gobierno británico. Interpretado por un excelente Peter Capaldi –uno de los que repite de la serie-, el Sr. Director de Comunicaciones parece preso del síndrome de Tourette por la cantidad de oprobios que suelta a cada paso. De hecho, repasando mentalmente la película, sólo se intuye que no pronuncia taco alguno en la segunda escena, justo hasta que escucha por la radio a Simon Foster, Ministro de Desarrollo Internacional, apoyando veladamente una guerra que aún no ha sido declarada y sobre la que el gobierno, es decir Tucker, no quiere mostrar una postura clara.

Interpretado por el correcto Tom Hollander, el Ministro es preso de su incapacidad para responder a los medios de comunicación de su país de una manera acertada. Cabría preguntarse qué clase de político es tan incapaz de gestionar respuestas sencillas a preguntas fáciles si no hubiera cientos y cientos de ejemplos documentados en cada país. Las relaciones de Simon Foster con la prensa dinamitan el discurso público del 10 de Dwoning Street y precipitan la sucesión de acontecimientos al otro lado del Atlántico.

El otro escenario que se muestra es el de unos Estados Unidos atrapados entre dos Secretarios de Estado y un General. Por un lado, el Secretario de Estado Linton Barrick, un maníaco asesino con relaciones con el lobby armamentístico que utiliza como sujetapapeles una granada de mano cargada con anilla. Su política, y la de su equipo, consiste en sostener la necesidad de una guerra que aparentemente es militarmente inabarcable y políticamente inasumible. Por el otro bando, el del no a la guerra, se sitúan la Secretaria de Estado Karen Clarke, con su equipo adjunto, y el General George Miller, quien nos devuelve después de Los Soprano al genial James Gandolfini.

Las luchas internas en el Gobierno de Estados Unidos hacen que parezca que exclusivamente ellos se toman en serio la posibilidad de no acudir a la guerra, sin embargo la película va dando muestras de que sólo son posturas que, aunque aparentemente irreconciliables, son maleables, y que los intereses personales de cada uno de los personajes están muy por encima de las decisiones políticas. Más aún si la carrera profesional no estaba más que comenzando a andar.

No se podría hacer una crítica de esta película sin hablar de otro de los actores que repite de la serie. Se trata del cómico británico Chris Addison que, interpretando al técnico de comunicación política Toby Wrigth, recién llegado al Ministerio de Desarrollo Internacional, destrozará cualquier plan para mantener el camino de la guerra alejado de la prensa.

La película muestra una política marcada por los egos de los personajes. Pequeñas afrentas son solucionadas a golpe y porrazo de declaraciones políticas y amenazas de fin de carrera como si en el patio del colegio se estuviera. Todo rodeado de un humor negro y brutal, sostenido por el inconmensurable Peter Capaldi. El juego de hilos que, como en el estupendo cartel promocional, conectan el eje norteamericano-británico permite que la comedia de situación sobre política se disfrute a la vez que despierte sentimientos de vergüenza ajena. Los personajes, políticos y técnicos de las dos administraciones, son claramente esperpentos de lo que se supone en la realidad. Sin embargo en cada uno de ellos podemos encontrar al pequeño dictador –o grande, según el caso- que llevan dentro y que, al fin y al cabo, terminan por manipular los consensos de política internacional inclinando la espada de Damocles hacia uno u otro lado. Es la política de la víscera arrastrada por el interés, que mueve a los supuestos organismos bien intencionados y manipula las conciencias de Occidente. Porque las de sus siervos las dio por perdidas en el momento que sintieron el frío acero del cañón de la Justicia Internacional en el calor de su nuca.

miércoles, diciembre 02, 2009

El léxico del cooperante

Hacer de Coco, o Grover es algo que detesto, pero ha llegado la hora de decirlo, aunque nos tengamos que poner un poco pedantes. Según el Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia, el verbo cooperar consiste en "obrar juntamente con otro u otros para un mismo fin". El diccionario, por tanto, no atribuye ningún tipo de bondad al hecho de cooperar. Este es un error muy común en quienes se acercan por primera vez al mundo de las relaciones internacionales -donde la palabra cooperación es de uso habitual. El error consiste en atribuir a la palabra cooperación una categoría moral de bondad y, por tanto, hacerla deseable. También es común entender cualquier actividad del Norte relacionada con países del Sur como cooperación, y por tanto intrínsecamente buena. Errores éstos que cada vez es más necesario saber evitar.

martes, diciembre 01, 2009

Las trampas de la salud africana

Uno de los mitos comunes asociados cuando se habla de África Subsahariana se refiere a la Salud. Cualquiera que planifique un viaje hacia zonas de la región recibirá de golpe y de manera formal e informal diversos tipos de información relacionada con la protección de la salud personal que seguramente le hagan replantear su viaje.

La Conferencia Internacional sobre Atención Primaria celebrada en Alma-Ata definió la salud como la ausencia de enfermedades y la presencia de bienestar físico o social. Esto es, como la ausencia de riesgos y peligros sanitarios. Actualmente en África los principales problemas sanitarios que podemos encontrar son la mortalidad materno-infantil, las enfermedades infecciosas y las no transmisibles. Para el occidental, en especial el europeo, existe la sensación de que, nada más bajar del avión, se verá sumergido en un continuo ambiente de amenaza hacia su salud. Cualquier cosa que coma/beba puede estar hecha para matarle. O esa es la sensación que tiene. Y frente a esto, los africanos y las africanas viven sin ningún tipo de miedo, son riesgos que están presentes en su vida diaria que carece de ese velo irreal de seguridad en torno al que hemos creado nuestro día a día.

La automedicación es una de las armas africanas, habiendo establecido por tanto una manera de autodiagnosticarse –si se tiene fiebre hoy, se toma paracetamol: si la fiebre se va pero a los pocos días vuelve, es paludismo. Proliferan las farmacias ilegales con medicamentos caducados o falsificados y que no conocen qué están recetando a sus enfermos. Y, por supuesto, surge la medicina tradicional como elemento alternativo a los inaccesibles –por razones económicas o de distancia- hospitales.

Esta medicina africana, basada en la experiencia propia y el sentido común, no le sirve al occidental. Ni le sirve ahora ni le servía hace un siglo, cuando era el colono. Fue entonces cuando se estableció una doble sanidad. Por un lado un sistema para los colonos y por otro, coexistiendo, uno para la población local que consistía más en temas de higiene y mantenimiento del prolatariado. A partir de 1920, y hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial, quizás debido a que los africanos combaten con los europeos en la Gran Guerra, se comienza a establecer un verdadero sistema sanitario que es el que heredarán los países independientes y el que destrozarán los Programas de Ajuste Estructural del FMI y del Banco Mundial al proponer su privatización y el fin de los subsidios estatales al sistema.

Pero a día de hoy, si hablamos de Salud y de África podremos comprobar cómo la mayoría de los occidentales asocia a la relación una palabra: VIH/SIDA. Asociados al Sida hay infinitos puntos mal explicados que, de manera muy sencilla, todo el mundo puede ver resueltos. Pero en este blog, que no es absoluto un consultorio sanitario aunque algo de terapéutico sí que tiene, lo que nos interesa es resolver mitos en torno a las políticas de Sida en África y sus consecuencias.

De primeras hay que considerar la gran presencia del virus en la zona. Se calcula que al menos un cuarto de la población total del continente es positiva. Para muchos expertos en Relaciones Internacionales, hablar de Sida en África, con estas cifras en la mente, equivale a hacer llamamientos para la prevención de conflictos y revoluciones. Con una obtusa visión sobre la formación de los conflictos, estos expertos cridan apelando que cuanta más importancia cobre la pandemia, más virulentas serán las sacudidas políticas. Pero lo cierto es que no está ocurriendo así.

En África Subsahariana, las relaciones sociales están hechas para aguantar el peso de los fallos del gobierno. Las políticas públicas en torno al Sida son, en muchos casos, ineficaces o inexistentes. Paradójico era el caso del ahora ex–Presidente de Sudáfrica Thabo Mbeki, quien en un congreso internacional sobre la enfermedad realizado en su propio país negaba la existencia de ésta. O la de su Ministra de Sanidad, Manto Tshabalala-Msimang, quien recomendaba ajos y vitaminas como remedio para combatir la enfermedad. Estos casos, caricaturizados por la prensa internacional debido a su incapacidad para analizar lo que pasa más allá del Mediterráneo, nos dejaban entrever que existían diversas maneras de acercarse a la enfermedad en el continente.

Las formas de resistir o de rebelarse en África no son necesariamente las mismas que en occidente. África Subsahariana, para suerte o para desgracia, está acostumbrada a convivir con otro tipo de pandemias que esquilman la población y hacen estragos en sus relaciones sociales. Sin embargo, ninguna de éstas han conseguido acabar con su estructura ni con su fortaleza. En un momento en el que África tiene más líderes elegidos democráticamente que en toda su Historia, las políticas públicas de salud siguen siendo pequeñas aportaciones y el peso real sobre la gestión de las consecuencias de las pandemias así como sobre su control, recae en las redes sociales de autoayuda.

Un vistazo por uno de los problemas sociales derivados del Sida son los huérfanos. Aproximadamente 12 millones de niños y niñas en África Subsahariana han perdido al padre o a la madre a causa de la enfermedad. Cabría pensarse que sobre aquellos niños que han perdido a los dos padres se cierne la desprotección, sin embargo la red familiar, de carácter extenso, acoge a éstos y termina por reconducir su situación personal.

Como con todo en África, los líderes mundiales –o cabría más decir imperiales- opinan libremente sobre qué hacer o no hacer para solucionar la pandemia del Sida en el continente. En días como hoy, en donde internacionalmente se guarda un emotivo momento para charlar de la enfermedad, merece la pena lanzar un grito contra todos aquellos que, a través de su profunda ignorancia –como la del video que a continuación les dejo- siguen pensando que África es un continente-laboratorio en donde aquello en lo que ellos creen “tiene que funcionar”, aunque sea a la fuerza.




miércoles, noviembre 11, 2009

¡Oh capitán, mi capitán!

Los periódicos de hoy no llevan ya casi ninguna opinión sobre el secuestro del Alakrana, ese barquito sin bandera, para no pagar impuestos, que surcaba tranquilamente las aguas de Somalia cuando fue apresado por unos piratas muy modernos. Debe de ser que los familiares han tenido la ocurrencia de no hablar en los medios y que, por tanto, una vez acallada la voz discordante del PP, ya nadie tiene nada que reprocharle al PSOE. Ni tan siquiera Nuñez Feijoo.

Pocos, eso sí, se han parado a pensar qué hacía allí un barco presuntamente español –aunque sin bandera para no pagar impuestos. Pocos incluso han comparado el caso con la retención del Fabel III en Guinea Bissau, casi por las mismas fechas. Mientras en el primero el Gobierno asume responsabilidades, con el segundo se puede limpiar las manos. ¿Y todo por qué? Pues por la soberanía.

Guinea Bissau es un Estado soberano. Pobre, pero soberano. Su gobierno puede acogerse a la legalidad internacional e interna para imponer multas o incluso retener a los delincuentes. Si la cosa se complica en exceso, como en el caso de los niños de Chad que unos franceses pretendían secuestrar, no pasa nada. Occidente se pasa los tribunales “del Tercer Mundo” por las narices y, con gran despliegue mediático, se trae a los responsables del secuestro –haciendo escala en Madrid- “sanos y salvos”. Y los juicios se dejan para otro día.

A un Estado sobreano se le puede respetar –hasta cierto punto, como vemos- pero hay otros, como Somalia, que ni interesan ni importan. La comunidad internacional ya ha salido de un país que, en realidad, está dividido en tres partes. Somaliland, al norte, con constitución, bandera, moneda y gobierno propios, funciona de hecho como un Estado independiente pero sin que sea reconocido por el resto de países. Puntland, en el centro del territorio somalí, pugna por la conversión de Somalia en un Estado Federal. Y al sur, encontramos el resto del territorio somalí, repartido por lo que se llama mediáticamente “señores feudales de la guerra”, y que históricamente se podrían denominar “clanes”. Con esta mezcla de autoridades, y aun existiendo un presunto gobierno somalí dirigido por Cheikh Ahmed, España no mantiene relaciones diplomáticas ni de ningún otro tipo y, por tanto, se desentiende en cierta medida de lo que allí ocurra.

Desentenderse de lo que ocurre allí no es malo. España no tiene, como ningún otro país, la obligación de liderar procesos de trabajo dentro de la comunidad internacional ni de participar en ellos más allá de los caminos trazados por las organizaciones internacionales en las que participa. Pero resulta que este desentendimiento es sólo y exclusivamente de iure, que no de facto. Porque la realidad es que el gobierno consiente que empresas españolas trabajen en aguas somalíes, echando las redes de pesca en un mar para el que no tienen permiso. Aprovechándose de este vacío legal y de la ceguera voluntaria de las autoridades españolas, barcos como el Alakrana recorren millas y millas buscando esquilmar los mares ajenos de peces.

Lejos de impedirlo, y tras el anterior secuestro de otro barco, las autoridades españolas envían fragatas del ejército a realizar operaciones –más o menos efectivas- de protección de estos barcos. Francia incluso ha cambiado la legislación para permitir en sus pesqueros la presencia de hombres armados. Es decir, la comunidad internacional se desentiende de todo aquello que ocurre en Somalia, pero se moviliza militarmente para que sus nacionales puedan robar pescado aprovechando que el país africano no tiene capacidad naval.

Los somalíes han llevado su guerra en forma de red hacia las aguas del mar, viendo en este campo de batalla una importante fuente de ingresos. Armados con jóvenes desubicados en la sociedad somalí, que no tienen oportunidades para desarrollar sus capacidades –ahora que está tan de moda las ideas de Sen-, y movilizando despachos de abogados londinenses –que ya cobrarán su tanto por ciento-, surca los mares una nueva flota naval somalí, desestructurada y desmilitarizada, pero no desarmada que, sin mediar Tratado internacional, ya que nadie les reconoce como sobreanos, defienden las aguas propias con un peculiar y peligroso estilo: “si quieres mi pescado, pagas”.

Y es aquí cuando el Estado rico en cuestión, ha de poner dinero encima de la mesa, saltarse su ordenamiento jurídico propio y también soberano al liberar a unos detenidos y todo para rescatar a unos empleados por cuenta ajena que han sido enviados allí por el empresario de turno que, habiendo obtenido pingües beneficios de estos caladeros ilegales, ahora se queja de su desprotección. Bonita manera de enseñarnos que el Estado Capitalista está para defender a la Empresa nacional que escaquea impuestos a la que puede.

A continuación un pequeño reportaje desde Kenia en donde se muestra la influencia de este problema en la economía de las zonas costeras. Bien interesante para relacionarlo con el problema de la cooperación al desarrollo. Lástima que aquí, en España, no se hagan cosas por el estilo.




lunes, noviembre 09, 2009

Llevar la contraria

Hoy es 9 de Noviembre de 2009 y, aunque resulta muy tentador para un blog sobre Relaciones Internacionales, no se va a hablar de la caída del Muro de Berlín, ni del fin de la Guerra Fría ni de por qué El País ahora nos dice que el único líder europeo de la época que apoyó la reunificación de Alemania desde el comienzo fue Felipe González.

viernes, octubre 30, 2009

El ilógico marco de Munich

Estos días he podido asisitir a unas conferencias -con interés dispar- sobre Inseguridad y Desarrollo en África. Allí, entre otras cosas, se ha tratado de la inseguridad personal y colectiva de los somalíes. Un tema que realmente tiene importancia histórica para nosotros, aunque sólo sea por el hecho de que Occidente contribuyó definitivamente al enquistamiento de este conflicto del cuerno de África sólo por su afán de salir en la foto.

El país somalí se encuentra dividido entre el control de varios señores de la guerra y diversas identidades de clan que actúan creando alianzas así como modificándolas. Una de las identidades unificadoras ha sido, históricamente, la identidad islámica. De inspiración sufí, la identidad islámica en somalia contribuía a romper las atarudas de clan y a unificar a la población de un Estado sin instituciones.

La desestructuración del Estado somalí provocó que el mundo de las ONG comenzaran a realizar labores humanitarias propias de los servicios públicos estatales de cada país. Y entre este grupo de ONG también se encontraban varias pertenecientes al mundo saudí del islamismo wahhabista. La fuerza de la identidad islámica, potenciada además por su red de protección social y solidaridad, provocó la pérdida de ciertos valores sufíes y la vuelta al pensamiento más tradicional -si bien el wahhabismo no está en los orígenes del Islam, sino que es una reinterpretación ortodoxa de ritos paganos y ajenos a la experiencia islámica del siglo XVIII, que es cuando nace.

En el año 2006, tras la invasión etíope de Somalia, EEUU decidió ponerse manos a la obra. El peligro de que diversos clanes fueran apoyados por Al-Qaeda hizo sentirse inseguro al (des)gobierno de Bush y se buscó una solución. Si Somalia quería ser un Estado islámico, que lo fuera, pero de los buenos, es decir, moderado. Desde Washington se apoyó la creación de una alianza entre los islamistas moderados, diversos señores de la guerra y los grupos laicos que aún existían en la política somalí que se tradujo en el actual gobierno del Cheikh Ahmed.

Este gobierno ha tenido una fuerte presión de sus opositores islámicos wahhabistas. Tal es así que Cheikh Ahmed decidió reformular su política gubernamental y, con el consiguiente apoyo occidental que sustenta y legitima a su gobierno, ha instaurado la ley islámica y a robado medidas tradicionales a su oposición, pensando así que, dejándoles sin espacio político de reclamación, tenderían a desaparecer. Sin embargo la oposición también es capaz de encontrar resistencias y modificar sus exigencias políticas y ha pasado de un wahhabismo moderado a un fundamentalismo extremo, siguiendo la senda de control político y social de Afganistán -aunque con diferencias- y provocando una polarización de la política somalí en un eje que ya podemos afirmar es: fundamentalismo-radical en lugar de moderado-fundamentalista.

Todo esto conduce a pensar, inevitablemente, en la Historia. Esa vieja señora que nos pone delante de nuestros ojos las actuaciones tales como el famoso Pacto de Munich. Éste, para quienes no quieran seguir el enlace, tenía como protagonistas a los Estados de Alemania, Francia, Italia y Gran Bretaña en 1938. Saltándonos su casuística, podemos afirmar que el Pacto tenía como objetivo primordial calmar las aspiraciones territoriales de la Alemania Nazi otorgándole una parte de Checoslovaquia. Teniendo contento al alemán, ingleses y franceses pensaban que podrían evitar una guerra.

Sé que éste es un argumento un tanto peligroso en tanto en cuanto se ha utilizado por muy diversas fuerzas políticas de izquierda y de derecha para justificar su capricho de no reunirse o negociar con tal o cual facción contraria. Sin embargo me he de arriesgar a utilizarlo por cuantas similitudes he encontrado entre los proyectos fundamentalistas nazi y wahhabistas.

Ambos poseen una cosmovisión de supremacía de su proyecto. Mientras que el alemán era un radicalismo surgido de la Modernización, el wahhabismo pretende recuperar unos tiempos míticos e inexistentes de tradición y código moral. Los wahhabistas, además, combaten a los heterodoxos en tanto en cuanto se consideran la voz de la ortodoxia divina, y permiten a éstos convertirse a su doctrina, es decir, tiene un carácter inclusivo. Mientras que el proyecto nazi no permitía agregarse al grupo -como todas las teorías del pueblo elegido- y su proyecto político era muy fuerte y determinado.

Con estas similitudes y diferencias de los actores a los que se intenta contentar, debemos tener en cuenta qué está haciendo este proyecto de Gobierno Global que a día de hoy estamos experimentando, alimentando y engordando. Y la priemera de las conclusiones que podemos sacar es que no existe una verdadera voluntad de provocar el cambio político, social y económico hacia la mejora de las condiciones de la gente, sino una sencilla voluntad de que los gobiernos de países pobres actúen como kapos encargados de la vigilancia de su población, para que no molesten a los intereses occidentales. Cosa que no sorprende, claro.

Pero lo que más preocupa es que no existe entre toda esa masa crítica existente en el mundo, ningún grupo capaz de proporcionar una advertencia sobre esta forma de actuar, capaz de liderar una postura contraria a la teoría del contento, a la práctica de que si el pensamiento fundamentalista-radical quiere quedarse con un Estado y retener su población como rehén, el Gobierno Global no va hacer nada siempre y cuando no molesten llamando a la puerta o insultando desde la barrera. Que falta un Objetivo General al que contribuir y, por tanto, formulamos malos Objetivos Específicos en nuestra política internacional.

lunes, septiembre 21, 2009

Ébano, de Ryszard Kapuscinski

Cae la lluvia tropical y torrencial. Jamás has visto llover así. Se supone que deberías estar afuera, haciendo todo lo que se supone que se hace aquí. Pero lejos de convencerte a ti mismo de que desperdicias un tiempo valioso colocas la silla para acompañar a esa lluvia. Te rodeas del Relec, coges el ajedrez de viaje -como el pescador que lleva la caña, por si se tercia-, la libreta para apuntar, la cámara de fotos -no sea que hoy pase por allí el lagarto de todos los días presto para posar un poco. Y por supuesto: el libro. Jamás leer te llevó tanta preparación ni tanto equipaje. Estarás de vacaciones, pero la tensión emocional no te la quita nadie.

Y te sumerges. Esta vez, quién lo iba a decir, precisamente él, precisamente este libro, no te lleva a una situación muy lejana. Hace mucho tiempo que lo tenías, mucho que lo compraste, incluso lo has regalado varias veces y recomendado cientos de miles, pero jamás pensaste que estarías aquí mismo leyendo lo que estás viendo.

Kapuscinski es muchas veces poco riguroso con la Historia. Sus libros están escritos a la manera de reportajes periodísticos clásicos y, si de pasada toca un tema que tú conoces bien, puedes advertir cierta laxitud en sus aseveraciones políticas, cierta dejadez por reflejar los hechos tal y como fueron. Sin embargo, lo dejamos pasar encantados de la vida. El valor de sus libros no se refleja en su rigurosidad científica, ni en sus descubrimientos. Sus libros son valiosos porque están llenos de humanidad, de personas que se pasean por las páginas siendo ellos mismos sin necesidad de que nadie las interprete, verdadero periodismo antropológico. Son como esos compañeros de nuestra infancia, algo más mayores que nosotros, más maduros, y por tanto más seguros de sí mismos. Pero sin la arrogancia que valoriza la ignorancia. Son como son, y no te piden que los comprendas.

Ébano es un libro de reportajes que tienen como protagonista principal a la región de África Subsahariana. Son 29 artículos que Kapuscinski va a escribir durante sus corresponsalías para un periódico polaco. Podemos encontrar artículos algo más ensimismados sobre el autor, y otros más preocupados por saber captar la esencia del personaje que describen, pero siempre nos trasladarán un pequeño aprendizaje sobre cómo podemos situarnos para comprender al diferente. Aunque muchas veces el diferente puedas ser tú mismo.

Hay imágenes que se quedan clavadas en la retina del lector. Las palabras incrustadas en el cerebelo provocando que se rinda la voluntad ante la imagen de un joven Kapuscinski subido en un bidón de gasolina junto con su compañero de viaje, tratando de aguantar las sacudidas de una cobra que, debajo, trata de sobrevivir y matar a su vez. Podemos ver cómo se tambalea afectado por la malaria, preocupado porque su médico lo quiera enviar de vuelta a Polonia en lo que sería su primer reportaje en el continente. Asustado por si a su jefe le da por anular la corresponsalía por el mero hecho de que su primer reportero hubiera enfermado de gravedad.

Podemos sentir un pánico que Ryszard aparentemente no sufre, cuando leemos cómo es despojado en Monrovia de ese manto de protección que cubre a todo occidental que atraviesa una frontera africana: el pasaporte. Sin él, el europeo se siente golpeado, sin argumento que demuestre la necesidad de ser arrancado de cuajo de situaciones de inseguridad relativa. No digamos ya si en lugar de europeo es estadounidense. Las fronteras son el reino de los privilegiados; siempre que tengas el papel adecuado. Y sin embargo terminamos por sentir aún más pánico cuando nos describe el tamaño de las cucarachas de aquella habitación en donde pernoctará despierto.

Un pero, bastante grave, para la editorial Anagrama y para la persona que ha editado a Kapuscinski en España, es que hay algunos artículos -creo recordar que dos- que están doblemente reproducidos. En Ébano y en el divertidísimo La guerra del fútbol, Kapuscinski nos cuenta su día a día en Lagos, la capital de Nigeria. El relato de los personajes del barrio se disfruta y los hace cercanos y presentes a cualquiera que haya decidido entregarse a la narración. Estamos hablando de la dueña del bar, que sirve cerveza casera caliente. De los ladrones que siempre acuden a su piso cuando él no está, y que le agradecen el no llamar a la policía no entrando cuando él sí que está. Y otros tantos.

En este mismo artículo, Kapuscinski nos enseña que, aún a pesar de la voluntad, un blanco en África es siempre un blanco en África, y que mientras exista la posibilidad de tener aire acondicionado en una barriada de Lagos cualquiera, las diferencias siempre estarán ahí. Al fin y al cabo, como bien dice en las primeras páginas de Ébano, los africanos y las africanas tienen una vida que es un "martirio, un tormento que, sin embargo, soportan con una tenacidad y un ánimo asombrosos".

lunes, septiembre 07, 2009

El país anteriormente conocido como Macedonia

Decir que a través del deporte se vuelcan hoy en día la mayoría de los sentimientos nacionalistas es decir una obviedad. Todo el que tenga un buscador de webs a mano puede observar cómo existen y existieron reivindicaciones nacionalistas a cada evento deportivo existente. Y los JJOO, esos a los que el Alcalde de Madrid ha decidido asociar su futuro, son una competición de Presidentes y Jefes de Estado que luchan por que sus gallos de pelea o sus tortugas corredoras, venzan a los demás para salir en la foto.

Hoy, día 7 de Septiembre de 2009, comienza en Polonia el Campeonato de Europa de Baloncesto, el Eurobasket. Allí se enfrentan 16 selecciones europeas para dirimir quién es el más fuerte. Seguro que más de una alteza real ya está pidiendo los números de teléfono del capitán y entrenador habituales –y además, en el caso de España, como el alteza y el entrenador son italianos, seguro que se entenderán bien. Allí en Polonia, en el partido inaugural del Grupo A se enfrentan Grecia y un país anteriormente conocido como República ExYugoslava de Macedonia. Y se enfrentarán si es que hay acuerdo sobre el nombre –provisional en todo caso- que tendrá este segundo país.

El conflicto internacional sobre el nombre del Estado de Macedonia viene de lejos. Cuando en 1991 la Yugoslavia de la época se rompe en diversas repúblicas independientes que continúan las divisiones administrativas establecidas por Tito, cada nuevo gobierno se lanza en busca del tan ansiado reconocimiento internacional que las identifique como naciones soberanas e independientes. Con legitimidad, por tanto, para autogobernarse. Al fin y al cabo, el Sistema Internacional no es más que un acuerdo de primus inter pares para decir que este cacho de huerta es de éste o de aquél. El gobierno de Macedonia pretendía ser rápido en esta cuestión para evitar que su territorio fuera reclamado por búlgaros o griegos. Sin embargo la jugada no fue completa y, si bien es miembro de pleno derecho de la comunidad internacional, el latiguillo del nombre no termina de permitirles levantar el suelo.

La génesis de este conflicto, como casi siempre, tiene que ver con problemas políticos no resueltos que se aparcan para resolverlos –como sea- más adelante. Tito se encontró con una Yugoslavia en la que Serbia era la república dominante y sobre la cual giraba toda su historia. Justo debajo de Serbia existía una región fronteriza con Bulgaria y Grecia a la que el nacionalismo serbio llamaba “Serbia del Sur” y que en realidad tenía una herencia helénica innegable. Denominada Macedonia y siguiendo las líneas fronterizas que el Imperio Otomano había impuesto, la región sureña de Yugoslavia tenía tres hermanas griegas –las tres regiones fronterizas del lado griego que se denominan Macedonia Central, Oriental y Occidental- y una hermana búlgara –la llamada Macedonia del Pirin. Con ésta última Tito trazó un plan de unificación. En 1946 Bulgaria renunciaría a esa zona a favor de Yugoslavia a cambio de sus reivindicaciones en el mar Egeo. Era la época en la que se hacía Historia y los huertos cambiaban de manos. La URSS, juez y parte en todo esto, dio el visto bueno al acuerdo y cuando todo estaba a punto de concretarse, estalló por los aires. Tito rompe con la URSS en 1948 y por tanto sus reivindicaciones sobre el Pirin son desoídas y Bulgaria reafirma la propiedad de la región. Tito, para evitar que la población macedonia se le vaya de las manos, organiza una política orientada a fomentar un nacionalismo macedonio que hasta entonces estaba dormido y que sería el inicio de la voluntad independentista de la década de los 90.

La política yugoslava pasó en aquél momento a potenciar –por no decir crear- la idea de que el macedonio era un pueblo independiente en lo cultural, social e idiomático a todos los pueblos que le rodeaban –búlgaros, serbios y, sobretodo, griegos. Y así se llegó hasta el día en que los nuevos macedonios se pudieron hacer independientes.

Sin embargo Grecia no ha permitido desde entonces que la integración en la comunidad internacional sea completa debido al nombre. Por un lado, entiende que Macedonia, si es que ese es su verdadero nombre, podría reivindicar las tres provincias griegas con las que compartiría nombre, ya que eso del nacionalismo es muy contagioso. Y por otro lado, al llamarse así, la nueva república podría sentirse tentada de quedarse con el legado de la historia macedonia cuando la realidad es que actualmente es una región profundamente eslava y no helénica.

La cuestión del nombre no es baladí. Por este motivo existe un enviado especial de Naciones Unidas, quien trata de mediar desde hace ya casi 20 años para alcanzar un acuerdo y quien ha propuesto el año pasado la denominación “República Macedonia-Skopje”, en alusión a la capital. Existe un número minoritario de países que no aceptan el nombre constitucional de Macedonia, que no es otro que “República de Macedonia”, y que la llaman con el nombre provisional propuesto por Naciones Unidas, es decir “Antigua República Yugoslava de Macedonia”. En la OTAN, durante la reunión de Bucarest de 2008, se pretendía alcanzar un acuerdo sobre el mismo para poder incluir a Macedonia en la Alianza Atlántica y sin embargo Grecia se negó en redondo a aceptar a cualquier país que pretendiera llamarse como tal. Hoy, la República de Macedonia sólo es Estado candidato a ser incluido en la OTAN, y sus posibilidades de verse en la Unión Europea están paralizadas hasta que no exista un acuerdo sobre su nombre.

Mientras, en las canchas polacas de baloncesto, hoy veremos como la República de Macedonia se enfrenta a Grecia a pesar de la oposición de la FIBA europea –con presidente griego ¡toma ya! Y es que la Federación Macedonia de Baloncesto ha decidido retirar las siglas FYROM –Former Yugoslav Republic of Macedonia- de la camiseta del equipo nacional, contraviniendo las reglas del torneo –según parece-, pues a un equipo llamado “República de Macedonia” no lo tienen registrado.

Como solución de última hora desde lse proponemos estos nombres, con toda la irreverncia del mundo, al enviado especial de la ONU para que resuelva el acertijo.

República del Melocotón en Almíbar
- ¡Melocotones del mundo, uníos! -

República Independiente de la Ensalada de Frutas
- ¡Contra la represión de la malvada piña! -

República Macedoña – aka República Macedonya
aquí, ya se ve, hay un problema -

República del Melón con Jamón
o del Jamón con Melón porque el orden de los factores… ya se sabe -

República Joroñaquejoroña
que viene a ser lo que diga la griega -

República de Lo que diga el Griego
que al final es quien les tiene cogidos por las pelotas… de baloncesto, se entiende -

domingo, agosto 09, 2009

Corrupción africana

"La historia de la sociedad poscolonial (neo)patrimonial, muestra que esa estrategia de explotación prebendística es mutuamente ventajosa, con tal de que los beneficiarios realicen una distribución adecuada. Los estados africanos, desde luego, se beneficiarían sin duda de una economía más regulada, pero las principales elites políticas y económicas saben convertir la ausencia de transparencia en el recurso más valioso."

Patrick Chabal & Jean-Pascal Daloz

África Camina

miércoles, julio 22, 2009

El giro de la Academia

"Mientras que antes los académicos mal pagados trataban de obtener acceso a los recursos del Estado, hoy tratan de obtener un contrato con una ONG extranjera. Se podría, desde luego, argumentar que ese cambio en el financiamiento contribuye a debilitar las redes controladas por el Estado y a fortalecer las asociaciones de la sociedad civil. Pero sería difícil demostrarlo, dado que los recursos canalizados a través de las ONG se usan en su mayor parte de la misma manera y para los mimos propósitos patrimoniales y clientelísiticos. Además, las redes creadas por las ONG se mezclan inevitablemente con las que provienen del Estado."

Patrick Chabal & Jean-Pascal Daloz
África Camina