lunes, mayo 19, 2008
La literatura africana está de moda, se lo digo yo. Tras la dedicación de la Feria del Libro de Madrid a las literaturas africanas, son muchas editoriales -grandes y pequeñas- las que se están volviendo a atrever con títulos africanos más allá de Coetzee. Como contrapartida, aquellos quienes degustan libros de autores y autoras de África pueden disfrutar de actos y presentaciones donde aprender más de esta literatura. Hoy me han coincidido dos interesantes anuncios para aquellos que viven en Madrid y en Alicante. Si pueden pasarse, no lo duden:

Jueves 22 de Mayo, 19:00h. Fundación Sur, c/ Gaztambide, 31. Madrid (Metro Argüelles/Moncloa/Islas Filipinas).
Conferencia.-
"Mirar al mundo con ojos nuevos: escritoras africanas", por Bibian Pérez Ruiz.

Miércoles 28 de Mayo, 20:00h. FNAC Alicante, Avd. de la Estación, 5. Alicante
Presentación del libro.-
"El Metro", de Donato Ndongo

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miércoles, abril 23, 2008
Hubo un tiempo, siempre en pasado, en el que el vocablo tercermundista estremecía las conciencias de los poderosos occidentales. Este término, tercermundista, estaba lleno de rebeldía, de ímpetu por lograr un lugar propio en el mundo y evitar que la Historia creada por Occidente absorbiera a los más pequeños. El orgullo de pertenecer al Tercer Mundo, a esa zona del globo no dominada por las teorías modernas del capitalismo o del comunismo, permitía crear estructuras mentales diferentes, pensarse alternativa a los modos de vida impuestos por el sistema internacional y atreverse a levantarse de la mesa sin permiso del anfitrión.

Aquéllos eran los años 70. Cuando todo eso existía, cuando el Grupo de los 77 lo formaban setenta y siete estados deseosos de interrumpir al destino en mitad de su discurso, en otra parte del globo se cavaba su tumba. Fue a comienzos de los 80 cuando el Banco Mundial facilitó la idea del ajuste estructural, cuando los créditos pedidos en la década anterior empezaron a hacerse insoportables, cuando, en definitiva, África quedó a merced de otros. Una vez más. El fracaso de sus líderes y de sus respectivos proyectos de independencia quedaban era evidente.

La Historia siguió su curso y África permaneció en los márgenes de ella sin que nada pudiera hacer. De ser los protagonistas de la primera revolución mundial, del Nuevo Orden Económico Internacional, los estados africanos terminaron pidiendo la hora al árbitro y desmantelando cualquier sistema disponible. Pulsando ese botón de autodestrucción, los gobiernos africanos no supieron defenderse de los ataques del sistema financiero global encabezados por el Banco Mundial y el FMI y, poco a poco, empezaron a ver cómo su flujo de ayuda al desarrollo era cortado por los donantes, cómo dejaban de ser una prioridad con la caída de la estructura de la Guerra Fría.

Mientras, un estado que había pertenecido a esa élite del tercermundismo, que en 1967 se había proclamado abanderada de dicho movimiento, comenzaba su definitivo salto hacia la formulación de potencia mundial. China, el país anteriormente conocido como comunista, decidió girar su sistema en una dirección que supiera controlar. Sabiendo de la libertad que le da su tremendo y goloso mercado interno, consciente de que las sanciones políticas no serán aplicadas en su caso, China olvidó la transformación política y se centró en la económica. Un fuerte desarrollo económico permitió transformar las consignas de los líderes y, literalmente, convertir que hacerse millonario “fuese lo mejor del mundo”.

China ha aprendido de las relaciones con las potencias del mundo. Ha sabido imponer su estilo propio sistematizado en “no injerencia en asuntos internos a cambio de economía”. ¡Es la economía, estúpidos! Y ahora sigue la senda de sus predecesores y se fija en África como oportunidad para no desfallecer en su propósito.

El aterrizaje de China en África no ha sido todo lo brusco que cabría pensarse. El lugar común que tenemos en mente cuando hablamos de África nos impide ver que la historia de los intercambios chino-africanos ha sido larga. Hace ya mucho tiempo, por ejemplo, en que los trabajadores chinos emigraban a las minas africanas para realizar el trabajo que ni los propios africanos querían hacer. Sustituyendo a los esclavos recién liberados, los trabajadores chinos de sueldo barato y eficacia demostrada vaciaron muchas de las minas africanas por entonces abiertas.

Sin embargo es a partir del último lustro cuando China ve en África su oportunidad para seguir siendo competitiva. Trazando un camino paralelo al de las antiguas potencias coloniales, China se acerca a África para seducirla y lograr así la cesión de sus recursos. A finales del año pasado, por ejemplo, China puso encima de la mesa 5.000 millones de dólares para préstamos y créditos a los estados africanos así como prometió un fondo de otros 5.000 dedicado a la inversión china en el continente y aseguró que cancelaría una gran parte de la deuda que de ella depende. Esto, unido al intercambio comercial entre el continente y China, que ya en 2005 ascendía a 40.000 millones de dólares, hacen de China un fuerte competidor por los recursos africanos.

Pero, como en todo, los chinos tienen su propia manera de hacer negocios. Frente a los inversores estadounidenses y europeos, que llegan al continente cargados de sus millones pero provistos de aún más legislaciones sobre la calidad, peticiones de Derechos Humanos y prejuicios ante la manera de gobernar africana, China llega con la libertad del que desembarca por primera vez. Su propuesta de negocio no incluye ninguna reserva a la corrupción, los Derechos Humanos o la calidad de los productos. La no injerencia en los asuntos internos de los países africanos es uno de los principios que China lleva por bandera. Al gigante asiático no le gusta que se metan en cómo él maneja sus políticas internas, así que decide hacer lo mismo con sus contrapartes africanas cambiando la política de injerencia por una política de asociación e intercambio con el continente.

La luz verde para que los gobiernos interpreten su política como a bien quieran entender hace que África prefiera el dinero chino a los demás. China se sumerge así en sectores estratégicos tales como la telefonía rural, la agricultura y, sobretodo, la industria petrolífera. China no llega a África cargada de buenas intenciones sino de ansiedad por no quedarse atrás cuando su desarrollo económico sea mucho mayor que el actual. Por eso ve en el continente la forma más sencilla de situarse en el mercado de materias primas y llega a países como Guinea Ecuatorial, San Tomé y Príncipe, Congo, Sudán, Libia o Angola con el objetivo bien claro. De hecho, Angola ya es el mayor vendedor de petróleo a China, por encima de Arabia Saudí. Este juego estratégico se repite en Gabón e incluso en Nigeria, país donde su presidente ha llegado a declarar públicamente que es necesario “que China dirija el mundo”.

Aunque la cooperación económica se realiza a todos los niveles, incluido el militar con la venta de armamento o el primer envío de soldados chinos bajo el auspicio de NN.UU. –cascos azules chinos están en Libia-, además del mercado de los hidrocarburos China despliega por el continente africano su enorme capacidad constructora. Propone a los gobiernos africanos préstamos en condiciones muy ventajosas para la construcción de centrales de energía, de edificios emblemáticos y de otras grandes obras, pero su trabajo no para aquí. Además, China se empeña en construirlo todo ella misma, provocando que hoy exista un mínimo de 80.000 obreros chinos trabajando en África. Si China no pide condiciones políticas para cooperar, África no va a imponer tasas de contratación africana en los proyectos, como sí hace Brasil por ejemplo, y todo desemboca en 80.000 chinos construyendo infraestructuras en África mientras el africano observa cómo eso va creciendo a su alrededor.

La inversión China en África, vendida en muchos medios como una nueva oportunidad para el continente, es en realidad la necesidad de todo estado capitalista de salir al exterior para proveerse de todo aquello que su mercado interno no le facilita. La única diferencia, que la permite ser capaz de ocupar los espacios que Europa deja libres, como Francia con Costa de Marfil, es que China no tiene prejuicios morales y no mira a los ojos de aquél con quien negocia. Le da lo mismo qué se haga políticamente si económicamente se producen acuerdos y resultados. Y esto es una herramienta muy peligrosa en manos de unos líderes africanos legitimados por sistemas de neopatrimonialismo y alimentados, fundamentalmente, de aquellos dineros que encuentren en el exterior.

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viernes, abril 18, 2008
Ayer, 17 de Abril de 2008, fallecía Aimé Césaire. Poeta, compañero del senegalés Senghor, Césaire fundó con éste el concepto de la Negritud y mantuvo una férrea postura anticolonial hasta el fin de sus días. Estamos un poco más huérfanos que antes.

Ustedes
Oh Ustedes que se tapan los oídos
Les hablo a Ustedes, hablo para Ustedes,
quienes
descuartizarán mañana, hasta las lágrimas, la paz apacentada de sus sonrisas

Para Ustedes quienes una mañana amontonarán mis palabras en su bolsa y tomarán a la hora en la que los hijos del miedo sueñan,
el camino oblicuo de las huidas y de los monstruos.

Aimé Césaire
(1913 - 2008)

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lunes, marzo 17, 2008

Bienvenidos a la semana en la que menos se trabaja del año. Al menos en España, la vista anda ya por el horizonte de la llamada Semana Santa, en donde los trabajadores de a pié libran los días jueves y viernes en unos lugares, viernes y lunes en otros. Es, por tanto, una semana de dos días y medio. Lunes, Martes y mitad del Miércoles porque el que no corre vuela y quien más y quien menos se escaquea el último día justo detrás del jefe –que se escaqueó aún antes.

Tras ese bonito arte del disimulo laboral –de gran raigambre en España-, viene la consabida huida hacia otras latitudes. Ya sea el mar, la montaña, el pueblo de la familia o el bar de la esquina –que es lo que les pasa a aquellos cuyo pueblo se llama Madrid-, la ruptura con la cotidianeidad de la semana laboral es enorme y aunque los fines de semana son sagrados, en vacaciones mandamos a la mierda hasta las costumbres más zánganas. Ante tal cantidad de tiempo libre, y sobre todo ante tal cantidad de atasco por la carretera, recomendamos -para quien no vaya conduciendo, claro- tres novelas de autores africanos que han salido más o menos recientemente. Esto es, podrán adquirirlas en el centro más cercano para no entretenerse si quiera en buscar la salida más próxima. Como quiera que el que aquí suscribe aún no las ha leído y, en algún caso incluso, aún no las ha comprado, sólo encontrarán una pequeña referencia literaria, que no una reseña de tomo y lomo como las de Destripando Terrones.

Empezaremos por la más antigua: Medio sol amarillo de Chimanada Ngozi Adiche. Este libro, de más de 500 páginas, se publicó a mediados del año pasado por Random House Mondadori y narra la historia de Nigeria en la década de los 60 del siglo pasado –sí, lo siento pero ya no somos de este siglo. La guerra de Biafra viene estupendamente explicada y sirve a su vez para la presentación de unos personajes al borde de sus sentimientos. Llevados a situaciones de extrema crudeza, los personajes de Adiche nos mostrarán una realidad inmersa en el conflicto que asoló aquella tierra africana pero sin caer en el victimismo o la indolencia. Las relaciones post-coloniales se muestran tan crudas como lo fueron y pone al lector frente al espejo de sus propios miedos. Muy recomendable esta novela que ganó el Premio Orange de 2007 y que podremos adquirir al módico precio de 22,90€ ¡casi ná! Pero no se me asusten, que los otros dos que vienen a continuación son incluso más caros.


Hacia finales de Enero de este año, Alfaguara publicaba la nueva novela de Ngugi wa Thiong´o titulada El brujo del cuervo. Este escritor keniata, exiliado desde hace ya bastantes años, ha representado lo mejor de su generación literaria en África. Utilizando la tradición cuentista africana, Thiong´o nos narra la historia de la ficticia República Libre de Aburiria. Huelga decir que de Libre, la República tiene sólo la retórica, pues el gobierno del país es custodiado por un dictador, paradigma de esos Payasos y Monstruos que describía perfectamente Sánchez-Piñol. Éste tiene controlada la República debido a su inmensa sabiduría. Sin embargo el pueblo no le aguanta y tiene un plan para acabar con él. Thiong´o mezcla los elementos africanos a la perfección y consigue mostrarnos una política cruel, dominante, dura y áspera y una sublevación donde el misticismo y la magia tendrán mucho que ver. Va a ser todo un descubrimiento y esperemos no equivocarnos pues los 27€ del ala -del cuervo, sin duda- que hay que pagar para hacerse con esta novela de 712 páginas no son moco de pavo.


Y finalmente, la última recomendación de hoy. Un autor africano ya conocido por los lectores de este blog: Alain Mabanckou. Su nueva novela, publicada en Alpha Decay como la anterior Vaso Roto, se titula Memorias de puercoespín, se hizo con el Premio Renaudot. Sí, como lo leen, Monsieur Mabanckou fue finalista en el año 2005 con Vaso Roto y ganador de la edición de 2006 con este título que hoy nos ocupa. Vamos, ni que fuera gay y presentara un programa de sobremesa -¡Uy, que lo han quitado! Memorias de puercoespín convierte en novela una fábula africana según la cual cada uno de nosotros tenemos un doble en un animal. Es evidente que el protagonista, llamado Kibandi, tiene en un puercoespín a su doble. Lo que ocurre es que es un puercoespín muy singular, pues va asesinando a la gente con sus espinas por donde quiera que va. Conociendo como conocemos a Mabanckou, las situaciones prometen ser muy divertidas a la vez que intensas. De las tres recomendaciones, este es el único que garantiza el acabarlo y empezarlo en las mismas vacaciones de Semana Santa, pues son tan solo 141 páginas. Eso sí, el precio sigue subido al estante de los tomates: 23€. Nada más y nada menos que a más de euro y medio cada diez páginas.

Pero en fin, ¿qué serían las vacaciones sin esos gastos extra que nadie quiere hacer, todo el mundo hace, y sólo algunos se arrepienten? Además, por 22,90€ viajamos Nigeria –no les cuento lo caro que están los vuelos hasta allí, que no llega Ryanair-, por 27€ nos trasladamos a un universo paralelo, donde el realismo mágico de Thiong´o nos enseñará a entender la política en África, y por 23€ nos cuentan una fabulita fabulosa -¡qué bonita redundancia!- mientras nos enseñan que en África también se hacen novelas policiacas. ¿Qué más pueden pedir?

Buen viaje.

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jueves, febrero 14, 2008

"Lo dramático es que, en Senegal, cuando se juntan tres, forman un partido, y cuando se juntan cinco, estallan las discrepancias."

Sally Ndongo
Sindicalista senegalés

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jueves, febrero 07, 2008
Construido a sí mismo. Ese podría ser el mejor calificativo para hablar de Idi Amin Dada, “Mariscal de Campo y Presidente Vitalicio”, “Señor de todas las bestias de la Tierra y Peces del Mar”, “Conquistador del Imperio Británico, de África en general y Uganda en particular” y “Rey de Escocia”. Construido a sí mismo porque todos estos títulos se los otorgó a él mismo sin consultar a nadie. Personaje muy particular, este dictador ugandés.

Había sido formado militarmente por los británicos antes de que éstos abandonaran Uganda en su retirada del continente. Era 1962, comienzos de una década en donde las tierras africanas eran, por fin, africanas, y en donde la necesidad por el desarrollo era la prioridad de los nuevos regímenes. La suerte, unas veces de cara y otras no tanto, sorprendía a los nuevos Estados con líderes políticos capaces de enarbolar los sentimientos de unidad africana, de levantar fervorosas pasiones por la política o de aunar esfuerzos en la constitución de un bloque alternativo al soviético y norteamericano: un bloque tercermundista.

Ocurre, como en todas las cosas, que esa suerte dispar permitía llegar al poder a líderes que, quizás, tenían un sentimiento democrático y desarrollista un tanto extraño. En Uganda se nombró presidente a Milton Obote, de inspiración socialista y educación muy británica. El proyecto de Obote consistía, como no podía ser de otra forma, en un rápido desarrollo por el pueblo y para el pueblo, guiado por un fuerte sentimiento democrático. El pueblo ugandés se las prometía felices, hasta que los proyectos de Obote se encontraron con ciertas discrepancias y malestares sociales. El presidente ugandés no escatimó esfuerzos para lograr acallar esas voces que interrumpían su desarrollo democrático, así que la policía militar se dedicaba a arrestar constantemente a quienes se oponían a éste. Como buen Estado de derecho, Uganda publicaba quién había sido detenido y en qué circunstancias en algo así como un Boletín Oficial del Estado. Poco a poco, los anuncios de las detenciones pasaron de ser una anécdota en el boletín a ser el principal objetivo del mismo. Al final, el mismo gobierno secuestró páginas de los diarios de información general porque las detenciones eran tantas que no entraban en su propio boletín.

Un angustiado Obote, viéndose débil ante la situación de protesta reinante, se acercó al ejército en busca de aliados. Como tantos otros presidentes demócratas con problemas de autoestima, decidió rodearse del personal más inepto que encontrara a su paso. Y por ahí justo apareció el zote del suboficial Idi Amin. Entre tanta incompetencia, Obote tendría que ser encumbrado, respetado y reconocido como justo dominador del ejército ugandés. Sin embargo, como a tanto presidente falto de autoestima, la miseria bajó de las montañas lejanas para agarrarle por los pies. Idi Amin se convirtió en su oficial de la represión y reprimió de tal modo y con tanta ansia que, un día en que Obote estaba de viaje fuera de Uganda, decidió reprimirle también a él y quedarse con el país.

Más que una liberación del poder opresor de Obote, como sentían los ugandeses en aquél momento, fue una cooptación del país, una herencia de ti para mí. Un cacho de tierra que queda a disposición de una persona a la que no se le conoce mérito alguno salvo una fascinante capacidad para procrear. Era 1971, una nueva década y un nuevo estilo. El estilo Amin.

El nuevo jefe del Estado empezó bien. Reconciliándose con la sociedad, Idi Amin Dada amnistió a todos los presos políticos que él había contribuido a encarcelar, hizo las paces con el considerado rey de Uganda, el Kabaka, a quien años antes había intentado asesinar, y volvió a traer la esperanza del desarrollo al pueblo ugandés. Para esto último, Idi Amin tenía una técnica prodigiosa. Montado en su helicóptero, recorría cientos de aldeas ugandesas. El presidente bajaba a la tierra más pobre de Uganda –en el sentido más literal- para conocer de cerca qué problemas acuciaban a su población. Visitando la aldea con el jefe de la misma, observaba que había enfermedad e ipso facto se giraba y ordenaba a su Ministro de Sanidad que construyera un hospital. Si era una escuela lo que hacía falta, el se giraba y ordenaba la creación de la misma al Ministro de Educación. Como regalo, la aldea le obsequiaba con un sinfín de presentes, tantos que a veces constituían más de lo que la misma aldea tenía. Una vez en Kampala, los recursos necesarios para la construcción de ese hospital o de esa escuela prometidos se destinaban a los mercenarios sudaneses que componían el ejército de Idi Amin.

Alguien que lea esto podría estar criticando las virtudes de Idi Amin, pensando que su personalidad era absolutamente funesta. Pero ese alguien no sería justo. A Idi Amin hay que considerarle como lo que realmente era. Un líder africano de su tiempo, capaz de desenvolverse en la política exterior como pez en el agua. A Uganda llegó ayuda militar israelí, pero aún así, Uganda necesitaba dinero contante y sonante de manera que Idi Amin recordó su vieja fe islámica. Convertido a un islamismo feroz, lo que implicaba un antisionismo aún mayor, Idi Amin recogió el apoyo del líder libio Gaddafi –ese que hace unos años era un terrorista y que tras poner dinero en la mesa ahora es un aliado estratégico que hace visitas con sus cuarenta vírgenes-. Por entonces Gaddafi estaba empeñado en convertirse en el agitador mundial en el Tercer Mundo, y el dinero del petróleo libio atraía a multitud de posibles aliados.

La línea de financiación económica que Libia comenzó con el régimen de Amin no sostuvo la economía ugandesa. Todas las industrias del país habían perdido casi un 90% en su productividad y sólo la industria cervecera ugandesa aguantaba tímidamente la crisis económica. Por extraño que parezca, esa crisis no estaba relacionada en absoluto con el mandato de Idi Amin Dada, sino que, como sabiamente descifró el líder, la crisis tenía que ver con el abuso que de la población ugandesa hacían las minorías asiáticas –hindúes y paquistaníes-. La solución estaba clara: expulsar a la población asiática del país y dejar los negocios de éstos en manos de buenos y verdaderos ugandeses. El problema no fue la táctica a seguir, sino que el reparto de los negocios resultó un fracaso tal que los nuevos responsables de los comercios, al no sabe qué precios tenían sus productos, terminaron por pedirle a los clientes que los fijaran ellos mismos. La gran mayoría de negocios bien establecidos terminó por liquidarse en saldos y rebajas no intencionadas y por cerrar una vez que ya no tenían productos.

La economía se le estaba dando mal, pero otro elemento de la política exterior es la diplomacia y ahí Idi Amin Dada sabía hacerse querer. Su antisionismo le hizo declarar en público que la Primera Ministra de Israel Golda Meirmeneaba las bragas cuando camina”. Para congraciarse con los Estados Unidos Idi Amin fue el primero en felicitar por su elección al Presidente Gerald Ford mediante un escueto telegrama que decía “Te quiero”. Solventaba los litigios vecinales con Tanzania mandando otro telegrama, esta vez al líder tanzano Julius Nyerere, al que decía: “Con estas breves palabras quiero asegurarle que lo amo, y que si usted hubiera sido una mujer sin duda alguna la desposaría pese a que su cabeza está llena de cabellos grises. Pero como usted es un hombre, tal oportunidad no existe”. Huelga decir que Nyerere rechazó la propuesta.

Como buen líder político de los 70, Idi Amin conocía de los peligros del neocolonialismo y por todo esto se postuló a sí mismo como una “gran carga para el hombre blanco”. Cuando se celebraba la cumbre de líderes de la Organización para la Unidad Africana, Idi Amin vio claramente la necesidad de demostrar hasta qué punto esa carga sería soportada por el hombre blanco, de manera que entró a la misma sentado en una silla sostenida por porteadores blancos. Sólo hace falta ver una fotografía de la oronda figura de Amin para darse cuenta de que en efecto era una gran carga.

Todo su espectáculo terminó el día en que Nyerere, despechado por la proposición deshonesta de Amin, comprendió mal el amor que éste le profesaba y terminó por repeler la invasión ugandesa de Tanzania hasta el punto de que las tropas tanzanas terminaron por ocupar Kampala, la capital de Uganda. Era 1979, y el “Señor de todas las bestias de la Tierra y Peces del Mar” tenía que exiliarse al único país que le acogió, Arabia Saudí, donde, tras intentar un regreso al poder de Uganda en 1999, murió en el triste año de 2003.

Fuente y mucha más información en:

Sánchez-Piñol, Albert. Payasos y Monstruos. Aguilar, Madrid, 2006.


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viernes, enero 18, 2008
La defensa ante un abuso es algo universal. Todos los pueblos de la historia se han sublevado contra la casta, clase o gobierno que ninguneaba sus derechos. Unas veces fue cogiendo el puñal, la azada, la bayoneta. Otras veces levantando la voz en las calles. Otras levantando el puño. Y algunas, las pocas, entonando himnos ajenos a los explotadores para llegar más altos que ellos.

El Jazz fue una de esas lenguas musicales que levantó la moral de los exprimidos. También la música bahiana o el reggae llegaron a las cotas más altas de la rebelión. Todas, o casi todas ellas, tenían un tronco común enclavado en las raíces de la explotación esclavista que, durante siglos, alimentó el vientre de árabes, europeos, criollos y norteamericanos. Socavando a las poblaciones a los hombres más válidos. Dando poderes a una casta dirigente tribal africana que no tenían. Lacerando el futuro del continente. Poco a poco los esclavistas forzaron a esas gentes a salir de sus casas sin apenas nada en sus bolsillos, pero con la cabeza llena de sus ideales, de su libertad y, por lo tanto, de su música. Ésta se mezcló con la sangre de otras latitudes, varió de una manera u otra según la región en la que anidaban los ya esclavos de cuerpo y libres de espíritu.

Y regresó. Hubo un momento en la historia en que esos esclavos dejaron de serlo. En el que esos esclavos pudieron sentarse en los autobuses. Hubo un momento en que la gran nación de esclavos se levantó, alzó el puño y dijo que ya no lo sería más. Las banderas ya no servían para limitar los espíritus, y todo hombre negro y mujer negra veía en su congénere la cara reflejo de su más profundo ser. África se erigía frente a sus dominadores y pensaba que su futuro estaba abierto si se quitaba de encima a los parásitos que vivían de ella. En ese trayecto de regreso, África recibió los cantos de sus antiguos emigrados, un regalo de aquellos que tuvieron que salir de sus casas obligados. El Jazz y el Blues volvían a casa para regalarse a quienes quisieran recogerlos.

En el África Occidental alguien quiso tomarlos, hermanarlos junto con su música tradicional y hacer del encuentro algo que nadie podía imaginar. No era otro que el genial artista nigeriano Fela Kuti, del que este año 2008 se cumplen 70 años de su nacimiento y 11 de su muerte. Mezclando la música de los Yorubas, el Jazz, el funk y todo aquello que viera que le valía, Fela logró crear un estilo propio, el Afrobeat, capaz de convertirse en símbolo de las luchas políticas del África de 1970. Cantaba primero en lengua yoruba pero, cansado de ver cómo los dirigentes africanos del momento no contentaban a sus pueblos sino que se rascaban la espalda unos a otros, Fela giró su lengua hasta el inglés –para que todos los africanos y las africanas le entendieran- y sus letras hacia la lucha. No hacia la protesta. Hacia la lucha por el socialismo y la unidad africana.

Armado con un sinfín de músicos, el Afrobeat de Fela logró llevar el mensaje de los Derechos Humanos a través de todo el continente. La simbología de sus frases y la lucha encarnizada que mantenía con la dictadura del país del que provenía, Nigeria, le provocaron no pocos problemas. Fueron 356 las veces que tuvo que declarar ante la policía. Fueron cuatro las que pisó la cárcel. El ejército nigeriano trató de destruirle por una canción, Zombie, que ridiculizaba a sus soldados.

Fela mantuvo un estrecho contacto con los músicos de su país. Siendo él quien más lejos había llegado, montó la discográfica Kalkuta Republic bajo un régimen de cooperativa. La discográfica suponía un punto de encuentro para los músicos nigerianos así como un cúmulo de discusiones políticas que, traducidas en letras cada vez más reivindicativas, recorrían más tarde el continente de las radios. La dictadura militar no podía tolerar tal concentración de arte y política y terminó por irrumpir en los locales de la discográfica fusil en mano. Fela quedó gravemente herido, aunque se recuperaría. No así su abuela, fallecida tras tirarla un soldado por la ventana.

No habiendo acabado con él físicamente, el gobierno necesitaba una excusa para encarcelarlo. Le detuvieron y alegaron encontrar marihuana en su chaqueta. La única manera de salir de la cárcel era pues pasar el análisis de consumo de drogas. Si resultaba positivo, Fela terminaría siendo juzgado y condenado. Si resultaba negativo, libre. No se sabe bien cómo, pero Fela se las arregló para que las heces sobre las que hicieran el análisis no fueran suyas, sino de otro preso. El resultado salió negativo y Fela nos regaló una divertidísima canción explicando lo ocurrido, llamada Expensive Shit, que ha ido pasando de mano en mano hasta llegar a hacer versiones realmente increíbles.

El personaje músico terminó derivando en el personaje político que en la década de los 80 se fagocitara a sí mismo. Una vez finalizada la dictadura militar de Nigeria se presentó varias veces a las elecciones a Presidente, no pasando nunca la primera de las rondas electorales. Esto no fue óbice para que Fela se casara con 27 mujeres a la vez para celebrar el aniversario del ataque a Kalkuta Republic y que, años más tarde, se divorciara de al menos 20.

Finalmente muerto en 1997, muy probablemente de SIDA, Fela Kuti se convirtió en un mito por la defensa de los Derechos Humanos en África a través de sus canciones. Una de las mejores, por resumir los estilos del Afrobeat por él creado y, a su vez, por responder a su necesidad de lucha por los africanos y las africanas, es Water no get enemy. Una canción, cantada medio en yoruba medio en inglés, como a Fela le gustaba hacer, donde el agua simboliza a un pueblo africano al que no es bueno taponar en su fluir, al que es necesario para vivir y respirar. En definitiva, un pueblo que no es enemigo de nadie, pero que a nadie le interesa tener como enemigo.




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