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viernes, marzo 16, 2012

Debatiendo con Adams Bodomo sobre la IED en África

Foto: Warrensky
Existen muchos motivos por los que alguien se abre un blog. Hay quien abre un blog para promocionarse a sí mismo. Hay quien lo abre para desahogarse de la realidad. Otros lo abren pensando en alguna persona determinada. Y hay quienes lo abren simplemente para compartir y discutir. Es esta última la voluntad que siempre ha tenido este blog sobre relaciones internacionales y África Subsahariana. No siempre son suficientes 140 caracteres. 

Pero cuando uno escribe una reseña sobre un libro –en especial cuando escribe una reseña bastante crítica-  tampoco espera que el autor vaya a buscarle, llamar a su puerta y discutirle su crítica. Más aún si el autor vive en la otra parte del mundo, pongamos en Hong Kong por ejemplo. Pero a veces pasa, y en esta ocasión el Sr. Adams Bodomo, autor del libro “La globalización de las inversiones en África”, de la colección de Casa África, no sólo quiso contestarme los argumentos con los que criticaba su obra, sino que además tuvo la gentileza de permitirme hacer dicha conversación pública. Es por eso que en la entrada de hoy, rompiendo cualquier vano intento de mis herederos por publicar mi correspondencia inédita, se publican la réplica de Adams Bodomo a mi reseña (que puedes leer “aquí”), mi contrarréplica y su última contestación. Les invito a participar en el debate.

Y para que sea más legible, lo he colgado todo en un PDF que se pueden descargar en el siguiente enlace: 

lunes, febrero 06, 2012

La globalización de las inversiones en África, de Adams Bodomo

Uno de los grandes temas del desarrollo consiste en definir hasta qué punto deben o no protagonizarlo entidades privadas, es decir empresas. Desde el ámbito de las ONGD, las instituciones con ánimo de lucro no son bien vistas. Y no lo son porque se les presume una voracidad financiera y una necesidad de beneficios a corto plazo incompatibles con los procesos enraizados de desarrollo. Dicha presunción está basada, huelga decirlo, en años y años de experiencias en el terreno.

Los promotores de las inversiones privadas en el extranjero han gozado de grandes facilidades históricas. Al menos si nos referimos a los flujos de inversión Norte-Sur. Los primeros procesos de desarrollo, entendidos como los entendemos ahora, fueron iniciados a raíz de las experiencias descolonizadoras de los 50 y 60. En esa época fue el libre comercio y la necesidad de invertir en los nuevos Estados-Nación lo que pensaba que libraría al mundo de su pobreza. En concreto, los estados africanos, recién llegados al panorama internacional independiente, contaban con ambiciosos planes de desarrollo entendido como construcción de grandes infraestructuras que, generalmente, estaban liderados por los grandes gurúes del nacionalismo y del panafricanismo. Sin embargo esta política de la libre circulación y de la promoción de la especialización de los países en el marco de la economía internacional fue un sonoro fracaso que, a pesar de él, siguió constituyendo el dogma de fe de instituciones como el FMI y el Banco Mundial.

Con el tiempo el concepto de desarrollo fue girando desde aquel que entendía que había que construir carreteras a aquel otro que se centraba en el crecimiento de la economía nacional. Por entonces volvieron a empezar los conflictos entre aquellos que defendían un crecimiento autocentrado -el Plan de Acción de Lagos- y aquellos que volvían a sostener la inversión privada y la especialización nacional. La Inversión Extranjera Directa (IED) se ha consolidado, como se puede ver, como una de las herramientas del centro político internacional para “desarrollar” a los países africanos. E incluso los propios países africanos han terminado por aceptar y potenciar este paradigma de la IED, creando herramientas organizativas como el NEPAD, pensado para potenciar las relaciones económicas Norte-Sur.

El libro de Adams Bodomo se ajusta a esta línea de pensamiento donde la IED no tiene más que ventajas para un país en desarrollo, para un país africano. Eso sí, siempre y cuando dicho país sepa controlar la IED, algo que según él requiere casi exclusivamente de voluntad política.

El libro de Bodomo concibe la IED como una herramienta intrínsecamente positiva para África Subsahariana. Y ahora que, en tiempos de crisis, todos miran hacia África como el lugar donde realizar inversiones, parece que todo el mundo le da la razón. Los flujos de IED aumentan en volumen y, lo que es más significativo, en orígenes. Ahora, más allá de los tradicionales flujos Norte-Sur, también existen otros Sur-Sur e incluso triangulares. Todos quieren participar de este festín que es la IED en África.

Bodomo nos explica también que la IED tiene virtudes tales como la promoción del desarrollo de infraestructuras, la formación de recursos humanos autóctonos y la implantación de nuevas tecnologías en los países en desarrollo. También ve a la IED como estabilizadora de los sistemas democráticos y, ahí es nada, como una gran fuente de desarrollo social a través de los programas de Responsabilidad Social Corporativa.

La sencillez del panorama que dibuja sobre la IED alerta a cualquier lector con un mínimo de espíritu crítico. Bodomo parece haber omitido deliberadamente la historia económica del desarrollo occidental y algo que ya explicó muy bien el profesor Ha-Joon Chang en su conocido Retirar la escalera, y es que los países ricos se hicieron ricos gracias al proteccionismo de sus economías y al desarrollo de su demanda interna, por encima de las posibles inversiones foráneas.

La realidad contrasta con los argumentos de Bodomo al observar que la IED, en cuanto a constructora de infraestructuras desarrolla aquellas inherentemente relacionadas con su actividad económica, y por tanto no siempre las más adecuadas para el desarrollo económico y social de los países. Además, y en esto la experiencia en IED China es paradigmática, la formación de recursos humanos africanos es poco menos que anecdótica por cuanto el personal cualificado -e incluso en muchas ocasiones el menos cualificado- es exportado desde el país de origen de la inversión. Tampoco funciona como transmisora de tecnología y, cuando lo hace, dicha tecnología desarrolla soluciones para problemas del país de origen, que no tienen por qué ser los mismos que los del país receptor de la IED. 

Los aspectos políticos y sociales de la IED, tales como la supuesta estabilización democrática o la responsabilidad social corporativa son también de fácil contraste con la realidad. En un continente como el africano, con múltiples experiencias dictatoriales o poco control de los aparatos estatales por parte de la población en general, no resulta fácil encontrar casos extrapolables de acuerdos entre juntas militares o gobiernos corruptos con grandes grupos empresariales para desarrollar el país. Tampoco la responsabilidad social de una empresa de IED ha de ser generalizada pues son más los casos en los que dicha inversión finiquita los modos de producción y de vida locales en favor del ambiente favorable a sus industrias, con lo que los programas de responsabilidad social terminan siendo un lavado de cara a gusto del consumidor.

Pero más allá de la definición de la IED, Bodomo se dedica a analizar las diferentes inversiones de los actores más importantes en África. Su análisis de los actores europeos es el que más destaca por lo acertado del mismo. Si la IED europea -la más numerosa y extensa en el tiempo- no ha creado desarrollo es sencillamente porque sus características han ido en contra de los intereses africanos. Pero a pesar de que Bodomo señala temas como la condicionalidad europea a la IED en África, lo cierto es que si la inversión europea no ha creado mejores condiciones de vida en el continente sólo ha sido por una cuestión de diferencias estructurales de poder y de capacidades de decisión. 

Su análisis de la IED china en África, el más interesante, peca de excesivo optimismo al tiempo que de ceguera -entendemos que autoinflingida- al no saber ver en el gigante asiático un actor sin escrúpulos ni moral ninguna a la hora de negociar los acuerdos comerciales. China no busca “el interés duradero de ambas partes partes”, como Bodomo define la IED, sino que busca sostener su ritmo de crecimiento aunque sea a través de la promoción de regímenes autoritarios en diversas partes del mundo. Y no es posible criticar y condenar la división del mundo de la Guerra Fría en bloques de intereses, y pensar al tiempo que tras la no condicionalidad de China no se esconde el frío pensamiento de sostener a un hijo de puta, sea cual sea, mientras sea el nuestro.

Con todo, el libro de Bodomo es un ágil y divulgativo ensayo, bien documentado y apoyado en datos de actualidad, que cuanto menos propone una reflexión sobre la estructura actual de la promoción de la IED en África. Si bien Bodomo propone una estructuración de ésta donde cada país africano pueda negociar, bilateralmente, con cada inversor extranjero y así optimizar sus resultados, no se puede dejar de pensar que un simple análisis de poder estructural nos llamará la atención sobre la indefensabilidad de ciertos argumentos africanos para dirigir la IED ante países con la influencia internacional de China o India, por ejemplo. Un paso más allá de Bodomo sería proponer, como él, una ruptura del marco triangular -Europa + China + África- pero encaminado hacia el multilateralismo africano. Es decir, a que en la mesa negociadora se sentaran cada vez un representante del país europeo de turno y otro de un organismo intraafricano capaz de negociar según las necesidades del propio continente, y no según las oportunidades del inversor. 

domingo, junio 12, 2011

La crisis de los veinte años, de E. H. Carr

Obra clásica e indispensable para el estudio de las Relaciones Internacionales, La crisis de los veinte años no es sin embargo la obra cumbre de su autor. Edward Hallet Carr, fue el dueño de la primera cátedra en Relaciones Internacionales tras haber podido ejercer durante muchos años en el Ministerio de Asuntos Exteriores británico. En el Foreign Office, Carr desempeñó varios cargos que le permitieron analizar la realidad de su tiempo desde una perspectiva crítica.

Fascinado por la Unión Soviética tras haber sido destinado a los países bálticos, Carr escribió una de las obras más importantes para el estudio de dicho ente político. Su Historia de la Unión Soviética supuso en su momento una obra cumbre de la sovietología, aún hoy difícilmente superable.

La crisis de los veinte años, sin embargo, es fruto de otra experiencia profesional distinta y en cierto modo alejada de su trabajo en la Unión Soviética. Participó como asesor en la Conferencia de París y, más adelante, en la Sociedad de Naciones. Vivió de cerca la política de un momento en el que el sistema mundial se estaba replanteando desde cero y donde, por primera vez, tuvieron voz y voto los defensores del idealismo político.

El idealismo político, enfrentado al tradicional realismo, era una corriente considerada progresista en su época y sin embargo defenestrada por esta obra de E. H. Carr. En ella, Carr critica la fe ciega de los políticos idealistas, en especial del presidente norteamericano Woodrow Wilson, en sus teorías políticas. En ellas veía el profesor inglés la necesidad de agarrarse a unos ideales aún cuando la realidad y los comportamientos de los actores demostraran lo contrario. Abrazando el concepto de Utopía, los idealistas pretendían ajustar la realidad a su visión mental del mundo y en caso de fallar en el resultado de sus acciones -las más de las veces- se cuestionaba el comportamiento irracional de los actores mal adheridos a la Utopía homogeneizante.

Subrayando la conflictividad inherente a cualquier política o proceso decisorio, Carr critica la visión liberal/idealista de su tiempo de interponer el poder de la razón frente a cualquier otra consideración en la resolución de conflictos en la escena internacional. Carr da voz a un pensamiento realista diferente del clásico cinismo hobbesiano, un realismo de aspecto crítico capaz de servir a ideales políticos a través del convencimiento de que los intereses, los conflictos de poder y las relaciones de autoridad importan más que los conceptos teóricos. Asume que la paz que el sistema internacional de su tiempo trata de imponer como lógica e irremplazable es, en realidad, el statu quo imperante de los poderosos, de los vencedores de la contienda del 18 y, por tanto, fruto de un momento histórico y de unas fuerzas de poder que continuamente están cambiando.

Pero al contrario que los autores realistas clásicos, el realismo crítico de E.H. Carr, aún asumiendo que los movimientos de los actores internacionales van, las más de las veces, encaminados hacia la consecución de un mayor poder, éstos pueden no desencadenar en un ataque violento. Frente a la idea clausewitziana de que los Estados se preparan para la guerra y buscan mejorar posiciones con el conflicto como meta de la carrera, y frente a la idea liberal que apelaba a la moral humana como rango sobre el cual edificar el mundo de política, Carr dibuja una política internacional donde las relaciones se dan en el marco de una comunidad plenamente constituida -aunque pueda no estar institucionalizada-, con unas características particularmente diferentes a las de las sociedades internas y, por lo tanto, con una moral internacional muy particular que indica qué cosas están permitidas o entran dentro de lo concebible, y qué cosas no.

Al asumir que existe una comunidad internacional específica, Carr rechazaba que ésta tomara la moral humana individual como marco de actuación propio, algo que hasta aquel momento era cuestión que no admitía discusión. Carr asevera la existencia de reglas, teorías, moral y otros tipos de características propias en la comunidad internacional que hace que los Estados actúen de una manera diferente en el plano externo e interno.

El libro de Carr contiene mucho de interpretación de la historia presente de su tiempo, pero el motivo de que se haya convertido en clásico de la literatura sobre Relaciones Internacionales es sencillamente que su marco de análisis aún es válido para interpretar las actuaciones en la escena internacional de hoy día. La lucha contra el pensamiento único instaurado desde las instituciones internacionales, así como desde la teoría política en boga comenzando por los preceptos de John Rawls.

La obra se puede leer como un ensayo clásico de teoría de las Relaciones Internacionales, pero también como un documento de análisis sobre un momento histórico que terminó por definir el mundo en el que hoy vivimos. Los años de entreguerras estuvieron llenos de decisiones que provocaron, de una manera u otra, la Segunda Guerra Mundial y las alianzas que en ella se produjeron, y Carr hace una interpretación absolutamente preclara de aquellos momentos. Sólo una cosa pareció escapársele en aquellos instantes, y es que Carr fue partidario de la política de apaciguamiento levada sobre Hitler y, como tal, defensor del Pacto de Munich. Sin embargo, las ediciones que hoy se manejan de la obra han eliminado convenientemente toda referencia a este apoyo, el cual no invalida los argumentos de E.H. Carr, pero sí contribuye a aumentar el mito de este libro.

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E.H. Carr (1892-1982), diplomático británico y director de la Cátedra “Woodrow Wilson” de Relaciones Internacionales en la Universidad de Gales. Curiosamente su mayor obra en esta disciplina La crisis de los veinte años, constituyó una crítica demoledora de los preceptos políticos del presidente Wilson. Carr es, sobretodo, conocido por sus obras históricas sobre la Unión Soviética así como por sus obras sobre teoría de la Historia.

martes, julio 20, 2010

El retorno del capital africano

Durante años, cientos de miles de economistas han tratado de aventurar qué condiciones harían de África un continente valorado y capaz de generar su propio desarrollo sin dependencias económicas externas. Al menos, estas son las intenciones que dicen tener quienes, en el juego de la política económica, terminan por imponer el ajuste estructural y la reforma económica del Estado africano, aliviando su carga y potenciando al dios mercado como único generador de riqueza.

Pero el camino no funciona. Solución tras solución, los líderes del gobierno global hacen como que se sorprenden de su propio fracaso y dan paso a las mismas ideas en botes diferentes, en gran parte gracias al juego de las élites africanas, como bien señala Bayart. No hay plan económico que se pare a pensar cómo se desarrollaron a esas velocidades quienes hoy día dominan el mundo. En el ensayo Retirar la escalera, de Ha-Joon Chan, sí que se hace. En dicho ensayo, y sobre la base de investigar la Historia Económica de los países europeos, Chan defiende la necesidad de que los países pobres apliquen la misma serie de medidas estructurales –en esencia, aduaneras- que aplicaron los hoy dominadores, es decir, justo lo contrario que lo que pregona hoy día la OMC.

Sobre la base de un fuerte control aduanero, asegura Chan, los gobiernos serán capaces de proteger los mercados internos, primeros en generar riqueza, al tiempo que, a través del levantamiento del arancel, permiten la exportación de productos clave que su país no produce y necesita para seguir creciendo.

Pero no sólo de aduanas vive el crecimiento. Para que el mercado interno se desarrolle resulta imprescindible la generación de conocimiento. Chan nos cuenta la historia del robo de tecnologías entre los diferentes reinos europeos al inicio de la revolución industrial. Eran unos tiempos donde no existían las patentes mundiales que hoy existen, sino un férreo control sobre los pocos técnicos que conocían los avances. Así se generó, entre las coronas europeas, un comercio de expertos en telares y demás maquinaria vital para la economía nacional que llevó incluso al secuestro como si de la República de Corea del Norte y científicos japoneses se tratase.

Naturalmente, hoy el secuestro de expertos no estaría bien visto. Y en el comercio de éstos, es decir el mercado laboral, África no puede competir. África, por tanto, ha de generar su propio conocimiento o apoyarse en la generación de otros que, de manera solidaria, decidan aplicar la generación de tecnología a los problemas del desarrollo.

Las labores solidarias son importantes, sin duda, pero no generan cambios estructurales. O, al menos, éstos no han de depender exclusivamente de ellas. África, como decíamos, ha de ser capaz de generar su conocimiento propio y, aún más importante, ha de saber mantenerlo en casa.
Raro es el ámbito de las ciencias sociales, experimentales o matemáticas, o incluso en los ámbitos de la salud, la ingeniería o las humanidades, que no cuenten con una gran figura de origen africano. Lo que sí resulta raro es que esas figuras se hayan formado en Universidades africanas. Y lo que resulta casi imposible es que estas figuras decidan quedarse en su país de origen y formar a los nuevos estudiantes africanos.

El Día de África, el 25 de Mayo, en un discurso en el Instituto de Liderazgo que lleva su nombre, Tabo Mbeki pronunció una conferencia señalando a éste como el punto de partida para que África mejore. La creación de líderes científicos africanos en centros universitarios del continente y la capacidad de mantenerlos allí, en una época en la que no se estilan las prohibiciones de salir del país ni las retiradas injustificadas del pasaporte. Este es uno de los mayores retos que afrontan todos los países africanos y al que han de encontrar soluciones.

Dado que el derecho internacional de patente no va a ser derribado en un plazo de tiempo aceptable, pareciera que sólo a través de la generación de conocimiento propio se pueden forjar los ritmos de producción capaces de ser protegidos por una política aduanera agresiva y combativa con los preceptos de la OMC.

Desde fuera, además de apoyar cualquier iniciativa africana en este sentido, podemos hacer aún más. Además de los medios para investigar, uno de los motivos que fuerzan la salida de los investigadores africanos está en el prestigio profesional que residen en formar parte de una universidad europea, cualquiera que sea, en lugar de pertenecer a la mejor universidad africana. La comprensión de los ritmos del mundo universitario africano y la promoción de éstos como centros de investigación reconocidos puede suponer un cambio en la mentalidad del universitario africano y que éste vea la opción de quedarse en su universidad de formación como una alternativa atractiva aún a pesar de la limitación de medios que pudiera tener.

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Si te interesa más sobre este tema, no dudes en consultar el análisis de Alex de Waal en African Arguments. Aquí lo tienes.