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viernes, septiembre 11, 2015

Cómo vivir en una crisis política permanente

Cuando viajas al sur de Senegal, a la zona atlántica de la Casamance, el paraíso parece haberse abierto para ti. Playas de arena fina, interminables, se alimentan de las olas del océano que las mece. Entre Gazelle y Gazelle, un rumor recorre el bar de los turistas: ha habido golpe de Estado en Guinea-Bissau. Lo que parece un hecho lejano, se convierte entonces en la angustia de la proximidad. Guinea-Bissau está ahí, justo al lado. Los puestos fronterizos no existen, o no son fiables. El europeo no entiende por qué está todo el mundo tranquilo. Hasta que se lo explican, abriendo otra Gazelle: en Guinea-Bissau hay golpes de Estado todos los días.
La realidad, evidentemente, no se ajusta al chascarrillo del senegalés que atiende el bar. Guinea-Bissau no sufre golpes de Estado todos los días. Ni tan siquiera todos los años. Pero sí que hay una parte de verdad en todo humor: desde que se independizó de Portugal, allá por 1974 –una independencia, por cierto, que sirvió de antesala para el movimiento del Abril portugués que acabó con la dictadura de Salazar- Guinea-Bissau ha vivido 9 golpes de Estado, o intentos de ellos, y ningún presidente ha conseguido acabar su mandato.

sábado, octubre 13, 2012

La inexsistencia de la excepcionalidad africana

Como cada tres meses, sale el nuevo boletín del Centro de Estudios Africanos en el cual colaboro con un artículo. Ésta es mi contribución a un boletín de Septiembre que podéis consultar en su nueva versión mediante este enlace.


Foto de austinevan
Llevamos apenas nueve meses de este 2012 y África Subsahariana está teniendo una actividad efervescente en cuanto a la política interior de muchos países. Senegal ha vivido unas elecciones que podrían haber sido traumáticas. Somalia ha padecido dos nuevas conferencias internacionales que no han hecho sino reforzar a los actores de la opresión frente a los actores de base. Pero sobre todos los acontecimientos destacan dos: el Golpe de Estado en Guinea-Bissau y el también Golpe de Estado de Malí y la posterior declaración de independencia de Azawad.

Los discursos hegemónicos, tanto mediáticos y académicos, sobre estos dos golpes tienden a confluir en la lastimosa ruptura de la democracia y de la estabilidad política en estos países, como si estos sucesos, por repetitivos, fueran intrínsecamente africanos y, en cierto modo, inevitables en según qué latitudes. Estos discursos son no ya completamente ahistóricos, sino gravemente eurocéntricos y paternalistas por más sentimiento de solidaridad o indignación que alberguen. Se declara la excepcionalidad africana y la debilidad de sus democracias.

Sobre la existencia de la violencia política en África Subsahariana el profesor Patrick Chabal señala que ésta se ha convertido históricamente en un recurso político y, por tanto, en una herramienta más de las que tienen a su alcance diversos grupos políticos africanos. No es tanto un determinismo histórico, en la medida en que el hecho de que la violencia se haya utilizado en el pasado no implica que se utilice en el futuro. Los ciclos de la violencia política se pueden romper, recuperar, volver a suspender y volver a recuperar. Son los pueblos los que hacen su historia, no la historia la que hace a los pueblos.

Sin embargo este uso político de la violencia no es objeto sólo de los países subsaharianos. No existe una excepcionalidad africana y no hace falta ir muy lejos para comprobarlo. Aquí en España, hasta finales del siglo XX, vivíamos en el continuo ir y venir de golpistas, rebeliones militares y dictaduras Reales y fascistas. Y aún hoy, en estos últimos 34 años, hemos vivido la transformación de la violencia política en un régimen neopatrimonial de mascarada liberal, el cual ha permitido que todo siga igual que durante la dictadura franquista, donde una élite política y económica mantiene sus privilegios, bloquea la participación de la ciudadanía en la agenda política y evita las investigaciones sobre las violaciones de Derechos Humanos en territorio español.

Podríamos seguir afirmando excepciones, y hacer referencia a que España –como los Balcanes- es una excepción dentro de Europa. Pero si nos acercamos a preguntar a los ciudadanos europeos qué opinan de sus regímenes políticos, hoy más que nunca, encontraremos muchas similitudes entre las opiniones sobre los regímenes africanos y los estados modernos de Europa. No creo que hoy nadie pueda negar la debilidad de la democracia europea, la necesidad de las élites de aliarse entre sí para manejar el ámbito político frente al deseo de la ciudadanía.

No veo diferencias esenciales, por tanto, entre la violencia política que se ejerce y se ha ejercido en países como Grecia, Ucrania, Rusia, Estados Unidos, España, Portugal o Irlanda –por citar algunos de los ejemplos más actuales- y la que se ejerce al sur del Sahara. Aunque sí es cierto que hay matices, y que no se pueden comparar escenarios de enfrentamiento militar abierto, como Somalia, con escenarios donde el discurrir de la vida se hace compatible con esta violencia política.

Pero junto a estos matices encontramos muchas similitudes. El neopatrimonialismo campa a sus anchas por una Europa que coloca a los hijos de la crisis económica en los sillones presidenciales. Grecia, Italia o España son ejemplos claros hoy día de la existencia de un neopatrimonialismo europeo. La extroversión es otro punto de similitud. Todos los dirigentes políticos desde el segundo bloque europeo en adelante –el primero lo formarían Reino Unido, Francia y Alemania- buscan su legitimidad en la capacidad de captar recursos del exterior, ya sea en forma de créditos de instituciones internacionales, ya sea mediante la calma de “los mercados”, esos entes.

Y si a Ud. le hablan del Estado africano lo siguiente que harán será nombrarle el sinfín de identidades que sus ciudadanos priorizan por encima de la estatal. Los Estados africanos, lo sabe Ud. bien porque lo dice la Ciencia Política normalizada, se caracterizan por no tener a una ciudadanía que los legitime internamente. Y los Estados occidentales tampoco. A la lista de movimientos secesionistas africanos que The Guardian está sacando estos días podríamos añadir los movimientos secesionistas europeos –escoceses, galeses, catalanes, vascos, gallegos, bercianos, flamencos, irlandeses, italianos… Por no hablar de los movimientos de desobediencia civil estadounidenses que ya desde los tiempos de H. D. Thoreau luchan contra la imposición de la norma escrita por el Estado. Hoy día, en la campaña presidencial del Partido Republicano podemos ver lemas y programas encaminados a reducir la fuerza de la Administración estatal y favorecer la libertad individual frente al musulmán socialista de Barack Obama y su intento de crear un Estado del Bienestar más inclusivo.

La excepcionalidad africana a la hora de ejercer la violencia política es esencialmente igual a la que se ejerce en otros ámbitos de occidente. Como también es esencialmente la misma que se ejerció en nuestro pasado más inmediato. Los regímenes políticos son procesos de imposición violenta de un sistema social frente a otro, y el vencedor termina por configurar la identidad de todo el grupo. Francia no hablaba francés hasta que se impuso desde el gobierno en pleno siglo XIX. España no dejó de condenar a muerte por motivos políticos hasta hace sólo 37 años. La Unión Europea no está dispuesta a tolerar gobiernos combativos con su modelo liberal más allá de la socialdemocracia actual.

Considerar a África Subsahariana como la excepcionalidad, a nivel mundial y a nivel histórico, es no tener claro los orígenes de nuestro sistema político. Podrán cambiar los actores, las relaciones y los procesos, pero la constante humana de la violencia política es transversal a todos los sistemas políticos con que nos hemos dotado como especie animal. No existe una excepcionalidad africana, es sólo nuestra manera de interpretar y justificar los hechos lo que convierte al continente en excepcional.

jueves, mayo 10, 2012

Terremotos electorales en Europa



Foto de gaelx
En los vaivenes de la política europea hace tiempo que no se avanzan dos pasos y se retrocede uno, como se acostumbraba en los 90. En esta Europa post referéndum de la Constitución Europea –ésa que aquí aprobamos dando palmas y que afortunadamente pararon holandeses y franceses- las élites políticas y económicas entendieron hace tiempo que es mejor no dejar la construcción del continente en manos de quienes no entienden de grandes proyectos. Aunque a éstos se les llame ciudadanos.

La construcción europea que vivimos hoy promueve cambios en las políticas más básicas que afectan a los Derechos Fundamentales, sin contar con la opinión de la ciudadanía y, por supuesto, sin hacer amago de abrir el debate a la agenda pública. Sólo así se explica el futuro Tratado sobre el déficit que ha impuesto Alemania o las increíbles medidas de ajuste estructural, propias del salvajismo del FMI en los 90, que se están aplicando en países como Irlanda, España, Italia, Portugal y, sobre todo, Grecia.

Ante este panorama es habitual que cada apertura de urnas signifique la caída del actual gobierno -8 de 8 llevamos de momento. Lo que no es tan habitual es que el nuevo gobierno resultante lleve en su programa efectivo –no el electoral- otra cosa que no sea profundizar en la política de ajuste y priorizar el pago de la deuda y de sus intereses –generalmente a bancos alemanes y franceses-, aún a sabiendas de que eso provocará el aumento de la pobreza en todo su país.

La anunciada victoria de FrançoisHollande en las presidenciales de Francia ha provocado un pequeño temblor en las élites políticas europeas por cuanto podrá significar de enfrentamiento entre el otrora bien avenido eje París-Berlín. O dicho de otro modo, si la expresión de moda en Bruselas hasta hace 20 días era “contención del déficit”, desde la primera ronda de las elecciones francesas no para de escucharse “crecimiento”. Ya no saldremos de la crisis conteniendo el gasto y dedicando nuestros recursos al pago de la deuda, sino aumentando el gasto, consumiendo, produciendo y, por tanto, generando beneficios para pagar la deuda.

De imponerse las tesis de Hollande podría darse la paradoja de que los ex-presidentes socialdemócratas europeos apoyaran en su día políticas de contención del gasto, y los nuevos gobiernos de derechas apoyen políticas de gasto público. El mundo al revés. Cosas de la política de estar a la expectativa y de la Europa de las dos velocidades –los que deciden y los que obedecen.

Pero el pequeño temblor Hollande no ha sido nada comparado con el terremoto Tsipras. Alexis Tsipras no ha ganado ningunas elecciones, es cierto. Pero el ascenso de la coalición que él dirige, Syriza, en un contexto de fuerte castigo a los partidos griegos hegemónicos -PASOK, socialdemócrata, y ND, conservador- ha provocado inquietud en esas élites constructoras de Europa.

De unas elecciones con 300 diputados en juego Syriza ha obtenido 52 (16% de los votos) convirtiéndose en la segunda fuerza política por encima del zaherido PASOK y por debajo de una ND que, con un porcentaje similar de votos (19%), obtiene 50 diputados. El hecho de que el ganador de las elecciones por número de votos se reparta 58 diputados (para quedarse el total del Parlamento en 350) ayuda a esta descompensación, donde ND tiene 108 diputados y Syriza 52.

Tsipras ha aumentado el número de votos y de escaños a través de un discurso calificado por los medios de comunicación oficiales de radical, pero que en esencia se mimetiza con propuestas como las de Izquierda Unida –que gobierna con el hegemónico PSOE en Andalucía- en España o las del candidato a la presidencia francesa Jean-LucMelechon, cuyo apoyo al socialdemócrata –y también hegemónico- Hollande ha posibilitado el cambio político en Francia. Es decir, que cuando los votos o el apoyo de esta radicalidad ayudan a gobernar, ya no lo son tanto. Pero cuando pueden liderar el gobierno, se avecina el caos y la Guerra Mundial.

Syriza no tiene opciones de gobernar, a día de hoy, en Atenas. Ningún partido lo tiene y el país parece abocado una nueva cita en las urnas. Pero en su intención de formar un gobierno de coalición ha sacado 5 propuestas que dinamitarían el proceso de descuartizamiento al que se viene sometiendo el Estado griego desde 2009. A saber:

La inmediata cancelación de las medidas de empobrecimiento de la ciudadanía griega, como los recortes en las pensiones y los salarios. 
La inmediata cancelación de todas las medidas que afecten a la pérdida de derechos laborales, como la abolición de los convenios colectivos. 
La inmediata abolición de la ley de inmunidad de los parlamentarios, reforma de la ley electoral y una revisión general del sistema político griego. 
La apertura de una investigación sobre los bancos griegos y la publicación inmediata de una auditoría independiente al sector bancario. 
La investigación, por parte de un comité internacional, de las causas de la deuda griega, con una moratoria sobre todo el pago de la misma hasta que se publiquen las conclusiones de esta auditoría.


Y todo manteniendo a Grecia en la Unión Europea e incluso en la Zona Euro. Nada que no hubiera firmado la Argentina pre-Kichner en su día. Nada que no hayan hecho ya en Islandia. Y míralas ahora, creciendo, vivos y con política propia en el escenario internacional.

En Bruselas no se han dado por aludidos. Desde Barroso hasta Van Rompuy han declarado que ven que peligre el paquete de las eufemísticas reformas griegas que la troika (Comisión Europea, Banco Central Europeo y FMI) ha impuesto en el país con el apoyo del PASOK y el ND.

Pero mirar para otro lado no arregla nunca nada. Este fantasma recorre Europa más allá de Grecia y aunque tiene más de keynesiano que de marxista, en el fondo contiene algo mucho más peligroso para el hegemonismo actual: la vuelta a una cultura donde son los ciudadanos europeos quienes deciden qué política se ha de aplicar y qué factura se tiene que pagar primero, si la de sus nóminas mensuales o la del recibo del Deutsche Bank.

miércoles, noviembre 16, 2011

El retorno de Vladímir, el Afortunado

Iglesia de la Sangre del Salvador, San Petesburgo
Foto. Fernando Díaz
Hace poco menos de un mes asistimos a la notica de que el principal partido de la Federación Rusa, Rusia Unida, había tomado la decisión de presentar al actual Primer Ministro, Vladímir Putin, a la candidatura para la presidencia de la Federación. Se confirmaba así lo que en 2008 todo el mundo sabía: que el mandato de Dimitri Medvedev tenía fecha de caducidad. Por aquel entonces ambos líderes políticos ya habían hecho el cambio, de Presidente a Primer Ministro, debido a que la Constitución rusa impide ser reelegido para más de dos mandatos consecutivos a la presidencia. Nada afirmaba el texto constitucional sobre esta artimaña que nadie ha mantenido en secreto durante estos años –un chiste popular en la Rusia actual dice “vote por Putin dos veces y llévese un tercer mandato gratis”. La única duda era saber si Vladímir tenía la suficiente paciencia para aguantar dos mandatos de Medvedev al frente de la Presidencia de su país. 

La llegada de Putin al poder en el año 2000 vino acompañada de expectación y miedo. La debilidad del último mandato de Yeltsin hacía ver en la figura de Putin la inconfundible energía de la que adolecía por entonces el Kremlin al tiempo que afloraba el miedo a que un ex agente del KGB acumulara todo el poder político en Rusia. Económicamente, y tras la crisis económica que sufrió la Federación a mediados de los 90, Putin se encontró ante una bonanza que hacía girar la sociedad sin necesidad de ningún impulso político. Fue entonces cuando el sector de los servicios secretos terminó por conquistar el poder político ruso. Aprovechando la fuerte subida del petróleo y el gas –que son el 72% de sus exportaciones- Putin fue colocando en puestos claves a antiguos aliados suyos de los servicios secretos de San Petesburgo. Amiguismo que terminó por constituir una clase política y económica propia, con intereses particulares y de la que han dependido los sucesivos gobiernos de Putin y Medvedev.

Los atentados del 11S, la dependencia europea del gas ruso y el desarrollo de la política global hicieron de Putin el auténtico valedor del futuro de Rusia. Un líder incuestionable para otros países –no así para la sociedad civil - que se constituyó como el representante de la estabilidad, previsibilidad y prosperidad rusas.

Producción propia sobre la base del artículo
The Temporary Return of Putin Co.
de Lilia Shevtsova para Foreign Affairs
Internamente Putin construyó un mecanismo de control del estado que, como indica Lilia Setshova en un reciente artículo para Foreign Affairs, resultó un híbrido entre las bases del poder soviético y las del poder zarista. El régimen de Putin se basaba en un poder personalizado, un control de los activos rusos por parte de la corporación formada por sus leales de San Petesburgo y la creación de un espíritu neoimperialista ruso. En un país que ha sufrido la persecución de la población por parte de los servicios de seguridad, era la primera vez en la Historia que éstos conquistaban directamente el poder político, económico y social. La nueva clase política era capaz de desobedecer leyes y utilizar los activos públicos para sus intereses particulares.

El cambio de Putin por Medvedev supuso una ventana de esperanza internacional de encontrarse una Rusia menos agresiva, más abierta al diálogo en términos económicos, pero también sobre libertades políticas y democracia. A pesar de que Putin seguía en el poder –bajó al cargo de Primer Ministro- la llegada de Medvedev ayudó a cambiar la imagen de Rusia. El clima internacional que justificaba cualquier acción militar en aras de combatir el terrorismo cambió con la llegada de Barack Obama a la presidencia estadounidense. Y a pesar de que nada más llegar Medvedev tuvo que lidiar con el conflicto de Georgia, desde Washington se propusieron un acercamiento a Rusia en torno a la política nuclear iraní, la invasión de la OTAN en Afganistán y, como punto estrella, las negociaciones armamentísticas que derivaron en un nuevo tratado START para el control de armas nucleares en abril de 2010. Medvedev intentaba atraer a occidente con la insinuación de un proceso político de reforma más liberal y acorde con la nueva administración estadounidense.

Pero la Rusia de Medvedev sigue siendo la Rusia de Putin, aunque con una diferencia sustancial. Putin vivió una bonanza económica internacional, casi no tuvo que hacer nada para permitir que la economía rusa creciera –ganándose el apelativo de Vladímir, el Afortunado. Medvedev ha vivido todo su mandato junto con una crisis sistémica global que ha tocado profundamente la economía rusa.

La encuesta del Centro Levada que reseña Shevtsova muestra que más del 50% de la población ven la administración de Putin aún más corrupta que la de Yeltsin. Casi el 50% creen que Rusia va en la dirección equivocada. Los descontentos sociales aumentan con la crisis y un 25% cree que la gente saldrá a la calle para protestar, iniciativa en la que participaría, al menos, el 21%. Existe malestar social por los pocos o nulos servicios sociales que ofrece el sistema ruso. Medvedev ha presentado unos presupuestos para 2012 donde el 60% de los mismos se dedican al ejército y las agencias de seguridad. Además, los cálculos más optimistas indican que el barril de petróleo debería estar a 123$  para permitir el crecimiento de la economía rusa, cuando hace tiempo que se estancó en 80$. 

Crece el descontento social, pero sigue creciendo el nivel de corrupción de las clases altas. Rusia es un país dominado por una casta económica que ahora, desde la política, también copa los consejos de administración de las empresas y bancos más importantes. El nepotismo se ha convertido en el único medio para alcanzar la prosperidad. La inversión interna es nula. Los dirigentes tienen a su familia en países occidentales, igual que sus ahorros. Y el pacto social entre éstos y la sociedad, que permitía subsistir a los ciudadanos que no se metían en política, se ha quebrado con la crisis económica.

Medvedev no ha terminado de atajar esta quiebra, no ha dado respuesta a la demanda de más y mejores servicios sociales, no ha podido acabar con la dependencia de los precios del petróleo y el futuro de la economía rusa sigue el camino de los recortes sociales y las reformas económicas neoliberales. Medidas todas ellas que refuerzan la posición de las élites frente al resto de la sociedad. 

Putin no se va a encontrar una Rusia de Medvedev, sino la misma Rusia que él ha construido y sobre la que pesa la crisis más grave de las economías del G20. Un país que combina el incremento del malestar social, los privilegios de la élite y una constante y continúa migración de las clases medias –hasta 150.000 personas en sólo 3 años. Extraordinaria combinación que le va a obligar a seguir manteniendo su política de dura represión de la sociedad civil, aumentando el control sobre los ciudadanos no políticos. Putin depende, en exceso, del beneplácito de las élites rusas. Son ellas quienes lo han construido a él y quienes han levantado el imperio en torno al Zar Vladímir. Y no dudarán en buscarse otro hombre en caso de que éste no sirva ya a sus intereses. 

En este panorama de represión interna el futuro de la democracia rusa dependerá de en qué medida la diáspora rusa se organice y sea capaz de construir un contrapoder internacional que influya en los apoyos externos de Putin y tambalee la seguridad de las élites rusas actuales.

jueves, septiembre 22, 2011

Los retos de la democracia en la República de Guinea


Cuando preguntas en un grupo de personas de occidente por una idea asociada a la región de África Subsahariana, por regla general, siempre acaban siendo de las más nombradas dictadura, hambre y guerra. Tres calificativos que estructuran el pensamiento de esos lugares comunes, pero que no siempre fueron así. Hace un siglo, seguramente, lo más nombrado hubiera sido esclavitud, o salvajes. Esto refleja, cuanto menos, las dificultades del continente por sumarse al ritmo de la vida pública internacional, que no es más que una expansión mundial de la vida pública occidental. A día de hoy, si bien el epíteto de hambre sigue estando de actualidad por la realidad del Cuerno de África, tanto dictadura como guerra están en crisis. Y eso es una buena noticia.


Uno de los lugares donde la democracia se está abriendo paso a pesar de los años y años de dificultades políticas es Guinea Conakry, o República de Guinea. Este país, pionero de las independencias africanas, tuvo en Sékou Touré a su particular líder frente al colonialismo francés. Cuando París estableció su programa para incorporar a las colonias en una supuesta Francia intercontinental de pleno derecho, Touré y los guineanos fueron los primeros en negarse y en reclamar su derecho a ser libres. Como castigo a esta ansia de libertad, el país de la igualdad, la solidaridad y la fraternidad se marchó de Conakry de un día para otro, abandonando el país a su suerte. Los años fueron pasando y el líder independentista terminó por convertirse en cruel dictador, iniciando un estilo de gobierno que, con cambios en la jefatura del Estado, ha durado más de 50 años.

En 2008 la dictadura de Lasana Conté tocó a su fin cuando el militar murió -algo que también tuvo que pasar con Touré-, dando paso al control del país por parte de una Junta Militar liderada por Moussa Dadis Camara. Para entonces ya era evidente que el futuro del país pasaba por la apertura de un proceso de democratización, pero éste no llegó hasta que en enero de 2010, con la salida de Camara, se instaló en el poder una Junta Militar transitoria que conduzco, esta vez sí, a unas elecciones libres en noviembre de ese mismo año. La campaña electoral a la presidencia, disputada entre Alpha Conté y Cellou Dalein Diallo, estuvo fuertemente marcada por las diferencias étnicas entre malinké y peul, dos de los cuatro grupos étnicos predominantes en el país. Con la victoria de Conté la comunidad internacional, liderada en este caso por instituciones interafricanas como la CEDEAO, comenzó una retirada del país dando por concluido el proceso de transición. Pero 50 años de gobiernos dictatoriales no se olvidan en 11 meses.

Existe una parte del ejército guineano acostumbrado a llevar las riendas del país, a poder distribuir los recursos económicos según sus criterios, a no haber de rendir cuentas. Fue esta parte del ejército la que el pasado 19 de julio realizó un doble intento de atentado contra Condé. El Presidente salió ileso gracias en parte a que mantiene de su lado a la cúpula militar, convencida de la necesidad de emprender reformas en el seno del ejército. 

El atentado parecía haber dotado a Condé de un velo democrático a los ojos de la comunidad internacional. Velo que se veía reforzado al observar que su programa de gobierno se centra tanto en la buena gobernanza económica y financiera como en la dedicación presupuestaria a partidas que responden a demandas sociales, a la importación de alimentos y al aumento de la capacidad eléctrica del país. Sin embargo parece estar dando un giro en este ímpetu democratizador.

Durante el mes de agosto, Condé acusó a la oposición de ser los ideólogos del golpe de Estado contra su persona, y tras la primera reunión de su presidencia con los grupos de la oposición, rechazó una propuesta de éstos sobre la hoja de ruta guineana hacia una Asamblea legislativa que desarrolle los principios de la Constitución.

El proceso democrático guineano aún está por construir. Si bien la elección de Condé supuso el inicio de la transición, ésta sólo quedará bien encajada en la medida en que las elecciones legislativas y la posterior creación de la Asamblea se realicen con la participación de la sociedad civil, la incorporación de los diferentes grupos de la oposición y la ayuda y el control de la comunidad intrafricana. Pero Condé parece seguir sólo sus propios planes, proponiendo unas elecciones legislativas para el 29 de diciembre de este año. El anuncio de la fecha sorprendió a todos los actores debido a que, hasta el momento, la formalización del sistema electoral guineano se había mantenido en secreto por parte de Condé. Gran parte de la sociedad civil guineana, así como el Consejo Nacional de Transición, órgano legislativo provisional, han intentado mediar sin éxito y la fecha de finales de diciembre sigue vigente.

Por otro lado, Condé también está fomentando una politización de las etnias guineanas, generando enfrentamientos y conflictos sociales que no harán sino aumentar la tensión en diferentes partes del país en un momento transitorio en el que se requiere de la mayor capacidad posible de aunar diferentes fuerzas. 

En Guinea se dan las condiciones para que el régimen democrático se imponga sobre las divisiones y los intentos nepotistas y patrimonialistas de controlar el país. Pero acabar con un clima de dictadura política que dura más de 50 años no es tarea fácil y se necesita la voluntad de todos los actores, nacionales e internacionales. La comunidad intrafricana debe reaccionar a tiempo porque será ella quien tenga más que decir de entre todos los actores externos. El liderazgo africano en estas cuestiones ya es un hecho, como lo demuestra el protagonismo de los mediadores de la CEDEAO y de la Unión Africana durante las elecciones presidenciales de 2010. Sin embargo necesita de continuidad y de una extrema vigilancia y atención para evitar retrocesos en el camino democrático que repercutan en el sistema electoral guineano. Son estas instituciones africanas las mejor situadas para fomentar el diálogo entre el presidente y la oposición política de Guinea, para ayudar en la participación de la sociedad civil en la toma de decisiones y para facilitar la creación de una Asamblea que de verdad se gane el apellido de nacional, y que no esté dividida en cuestiones de carácter étnico. 

El protagonismo africano en los procesos democráticos del continente, tan mencionado en los papeles, está teniendo lugar en Guinea Conakry, en vivo y en directo. Y las instituciones africanas saben que lo que se juegan no es sólo el futuro de un país de la región occidental, sino su posición de poder frente a unas exmetrópolis, como Francia, que están deseosas de poder retomar el control sin intermediarios.